Escribiendo sobre motor en tiempos de Inteligencia Artificial

La inteligencia artificial no es perfecta, puede cometer sus deslices, como ponerme en la misma pose que el mítico Bob Lutz con aquel coche volcado con una cara que no reconocería mi madre. Bromas aparte, se avecinan cambios inevitables y formáis parte de ellos.

Se supone que soy yo imitando a Bob Lutz, pero...
Se supone que soy yo imitando a Bob Lutz, pero... - Generada por IA

Publicado: 25/10/2026 20:00

14 min. lectura

Si no has estado viviendo en una cueva durante los últimos años, has tenido que oír forzosamente historias sobre la Inteligencia Artificial. No lo digo por la devastadora película de 2001 dirigida por Steven Spielberg, sino por uno de los fenómenos tecnológicos de moda. Igual no debería hablar de «moda», ni siquiera de «tendencia», sino de realidad cotidiana.

Mi primer contacto con la inteligencia artificial fue en los años 90. Primero me peleé con un intérprete de LISP sobre BASIC en un Amstrad CPC 664, cuyo único resultado fue darle al Enter y que se fuese la luz; siempre pensé que hice una consulta demasiado compleja. Después probé un clon de Eliza -un bot conversacional- con un monigote del David de Miguel Ángel, que no he conseguido recordar.

Poco a poco la hemos visto más integrada en nuestras vidas como reconocedores automáticos de contenido, analistas de datos, productores de humor, vídeos de gatos salvajes entrando en acogedores hogares, o juntar en la misma escena a Terminator, Van Damme, Rambo, Chuck Norris y hasta Depredador. Una auténtica fantasía, pero también tiene su lado negativo.

Morfeo le explicó a Neo que, tras el apogeo de la civilización, la humanidad quedó fascinada por su dominio sobre la IA - Fotograma de «The Matrix»

Últimamente no paro de leer y discutir acerca de las posibilidades de la IA para automatizar procesos y hacer ese trabajo que antes llevaba días, semanas o meses realizar, que los distintos modelos son capaces de realizar en un tiempo récord y con una fracción del coste. Gremios profesionales enteros están en peligro, y eso incluye al de un servidor.

Cuando estudié la carrera de Periodismo (2014-2019), había algunas ideas incipientes acerca de la producción de cierto tipo de contenido sin necesidad de redactores, como el resumen de notas de prensa, comentarios repetitivos como cifras de matriculaciones y producción, procesamiento de fotografías, etc. Ya hay agentes que son capaces de editar vídeo por sí solitos, a toda leche, y con pautas dictadas por un humano.

Si bien la profesión del periodista del motor no va a desaparecer, sufrirá una transformación comparable a la del salto de los carburadores a la inyección electrónica. Las tareas más repetitivas y simples se podrán automatizar con IA, véase el resumen de comunicados de prensa de los fabricantes, que a su vez, podrán haber sido confeccionados por otra IA. Tiene sus riesgos, como que el contenido sea repetitivo, impersonal y vacío de cierto contenido.

La tecnología y el automóvil están totalmente mezclados en esta época y no se va a volver hacia atrás

¿Cómo cambia la producción de contenidos?

De acuerdo a lo que piensa uno de los implicados en todo esto, ChatGPT, sería lo siguiente:

  1. La IA abarata la producción de contenidos rutinarios: se ahorra tiempo en lo menos esencial de la información, si bien sería mejor una revisión humana antes de publicar nada.
  2. El trabajo de campo gana valor relativo: una IA no se va a sentar -a corto plazo- en un nuevo modelo, ni va a tocarlo, ni se va a relacionar informalmente con otras personas, ni tendrá experiencias que aportar. Punto para nosotros.
  3. El periodista individual gana capacidad de producción: esto supone un aumento de la eficiencia del «hombre orquesta», reduciendo el personal necesario y agilizando todo aquello que la IA pueda hacer antes.
  4. Se multiplica el contenido derivado de una sola fuente: es más fácil obtener distintos tipos de mensajes de texto, audio para podcast, vídeos cortos o largos, infografías... Más distribución cross media, pero tal vez menos diferenciada.
  5. La verificación se convierte en una competencia crítica: el humano tiene que comprobar que todo lo que produce la IA tiene sentido y no hay errores. Tal vez quieras reformular esto para que tus lectores no piensan que has copiado de la IA.

Bromas aparte, el desarrollo de cada apartado es de mi cosecha, pero coincido en lo que plantea. Visto de otra manera, la IA tenderá a hacer un contenido fácilmente replicable, véase información de batalla o consulta de archivo, y el humano se ocupará de todo aquello que es único, personalizado, con su estilo y su firma: opinión, análisis, pruebas, entrevistas...

¿Qué cambia en el consumo de los contenidos?

¡Mucho! Durante años, las publicaciones como Motor.es han estado sometidas a varios fenómenos disruptivos, como la dictadura de los buscadores o agregadores de noticias, la caída drástica en ingresos -sobre todo en lo referente al pago por uso- y un equilibrio de la publicidad que puede mostrarse sin arruinar el contenido en sí. El «todo gratis» tiene sus pegas.

Últimamente tenemos otro problema, la búsqueda de información no implica que recibamos tráfico, sobre todo si una IA ya lo ha visto antes y puede resumirlo o procesarlo sin que el lector salga de su buscador o chatbot favorito. Hay respuestas personalizadas a tiro de piedra con una consecuencia directa: en los medios entra menos gente. Menos gente, menos publicidad, menos ingresos, menos calidad. Siento ser un aguafiestas, pero es lo que hay.

Podríamos plantearnos hacer una cabalgada suicida como aquella de los jinetes polacos contra los tanques alemanes en 1939, impedir el acceso de todos los chatbots y evitar que cojan nuestro contenido, o cobrarles por ello. A la vez, nos cerramos otra puerta, la de que los chatbots hablen de nosotros. Como podéis ver, es una coexistencia muy conflictiva que siempre tiene consecuencias.

La IA puede componer una imagen parecida o sacar un artículo sobre este viejo Toyota Corolla Levin, pero será tan auténtico como una moneda de euro con la cara de Jesús Gil

Las respuestas de IA pueden tanto quitarnos tráfico como dárnoslo, aunque para eso hay que ser citados como fuente y el lector tiene que querer ampliar el contenido de dicha fuente. Si pasamos de Rousseau y su idea de que el hombre es bueno por naturaleza, me inclino a pensar que se prefiere la recompensa inmediata a una buena respuesta, todos vamos con prisa a todas partes y el tiempo se convierte en un activo demasiado valioso.

No reniego del progreso ni me considero anticuado. Ya viví la transformación del analógico al digital cuando estaba empezando en esto, y ahora afrontaré otra transformación más con serenidad. Permitidme la sobrada, pero no tengo miedo de quedarme sin trabajo. Hace tiempo que dejé de perseguir la actualidad como un francotirador, así como la producción industrial de contenidos. Eso se lo he dejado a otros.

Con el tiempo, el veinteañero se convirtió en cuarentón canoso, he conducido entre 500 y 600 coches, viajado por media Europa, conocido distintas generaciones de producto, codeado con todo tipo de profesionales del automóvil, dispongo de un tesoro documental que no está digitalizado y hay algo que ninguna IA podrá quitarme ni clonarme jamás: mi experiencia vivida. Por eso no tengo miedo a lo que venga.

Encontré este montaje con IA en un artículo de Miguel Ángel Linares de «Revista del Motor» y me hizo mucha gracia por su simpatía. Nunca había visto a mi abuelo con Jeremy Clarkson...

Asumo por descontado que hay aspectos del automóvil que cada día interesan menos al personal, ya cuenta más el software que la buena puesta a punto de la suspensión, así como la eficacia del sistema de conducción autónoma respecto a que el coche mantenga su trayectoria sin rechistar cuando vienen mal dadas. Una parte de mí se aferra a un pasado con mayor conexión hombre-máquina, como los de Mazda con su jinba ittai.

En ocasiones tengo que competir con la opinión y valoraciones de expertos en el mundo de Apple y Android con un conocimiento «mejorable» -por tratar de ser amable- en lo referente a automóviles, y está bien. Ellos tienen su público, yo el mío, y entiendo a los que valoran más lo tangible y lo práctico respecto a lo subjetivo y lo emocional. Podría valorar también los coches como ingeniero informático -porque también lo soy, de hecho-, pero siempre lateralmente.

Si antes de jubilarme todos los coches nuevos se han vuelto autónomos y se pierde toda la gracia en conducir, seguiré hablando de motor, pero del que ya no hay, del que se conserva, del que pervive, del que ha sobrevivido. No se ha dejado de hablar de equitación, ni de navegación a vela. Se han convertido en actividades de nicho, pero ahí están.

He de admitirlo, como herramienta de trabajo es una maravilla, pero sin perder de vista sus limitaciones...

Soy consumidor de revistas cuyos contenidos no van a caducar nunca, no tratan actualidad, tampoco dependen de la publicidad sino de suscriptores, y puedo leer su contenido en cualquier momento de la vida. Siempre habrá sitio para los clásicos, el pedal del embrague y el «brum brum» de los escapes. Le puedo dejar todo lo de la tecnología a los demás, incluso a agentes de IA.

Así, hasta que un día haga como el maestro Arturo de Andrés, me retiraré, pasaré de todo y me dedicaré a otras cosas, que unas cinco décadas de carrera habrán sido suficientes. Podré dedicarme a malcriar nietos con batallitas sobre los cacharros que conduje de joven y de cómo eran las cosas por entonces. Incluso puedo atreverme a publicar unas memorias, aunque solo caigan en manos de familiares, amigos y aquellos conocidos que aún respiren.

La IA vino para quedarse. Confío en futuros más amables que el descrito por sagas cinematográficas como «The Matrix», «Terminator» o la propia «Inteligencia Artificial». Nada puedo hacer al respecto. Ya la uso en el día a día para facilitarme la existencia y componer imágenes que sólo existen en mi imaginación. Mucha gente debería hacer esta reflexión, sobre todo si tiene cierto tipo de trabajo o está estudiando para desempeñarlo. Ahí lo dejo.

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