La Ley Volkswagen tumba el gran plan de Oliver Blume y lo deja en su momento más delicado

Oliver Blume sufre su primera gran derrota como CEO de Volkswagen: el consejo tumba por 12 votos contra 7 su plan de cerrar cuatro plantas y recortar 100.000 empleos. Atrapado entre la Ley Volkswagen, las familias Porsche-Piëch y el precedente de Diess, solo logró aplicar recortes menores.

La Ley Volkswagen tumba el gran plan de Oliver Blume y lo deja en su momento más delicado
Oliver Blume seguirá en el ojo del huracán, hasta que sea cesado o logre sacar al gigante de su crisis. - Volkswagen

Publicado: 18/07/2026 16:00

7 min. lectura

Antes era Carlos Tavares el que copaba titulares por sus declaraciones sobre la industria del automóvil mientras estuvo al frente de Stellantis, y ahora es el CEO de Volkswagen el que no deja de ser noticia. La última, la de una derrota que, sin duda alguna, marcará su futuro al frente del trono del gigante alemán.

Y es que el pasado jueves 9 de julio, Oliver Blume llevó al consejo de supervisión de Volkswagen en Wolfsburgo su plan para cerrar cuatro plantas alemanas y recortar hasta 100.000 empleos. La respuesta fue un no absoluto, con doce votos contra siete. Blume sale de esa sala siendo el primer CEO del grupo en ver cómo le tumban en bloque su propuesta de reestructuración más ambiciosa.

Volkswagen Dresde
El CEO de Volkswagen no podrá cerrar las cuatro fábricas que tenía previsto hacer.

Una derrota con las matemáticas exactas de la Ley Volkswagen

Los representantes de los trabajadores y del «land» de Baja Sajonia suman esos doce votos frente a los siete de los accionistas, y ese bloque votó en contra del paquete de Blume. El margen es incluso mayor de lo habitual porque un asiento de los accionistas está vacante tras la salida de uno de ellos, por lo que deja a la parte laboral con diez de los diecinueve puestos ocupados.

Blume sabía con qué correlación de fuerzas se sentaba a esa mesa, y aun así llevó una propuesta que no tenía los votos. Eso no es mala suerte, es un error de cálculo político, a sabiendas de que necesitaba tanto consenso por culpa de una norma con nombre propio: la Ley Volkswagen.

Esta exige mayoría de dos tercios del consejo para cerrar plantas protegidas, convirtiendo al bloque sindical en un veto casi permanente mientras mantenga sus asientos. A esto se suma el 20 % que posee el estado de Baja Sajonia, con capacidad de bloqueo propia. Y este lo ha materializado, porque Olaf Lies, ya había avisado de que su gobierno no respaldaría «el cierre de plantas como una supuesta solución fácil».

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Esta estructura de gobierno es la misma que ya frustró los planes de su predecesor en el cargo. Herbert Diess fue cesado en 2022 tras un pulso similar con el sindicato IG Metall y las familias propietarias del fabricante por un intento de recortar plantilla y flexibilizar condiciones laborales. Blume, que llegó prometiendo la vía del consenso, ha descubierto sus límites.

Las familias Porsche y Piëch, atrapadas entre la paciencia y la pérdida

El otro frente de presión es más discreto pero no menos real. Las familias Porsche y Piëch, que controlan la mitad de los derechos de voto del grupo, han visto cómo sus principales inversiones perdían decenas de miles de miles de millones de euros en valor de mercado, con las acciones de Volkswagen y de Porsche AG cotizando en mínimos de hace 16 años.

Necesitan que Blume (o el que sea) resuelva la crisis, pero también dependen de los dividendos que ese mismo ajuste podría poner en riesgo. Christian Strenger, accionista y experto en gobierno corporativo, lo resume sin rodeos: la estructura accionarial de Volkswagen «dificulta enormemente cualquier cambio sustancial».

Blume no solo pierde importantes votaciones frente a los sindicatos, sino que también gestiona unos accionistas que quieren resultados sin renunciar a sus emolumentos, porque los Porsche y Piëch cobran, aunque al trimestre.

Lo único que le dejaron hacer, el plan de consolación

Rechazada la parte que de verdad dolía, a Blume solo le quedó lo que no requería aprobación del consejo: recortar la gama de modelos a la mitad, reducir hasta un 75 % las variantes y configuraciones, y bajar la capacidad de producción a 9 millones de vehículos anuales, frente a los 12 millones previos a la pandemia.

Son medidas de fondo de armario, que llegan además en el peor trimestre de su mandato, con las entregas mundiales cayendo un 8,6 % y el beneficio neto desplomándose un 28 %, hasta 1.560 millones de euros. El propio Blume la vendió como «la reestructuración más integral en la historia de la compañía». Puro humo incluso para la versión de consolación de un plan que no logró colar.

Daniela Cavallo
Daniela Cavallo es la representante de los sindicatos de Volkswagen, un problema para Oliver Blume.

Un precedente que ya conoce Volkswagen

Daniela Cavallo, presidenta del comité de empresa, no se anduvo con rodeos: exigió que Blume se dirigiera a la plantilla sin ambigüedades sobre los rumores de cierres y despidos. Su respuesta, tras la reunión, fue hablar de un «nuevo comienzo» y de «posicionar al grupo para ser más sólido y competitivo».

Y no es que no se enfrente a la realidad el CEO de Volkswagen, sino es que se encuentra en una posición más que complicada. Ha perdido una importante votación y está ganando tiempo mientras decide su siguiente movimiento. Por eso, evita realizar compromisos más concretos. Sin embargo, parece que no recuerda, o no quiere hacerlo, que la historia reciente del grupo no es tranquilizadora para él: Diess perdió un pulso parecido y acabó fuera.

El consejo de supervisión acaba de demostrar que, llegado el momento, puede parar al CEO sin contemplaciones. La próxima vez que presente un plan de reestructuración, sabrá que un cuadro de objetivos para 2030 no basta, sino que necesita los votos que esta vez no ha tenido. Los jefes de Audi y Porsche ya no lo respaldan, por lo que habría que ver qué apoyos le quedan a Blume en la empresa.

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