El ritual de cada día: por qué la primera función que desactivo en un coche nuevo son sus sistemas de seguridad

Asistentes de mantenimiento de carril que disputan el volante por rozar una línea y avisadores de velocidad que pitan por circular 1 km/h por encima del límite. Algunos ADAS actuales acaban provocando que el conductor desconecte todo al arrancar, anulando el propósito de la seguridad activa.

El ritual de cada día: por qué la primera función que desactivo en un coche nuevo son sus sistemas de seguridad
Alertas y pitidos estruendosos saludan al conductor moderno a la mínima oportunidad

Publicado: 19/08/2026 08:00

12 min. lectura

Entro al coche, pulso el botón de arranque y, antes de iniciar la marcha, empieza el ritual. No es el ajuste de los retrovisores ni la selección de mi emisora de radio favorita, es la lista de comprobación previa al despegue que cualquier conductor de un automóvil moderno se ha visto obligado a memorizar.

Botón para desactivar el asistente de mantenimiento de carril, toque en la pantalla táctil para acallar el avisador acústico de velocidad, pulsar el comando para apagar el sensor de distracción que te riñe por parpadear más de la cuenta. Acostumbrado a la secuencia, me ha llevado quince segundos desarmar el arsenal de niñeras electrónicas que los legisladores de la Unión Europea han impuesto montar en el coche. Ahora, por fin, puedo ponerme en marcha.

Llevo años probando coches de todos los segmentos, desde económicos utilitarios hasta lujosas berlinas de representación que cuestan lo mismo que un piso, y si algo ha quedado claro en la última década es que la tecnología aplicada a la seguridad ha dado pasos agigantados. Los frenos de emergencia autónomos han salvado vidas, los controles de ángulo muerto evitan sustos en autopista y los chasis modernos son maravillas de la ingeniería.

El Asistente de Velocidad Inteligente (ISA) puede controlar la velocidad del coche en función de las señales de tráfico de la vía

Cuantos más ADAS, mejor. La cuestión aquí no es la tecnología en sí, siempre bienvenida si mejora la seguridad, sino la histeria con la que ha sido calibrada para cumplir de forma burocrática con las normativas europeas.

Cuando los asistentes te riñen constantemente dejas de hacerles caso

Tomemos como primer ejemplo el asistente de velocidad inteligente, el famoso ISA (Intelligent Speed Assistance). La teoría es impecable: un sistema que lee las señales de tráfico o utiliza la cartografía del navegador para evitar que el conductor vaya como un loco superando el límite de velocidad de la vía. La realidad cotidiana, sin embargo, linda con el absurdo.

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Me ha pasado ir circulando a 100 km/h por la autovía, tranquilamente, cuando el sistema lee la señal de 50 km/h de la vía de servicio paralela y acto seguido el coche decide por su cuenta que es una excelente idea dar un brusco frenazo. Buen susto para mí y para el conductor que venía detrás.

¿Ha cambiado el límite de velocidad de la vía en este tramo? Un pitido que te llevas aunque vayas despacio

Otra cosa que suele pasar es que entras en una travesía urbana limitada a 30 km/h, el velocímetro digital marca 31 km/h durante una ligera bajada y una campanilla estridente interrumpe la música de la radio o la conversación con tu acompañante. No hay margen de error, no hay tolerancia, no hay sentido común. Solo hay un algoritmo tozudo gritándote al oído.

Pero la escala del desquicio sonoro alcanza su cénit con una vuelta de tuerca aún más estrafalaria como es el aviso por cambio de límite de velocidad. Una cosa es recriminarme si supero el margen legal pero con este sistema el coche ahora decide que debe notificarme con un pitido cada vez que la vía cambia el límite. Todas las veces, aunque vaya despacito. Todas.

Voy por un tramo de 90 km/h tan tranquilo rodando a 70 y si la carretera pasa a estar limitada a 80… ¡Piii! Te suelta el pitido para avisarte de que ha cambiado la norma. Por corto que sea el recorrido esto puede pasar docenas de veces convirtiendo el coche en una verbena de chimes y alertas sin ningún tipo de utilidad práctica. Es el equivalente tecnológico a viajar con un copiloto pesado que te da un golpecito en el hombro cada vez que ve un cartel en la cuneta solo para decirte «mira, una señal».

El Sistema de Mantenimiento de Carril (LKA) corrige la trayectoria del coche si el conductor se desvía de su carril sin poner el intermitente

El resultado de semejante tortura acústica es devastador. Lejos de concienciar al conductor sobre la importancia de la velocidad adecuada, el sistema genera una reacción de aversión inmediata. Al cabo de tres días conviviendo con el coche, el pitido deja de percibirse como un aviso de seguridad y pasa a ser un ruido parásito insoportable que estimula un único impulso primario: silenciarlo para siempre.

La tecnología debe proteger en la sombra, no disputar el volante

Además de pitidos, la cosa también puede llegar al conflicto físico entre el ser humano y la máquina como ocurre con el asistente de mantenimiento de carril activo (LKA, Lane Keeping Assist). En una autopista recién asfaltada, con las líneas blancas perfectamente pintadas y un sol radiante, el sistema funciona de cine. Mantiene el coche centrado con delicadeza.

Sin embargo, en el mundo real vamos a encontrarnos carreteras comarcales con líneas desvaídas comidas por el sol y alquitrán parcheado o nos tocará atravesar un tramo en obras con mil líneas amarillas y asfalto roto. Ahí es donde la electrónica se vuelve un poco loca.

Buena suerte leyendo las líneas de la calzada

Intento esquivar un bache profundo en un tramo estrecho y el coche interpreta que me estoy saliendo del carril de manera involuntaria, aplicando un volantazo corrector que me catapulta hacia el arcén opuesto. La dirección se endurece, vibra y pugna contra mis brazos para devolverme a la trayectoria recta, justo hacia el socavón.

La sensación de perder la autoridad sobre el volante durante un segundo crucial es una de las experiencias más inquietantes que se pueden tener al volante. Es la máquina diciéndote que tú ya no tienes el control mientras te lleva de cabeza hacia el obstáculo que estabas intentando evitar ya sea un bache, un cono o un ciclista.

A esto hay que añadir la vigilancia biométrica interior. Cámaras infrarrojas situadas sobre la columna de dirección o en el marco de la pantalla central que evalúan el movimiento de tus ojos y la posición de tu cabeza. No es lo habitual pero en algunos coches que he probado no dejan margen para desviar la vista ni un momento. Ráscate un ojo o echa un vistazo al navegador y saldrá un mensaje en rojo chillón advirtiéndote de que no estás atento.

El Monitor de Fatiga y Distracciones te pita si desvías la mirada demasiado rato hacia la enorme pantalla multimedia que el fabricante ha puesto ahí para manejar todo

La paradoja es que la propia pantalla táctil gigante que la marca ha instalado en el centro del salpicadero te exige navegar por tres submenús para cambiar la temperatura del aire acondicionado, perdiendo la atención al tráfico durante cuatro segundos. Pero cuando vuelves a mirar al frente, es la cámara interior la que te riñe por dejar de mirar la carretera.

Una asistencia apagada siempre resulta inútil

Todo esto nos lleva a una conclusión y es que la hiperregulación está consiguiendo exactamente lo contrario de lo que pretendía. Los sistemas de seguridad activa están concebidos para salvar vidas en momentos de despiste real, somnolencia o emergencia. Son ángeles de la guarda digitales.

Sin embargo, al volverlos tan intrusivos, ruidosos e inflexibles, la industria ha logrado que la primera acción del usuario al montarse en el coche sea desactivarlos de manera sistemática. Un sistema de seguridad que el conductor apaga antes de iniciar la marcha no protege a nadie. Es un trasto inútil que ha costado un dineral y que no va a estar ahí el día que de verdad haga falta.

Una indeseada solución: pulse para desconectar

Ojo, que no estoy diciendo que haya que renunciar a la tecnología ni tampoco que haya que añorar tiempos pasados en los que los coches eran cajas de chapa sin ningún tipo de asistencia, que te veo venir. La solución pasa por la madurez en la calibración y el respeto a la inteligencia de quien conduce.

La seguridad real exige menos pitidos absurdos. Necesitamos asistentes que actúen en la sombra, que permanezcan en silencio mientras todo transcurra dentro de los márgenes razonables del tráfico real y que solo intervengan de forma clara y contundente cuando un escenario de peligro real.

Queremos electrónica que nos proteja, que pegue el grito únicamente cuando la cosa esté fea de verdad, no niñeras neuróticas que nos disputen el control del vehículo por rozar una línea blanca mientras esquivamos un socavón. La tecnología tiene que estar para sumar y proteger, no para estresar porque si no seguiremos repitiendo la misma escena cada día: subir al coche, abrocharse el cinturón y pulsar unos cuantos botones para decirle educadamente al vehículo: «Cállate y déjame conducir a mí».