El camino hacia la conducción autónoma

El futuro de la automoción pasa por la conducción autónoma. Para que eso sea posible son necesarias ingentes inversiones tanto en software como en hardware. En otras palabras, se necesita la inteligencia artificial y todos los sensores necesarios para lograr ese hito.


A mediados de la década pasada empezó la carrera por lograr vehículos que empezasen a conducirse por sí mismos, sin necesidad de una intervención humana. La finalidad es lograr una revolución en el transporte, en la que los conductores recuperarán tiempo para hacer lo que les apetezca, y las víctimas de tráfico pasarán a ser anécdotas estadísticas.

En aquel momento la tecnología estaba en pañales. Era impensable que un vehículo autónomo pudiese circular solito por la calle. El Gobierno de Estados Unidos financió con buen acierto una competición de coches autónomos en el desierto y bases militares abandonadas. En dicha competición no importaba la velocidad, sino quién consiguiese llegar hasta el final. Terminar ya era un éxito.

A día de hoy la tecnología ha avanzado lo suficiente para reducir mucho el tamaño de los ordenadores necesarios (de ocupar medio coche a unos cuantos chips) y las rutinas de programación se han perfeccionado bastante. Varios coches permiten ahora conducción semiautónoma: se puede ceder el control a la electrónica en condiciones muy concretas. En última instancia el responsable es un ser humano.


Para que se alcance el escenario de conducción totalmente autónoma queda mucho recorrido aún, y eso implica hablar de dinero, mucho dinero. Por otro lado, las compañías automovilísticas no solo compiten entre ellas, les ha surgido un nuevo tipo de competencia: las empresas tecnológicas.

Internet ha dado lugar a varias compañías con facturaciones astronómicas que tienen muchos e ingentes recursos para meterse en una industria que les es ajena: la automoción. Otras compañías, como Apple, se han forjado en el mundo de la tecnología antes de que Internet fuese lo que es hoy. Es igual, les sobra el dinero.

Las compañías automovilísticas, por otro lado, se están metiendo en negocios que también les eran ajenos. De ser simples vendedores de coches y piezas han pasado a ser proveedores de movilidad: además de la venta tradicional ponen al alcance de la gente servicios alternativos. Por ejemplo, PSA tiene la empresa de alquiler de coches eléctricos Emov (sin perjuicio del que quiera comprarse un eléctrico para él, se lo venden).


Uno de los primeros coches autónomos, basado en Volkswagen Touareg

En esta competición hay empresas gigantescas, véase Ford o Google, y otras muy pequeñitas: las start-ups. Las empresas de este último tipo se fundan con muy pocos recursos y tienen un recorrido muy prometedor. Se tiene que distinguir entre lo que es un vendedor de humo y una empresa que puede generar toneladas de dinero cuando crezca.

Cuanto más pronto se adquiera una empresa innovadora o disruptiva, menos dinero habrá que invertir, pero la incertidumbre será mayor. El camino más rápido para obtener el conocimiento y el talento pasa por extender talonarios, aunque las empresas tecnológicas y de automoción tienen sus propios ingenieros trabajando y aportando ideas.

Empieza a apreciarse una convergencia entre automóvil y tecnología, y ya no pueden vivir disociados. Es posible que en unos pocos años nos parezca tan normal que Amazon y General Motors se alíen, a que PSA decida comprar Opel. Algunos analistas creen que habrá una época de fusiones y adquisiciones para crear empresas aún más grandes y fuertes.


El coche autónomo será un lucrativo negocio en la próxima década y todas las que vayan detrás. Por el lado contrario, el negocio tradicional de vender coches es más difícil, elevada competencia, altos costes, mucha normativa y márgenes no siempre interesantes. Los fabricantes tienen que pensar en lo que les dará de comer en el futuro más próximo.

Todo esto es desde el punto de vista tecnológico, pero también tiene que avanzar la legislación, que va paso a paso a ver cómo acaba esto, y también desde el punto de vista de la sociedad. Los ingenieros van muy por delante de las leyes y las ideas de la gente. Puede estar la tecnología preparada antes de estar plenamente regulada y de que el público tenga una aceptación total por la tecnología.

No hay que perder de vista el hecho de que cualquier incidente de gravedad de coches autónomos puede convertirse en muy mala publicidad y provocar rechazo. La seguridad al 100% es muy difícil de lograr, pero todo parece indicar que con coches autónomo van a reducirse los accidentes en mayor cuantía de los que van a aumentar. Considerando el balance neto, parece que todos ganan.

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