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    La tragedia que esconde el nombre del Autódromo Hermanos Rodríguez

    El nombre del Circuito de los Hermanos Rodríguez, que acoge este fin de semana el Gran Premio de México de Fórmula 1, esconde una de las mayores tragedias automovilísticas y familiares del Motorsport. Ricardo y Pedro. Así se llamaban los mejores pilotos ‘aztecas’ de su generación que entregaron su vida en el asfalto.

    La Historia arranca en 1959 cuando llegó a la presidencia del país centroamericano Adolfo López Mateos. El gobernante, gran aficionado a la velocidad, contrató en calidad de asesor a un acaudalado empresario local: Pedro Rodríguez. Quizás algo tuvo que ver en esta incorporación el hecho de que, según cuenta la leyenda, el hombre de negocios agasajara cada 26 de mayo al gobernante con un nuevo modelo de Ferrari. Evidentemente, la afinidad personal entre ambos personajes resultaba evidente. Sentían una fuerte pasión por las carreras de coches y por el lujo.

    Las crónicas de la época -mito o realidad- recuerdan al político recorriendo las grandes avenidas de la capital a toda velocidad con sus deportivos y luciendo en la muñeca un reloj de oro de la firma Rolex.

    El sueño faraónico de dos amigos

    En una de esas conversaciones de amigos que mantenían Adolfo y Pedro, se plantearon la posibilidad de crear el primer circuito de carreras de México. Pensaron que supondría un gran impulso para el país, cuya relevancia internacional en las competiciones de las cuatro ruedas resultaba hasta ese momento prácticamente nula. De hecho, la única cita relevante había sido hasta entonces La Carrera Panamericana. Se trataba de una prueba automovilística en ruta que solo se disputó de 1950 a 1954.

    Los dos padres de la idea perseguían que el trazado se convirtiera en un escenario de referencia mundial para el Motorsport. De ese modo, su nación podría obtener el protagonismo y reconocimiento deportivo, así como una proyección internacional de la que carecían. Es decir, querían que fuera una especie de tarjeta de presentación de México para el resto del Planeta.

    Pedro y Ricardo Rodríguez, dos hermanos unidos por la F1 y la tragedia.

    Y claro, cuando dos poderosos hombres tienen un sueño, éste suele materializarse. Eso fue lo que aconteció. Proyectaron la construcción de un espectacular y colosal autódromo. Anhelaban servir a su paísy pasar a la posteridad con su monumental obra, como sucede con los faraones y sus Pirámides de Egipto.

    Se eligieron unos terrenos situados en la Ciudad Deportiva de Magdalena de Mixhuca, próximos a la capital, México, Distrito Federal. D. Pedro Rodríguez quiso que la nueva pista homenajeara al Circuito de Monza, referente de la competición y Templo de la Velocidad de la época. Por ello ordenó que se diseñaran una recta y varias curvas que evocaban las italianas. Entre ellas destacaba una por su dificultad técnica, peligrosidad y espectacularidad: La Peraltada.

    Se ordenó que se diseñaran una recta y varias curvas que evocaban las italianas

    Así las cosas, el 20 de diciembre de 1959 se estrenó el Circuito de Magdalena de Mixhuca con una carrera denominada los 500 kilómetros de México. El vencedor fue el hijo del mismo nombre de Pedro Rodríguez, mientras que su hermano Ricardo terminó tercero. Moisés Solana, una figura nacional, completó un podio que transcurridos los años se convertiría en maldito.

    Ricardo, víctima de 'su' Gran Premio

    Pronto los planes internacionales de Adolfo López y Pedro Rodríguez se hicieron realidad. En una época donde la afición por las competiciones automovilísticas no paraba de crecer en México, su nuevo Autódromo de Magdalena de Mixhuca captó la (pretendida) atención de los estamentos internacionales del Motor. Concretamente, el Gran Circo puso sus ojos en la nación centroamericana y en sus nuevas e impresionantes instalaciones situadas en la capital.

    Así fue cómo el 2 de noviembre de 1962 se celebró la primera edición del Gran Premio de Fórmula 1, todo un acontecimiento social y deportivo para el país. Aunque aquella cita no sería puntuable para el Mundial de la especialidad, evaluaría las posibilidades de los organizadores con el fin de incorporarla al calendario.

    Atraídos por el monumental escenario, grandes estrellas de la Categoría Reina confirmaron su presencia. Jack Brabham, bicampeón del mundo en 1959 y 1960, Jim Clark, quien conquistaría la corona de 1963 y 65, o John Surtees, que haría lo propio en 1964, estaban entre la nómina de ilustres que viajaron al evento. Por parte local, Moisés Solana y Ricardo Rodríguez, hijo de D. Pedro, tendrían el honor y orgullo de debutar ante sus paisanos.

    Pedro Rodríguez con su BRM P133 compitiendo en el GP de Alemania 1968

    A pesar de que su escudería Ferrari decidió no competir, Ricardo quiso estar presente en una cita histórica en la carrera de casa. Para ello, compitió con un Lotus 25 de la escudería de Rob Walker.

    Sin embargo en la víspera del Día de Difuntos, el destino le tenía guardada una cruel sorpresa. Ricardo ya había finalizado los entrenamientos libres del fatídico jueves 1 de noviembre. Se había vestido elegantemente para asistir a un cóctel en compañía de su esposa Sara. Pero su padre (D. Pedro) le pidió que volviera a la pista para comprobar si estaban resueltos unos problemas de carburación en los que, instantes antes, habían estado trabando los mecánicos.

    En la víspera del Día de Difuntos, el destino le tenía guardada una cruel sorpresa a Ricardo

    Se enfundó de nuevo el mono y regresó al asfalto. En un primer paso por meta levantó el dedo pulgar para expresar que todo estaba correcto. No volvió a rodar por dicho punto. Ricardo perdió el control de su bólido en la curva La Peraltada, ésa que había ‘diseñado’ su propio padre.

    Chocó violentamente contra las protecciones a 180 km/h y su cuerpo salió despedido. No llevaba ajustado el cinturón de seguridad. Solía recordar, prefería morir rápido por un impacto antes que quemarse lentamente en el interior del coche.

    Su cuerpo quedó inerte en medio de la pista y a varios metros del bólido. Un silencio sepulcral invadió las abarrotadas gradas. El público comprendió la gravedad de lo sucedido. Su hermano mayor y también corredor Pedro Rodríguez presenció la escena. Inmediatamente llegó al lugar del accidente para comprobar que había fallecido.

    Pedro Rodríguez en el GP de Alemania 1968 en Nürburgring.

    Nunca se esclarecieron las causas del siniestro, aunque el lugar del impacto ya había despertado algunas dudas y críticas. La extrema inclinación de La Peraltada (32 grados) y el giro que dibujaba (180 grados) generaban unas fuerzas excesivas para la carrocería y suspensiones de los monoplazas, que transitaban por dicha sección a 180 km/h. Asimismo, el guardarraíl de protección que seccionó el cuerpo de Ricardo, estaba en tela de juicio.

    El caso es que el Gran Premio de México se había cobrado la vida de uno de los vástagos de su creador. Una jornada de celebración en la que se daba la bienvenida al Gran Circo se transformó en un día de luto nacional.

    El Gran Premio de México se había cobrado la vida de uno de los vástagos de su creador

    A pesar de lo sucedido, la carrera se disputó el viernes 2 de noviembre con un ambiente teñido por la tristeza, aunque con una presencia masiva de público. El vencedor fue el británico Jim Clark, por delante del australiano Jack Brabham y del también inglés Innes Ireland.

    Una estrella que se apagó de forma prematura

    Con el fallecimiento de Ricardo se esfumó el corredor más talentoso de su generación y un posible futuro Campeón del Mundo de Fórmula 1. No en vano, su precocidad y rapidez al volante le habían llevado a convertirse dos años antes (1960) en el piloto más joven en subirse al podio de las 24 Horas de Le Mans con un Ferrari Testarossa 59.

    La gesta del joven piloto no pasó inadvertida en la escudería de Maranello. Le invitaron a tomar parte en el Gran Premio de Italia de 1961. Y brilló en el Circuito de Monza, clasificando su Ferrari 156 en la primera fila de la parrilla. Ricardo se convirtió a sus 19 primaveras en el corredor más joven que participaba en la Categoría Reina.

    Pedro Rodríguez en el GP de Francia 1971, una semana antes de su muerte.

    En la temporada siguiente, a pesar de la escasa competitividad de los bólidos rojos, logró terminar cuarto en el Gran Premio de Bélgica disputado en el asfalto de Spa y sexto en el Gran Premio de Alemania en Nürburgring. Había nacido una estrella cuyo nombre no paraba de sonar en el firmamento de la velocidad. Tanto es así que fue portada de la revista estadounidense Sports Ilustrated.

    Pedro Rodríguez, otra gran pérdida del motor

    Profundamente afectado por la desaparición de su hermano pequeño, Pedro aparcó su inminente estreno en la Categoría Reina. Y no fue hasta 1963 cuando llegó al Gran Circo. Durante ocho temporadas compitió en un total de 54 Grandes Premios. Sumó dos victorias (Sudáfrica 1967 y Bélgica 1970), siete podios y una vuelta rápida con BRM, Cooper, Ferrari y Lotus.

    Demostró una gran polivalencia al simultanear la Fórmula 1 con otras especialidades. Así, ganó las 24 Horas de Le Mans de 1968 y las 24 Horas de Daytona en 1963, 1964, 1970 y 1971, convirtiéndose en el segundo corredor con más éxitos en la prueba estadounidense.

    Llevado por su pasión por cualquier competición del motor, el 11 de julio de 1971 se inscribió en las 200 Millas de Norisring. La prueba de Gran Turismo en el trazado urbano de Nuremberg (Alemania) se convirtió en su tumba. Pedro colisionó con su Ferrari 512M contra Kurt Hild, quien realizó un giro brusco e inesperado después de rodar muy despacio.

    Pedro colisionó con su Ferrari 512M contra Kurt Hild

    Con la desaparición de Pedro Rodríguez a los 31 años de edad, se perdía uno de los pilotos más rápidos de aquellos tiempos. Apodado ‘El ojos de gato’ por su pericia en la conducción nocturna y bajo la lluvia, fue enterrado junto a su malogrado hermano en el Panteón Español en Ciudad de México.

    En honor de Ricardo y Pedro, el circuito mexicano fue rebautizado en 1973 como Autódromo Hermanos Rodríguez. Un tributo muy merecido para estas dos verdaderas leyendas de las carreras que entregaron su vida por el deporte que amaban.

    Por último, la ‘maldición azteca’ del podio de los 500 kilómetros de México se extendió a Moisés González. Perdió la vida el 27 de julio de 1969 durante la subida de montaña Hill Climb Valle de Bravo-Bosencheve.

    Curiosamente, seis años antes de su óbito Moisés fue invitado por Enzo Ferrari para realizar unas pruebas en Italia. Durmió en la misma habitación donde lo había hecho tiempo atrás Pedro Rodríguez.

    Fotos: Wikipedia

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