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    Algún día los accidentes de tráfico volverán a ser tema de actualidad, y no falta mucho

    La irrupción del coronavirus en nuestras vidas ha dejado en segundo plano lo que eran hace tres meses las preocupaciones cotidianas. Según vaya mitigángose la pandemia, la siniestralidad vial volverá forzosamente a la agenda de temas que son importantes para todos.

    Los responsables de la gestión del tráfico en Andorra, España y las autonomías de Euskadi y Catalunya (con competencias transferidas) participaron recientemente en un seminario virtual organizado por Fesvial para hablar de la movilidad que nos espera según vayamos recuperando la normalidad, o mejor dicho, llegue la «nueva normalidad».

    Los ponentes fueron Pere Navarro (Dirección General de Tráfico), Juli Gendrau (Servei Català de Trànsit), Sonia Díaz de Corcuera (Dirección de Tráfico del Gobierno Vasco) y Jaume Bonell (departamento de Mobilitat del Principado de Andorra). Debatieron sobre el escenario que se crea tras el confinamiento, partiendo desde la situación actual.

    Los gestores del tráfico coinciden en que la drástica reducción de la movilidad ha tenido como efecto proporcional la reducción de las víctimas de tráfico, tanto los fallecidos como los heridos graves, llegando a niveles anecdóticos. Esta situación es temporal, y tras ella puede venir una época de «euforia natural» por no tener que justificar los desplazamientos.

    La siniestralidad a niveles récord -por bajos- no estarán relacionados con las políticas de los gestores del Tráfico. «Este año vamos a acabar con una cifra historia que no será mérito de las administraciones, será culpa del COVID-19», apuntó Pere Navarro. Llevamos meses con desplazamientos por necesidad, salvo por los que incumplen las normas.

    Según la DGT, entre el 15 de marzo al 7 de mayo la movilidad de largo recorrido se ha reducido en un 69%, los fallecidos por accidentes de tráfico se han reducido en la misma proporción. Se llega a la misma conclusión en Catalunya, Euskadi y la propia Andorra. La movilidad está directamente relacionada con la siniestralidad.

    El efecto inverso se vio en años recientes, en los que el aumento de los desplazamientos conllevó incrementos en la siniestralidad, o que no siguiera bajando. Esto ocurrió según se iba recuperando la actividad económica, y por tanto, la movilidad de personas y mercancías por carretera. Ahora viene una crisis de órdago, pero algún día se terminará... ¿y vuelta a lo mismo?

    Se ha reducido notablemente la siniestralidad de los vehículos privados, ya que apenas han circulado, así como la de los más vulnerables en el tráfico. Los motoristas han pasado del 19% al 6% de las víctimas mortales, los ciclistas del 4% al 0%, y los peatones del 14% al 9%. En el transporte pesado la siniestralidad ha subido del 2-3% al 23%, consecuencia lógica de lo anterior.

    Para que los números vuelvan a su sitio se puede aprender de las últimas semanas, las medidas que se han aplicado para salvar vidas. Los elementos de la receta son «prioridad política, poner recursos, vigilancia y control de las normas y concienciar a la sociedad civil», apostilló Pere Navarro.

    Ahora mismo los pocos que circulan se creen que circulan más seguros -el tráfico es menor- y eso hace que se relajen un poco las actitudes seguras. Es algo parecido a lo que pasa con los guantes y las mascarillas, pueden dar una falsa sensación de protección, llegando a ser ineficaces cuando no se utilizan correctamente. Lo mismo pasa al volante o al manillar cuando se baja la guardia.

    «Antes de la crisis sanitaria hablábamos de electromovilidad, el vehículo compartido, el transporte público, sostenibilidad y eficiencia y todo eso parece que ha quedado en un segundo plano», dijo Sonia Díaz de Corcuera. La «nueva normalidad» implicará un retroceso en algunas de esas tendencias, incrementando el uso del vehículo privado por razones de seguridad sanitaria (para los que conserven su trabajo, claro).

    Sin embargo, también se han puesto en valor el teletrabajo o el comercio de cercanía, y está por ver si un efecto anulará al otro. Por ejemplo, el sector inmobiliario está notando un mayor interés en zonas más lejanas de las ciudades, donde hay más calidad de vida y espacios abiertos. Y cuando lleguen las vacunas y la inmunidad de grupo se podrá volver a las tendencias anteriormente citadas.

    El efecto de la pandemia es una oportunidad para establecer nuevos hábitos en materia de seguridad. Si las políticas que se adoptan son buenas, pueden cambiarse comportamientos y actitudes que redundarán en un mayor bien colectivo. Hasta que la tecnología nos libre de nuestras imperfecciones, habrá que seguir apostando por la vertiente humana del problema, que sigue siendo la fundamental.