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    Virutas F1ConF1namientos

    Mika Häkkinen y Michael Schumacher, protagonistas de la temporada 2000.

    Covid-19 nos tiene encerrados en casa, equipados con el arsenal tecnológico con el que jamás soñó la NASA cuando mandaba a gente a la Luna, y sin embargo no podemos ver las carreras. Pero puede ser un virus, una circunstancia exótica, o hasta una celebración familiar, se te cruce por el camino, y te impida ver lo que pasa en la Fórmula 1.

    No hay pérdida con el chalet de Jo Ramírez, es inconfundible. Enclavada en una urbanización de Mijas, Málaga, tiene cierto sabor mexicano. Aparte de un impagable museo con piezas históricas, en su exterior alberga detalles que parecen sacados de un poblado fronterizo propio de un western. Tras 479 grandes premios decidió que ya estaba bien, que había llegado el momento de detener su motor en esto de la competición, y en el sótano de esta villa decidió aparcar la Harley que entre Mika Häkkinen y David Coulthard le regalaron.

    El problema para el bueno de Jo es que el año en que decidió colgar los bártulos la televisión española no ofrecía la Fórmula 1 en ninguno de sus formatos: ni de pago, ni de gratis, ni de online, ni de nada. El autor del libro Un hombre de las carreras, y tras cuatro décadas metido en el ajo más enterrado de toda la cosecha carrerística no podía pasar sin saber qué podía estar ocurriendo en esos circuitos de Dios. Tras muchas preguntas, algún viaje, y tomarse alguna molestia dio con la solución.

    «Se plantaba en aquel garito cada domingo a ver dando vueltas a los cochecillos de colores»

    La Costa del Sol es uno de los destinos favoritos de miles de británicos, que vuelan de forma directa y a precios muy bajos para tomarse pintas de cerveza a precio irrisorio, juegan al golf, y disponen de playa y buen tiempo a tiro de piedra de casa. Eso ha creado una extensa red de establecimientos equipados con todo aquello que les gusta: comida inglesa, cerveza inglesa, ropa inglesa, bares ingleses, y la clave de esta historia: televisión inglesa. Aquel 2002 la tele española no ofrecía las carreras pero la ITV de pago británica sí.

    De esta manera el azteca peregrinó por una serie de bares de corte internacional hasta que dio con uno en el que le pusieran sus carreras. Tocado con su inseparable gorra se plantaba en aquel garito cada domingo a ver dando vueltas a los cochecillos de colores. El problema llegó en mayo, mes de las flores… y las comuniones. Aquel Gran Premio de Austria se le atragantó a Ramírez al poco de empezar. Niños vestidos de marinerito y niñas de algo definible como ‘de mininovia’ empezaron a zascandilear a su alrededor, a gritar, cantar, y meter ruido, hasta que el propietario del establecimiento decidió cambiar de canal y poner algo más festivo.

    Ramirez, bebida en mano, protestó al tipo de la barra por cambiar los adelantamientos de Michael Schumacher por un video de los Cantajuegos. La respuesta fue desabrida y contundente: «El bar es mío y pongo lo que quiero». Aún se le tuerce la cara a Jo cuando lo recuerda y masculla entre dientes «me dejó sin ver unas pocas carreras», y eso para un yonqui de la velocidad de semejante tamaño, es muy duro. Al acabar la temporada de comuniones todo volvió al orden, el del bar puso las carreras, y Ramírez volvió a acomodarse en la mejor silla del establecimiento.

    De mexicano a México, porque allí ocurrió al cuerpo del que esto escribe el siguiente capítulo de la presente viruta, con el asalto nocturno a una despoblada discoteca para ver una carrera. El año 2000 fue muy especial, con Häkkinen y El Kaiser dándose leña para el que fue el primer título de Ferrari en décadas… pero claro, en el pleno agosto vacacional la incógnita estaba aún en el aire. Cancún es un destino turístico de primera, un lugar increíble y de largo de lo mejorcito de todo el Caribe pero en aquella época, sin Checo Pérez en parrilla, el público nativo mexicano hacía más bien poco caso a la Fórmula 1. Mucho mojito, playa, delfines, parques acuáticos, pirámides, buceo, buena comida, gente encantadora… pero ni rastro de Fórmula 1.

    «La solución se llamó 20 dólares en mano, un Pay per View de libro»

    Se acercaba peligrosamente el fin de semana y tras mucho preguntar nadie sabía decir dónde puñetas podría ver eso de las carreras. La solución llegó en el bailódromo de la lustrosa fonda de cinco estrellas y seguridad en la puerta. Tras ver una televisión reproduciendo canales norteamericanos en una esquina de la discoteca, hubo que pegar la hebra con el complaciente DJ que confirmó la sospecha: aquella tele tenía conexión vía satélite. Los turistas yankees pedían una y otra vez los videoclips de la MTV y algún director generoso quiso dejarles contentos, así que les puso sus canales locales en la alcohólica embajada de ultramar.

    —Oye, tío ¿y se ve la Fórmula 1 en esa tele? En las habitaciones no. —Inquirí al pinchadiscos.

    —Pues sí, en el canal éesepeene de mayami, mi güey. —Respondió con una calculada sonrisa de empleado cumplidor.

    —¿Y que tendría que hacer para venir esta madrugada a las cuatro de la mañana, con esto cerrado, para ver una carrera en esta tele? —Y el DJ volvió a sonreír.

    La solución se llamó veinte dólares doblados y entregados en mano, y en un proceso posterior, una puerta entreabierta al salir el último de los clientes; un Pay per View de libro. La carrera comenzó puntual y el espectador único acomodó su cuerpo en una montaña de cojines desparramados sin gracia alguna en la pista de baile, recaudados por el procedimiento del tirón a los sofás allí presentes. La pantalla estaba en alto y aquella parecía ser la posición más cómoda, tirado, en una postura solo rota para ajustarse a la retahíla de mojitos trasegados durante la prueba; cosas del todo incluido. Ganó Mika Häkkinen.

    Y de finlandés, a Finlandia, porque en Helsinki ocurrió el siguiente capítulo. Raúl y Javi son dos tipos fenomenales, dos buenos amigos y en un buen año se las ingeniaron para hacer un viaje mítico de este trío de la bencina con una experiencia única: ‘el barco de los borrachos’, que es como llaman a los ferrys que viajan entre capitales bálticas y que al entrar en aguas internacionales no cobran impuestos al alcohol. Los paquebotes, chalupas de diez plantas y helipuerto en la azotea, se convierten en botellódromos flotantes y las que se lían dentro son de aupa. La noche antes de embarcar aterrizamos en el aeropuerto de Vantaa, y de allí transporte al albergue que procuró cobijo la noche previa a la dipsómana aventura. Raúl, enorme amigo de las guías de Lonely Planet eligió el lugar y allí se hizo base no sin antes, por el camino, tropezar con Raisa, una bailaora de flamenco de San Petersburgo (¡?).

    La noche (sábadonoche) fue de película y daría no para un capítulo sino para un libro entero, pero lo mollar del tema, lo de las carreras, fue a la mañana siguiente.

    La arquitectura de aquel hostel denotaba que la función de recibir gente no era la originalmente pensada, y todo indicaba que aquello pudo haber sido un almacén de algo en otra vida. Sin baños en las habitaciones, duchas colectivas, montacargas en los que podría entrar un coche… y sin tele en las habitaciones. Sí que tenía, pero una para todo un pasillo de una veintena de estancias. El madrugón fue hermoso para ver la carrera de Suzuka, en principio, en solitario.

    «Uno era como un personaje de Los Simpsons. Liado en una manta, en gayumbos y con una camiseta de tirantes»

    Somnoliento, a medio vestir, y tras una ducha rápida, unas deportivas puestas en chancleta me llevaron hasta una suerte de aula de unas 15 sillas espaciadas entre sí, de esas que tienen un tablero en el brazo derecho para escribir. Todas miraban a una pizarra ante la que había colocada sobre una mesa de escritorio una televisión. Completamente solo, sintonicé la RTL que ya había conectado con el circuito a minutos de arrancar la carrera, y mientras ajustaba el volumen para no molestar a los menos madrugadores de aquel domingo, aparecieron por la puerta casi juntos mis dos compadres de grada.

    Uno era como un personaje de Los Simpsons. Liado en una manta, en gayumbos y con una camiseta de tirantes, tenía pinta de camionero de mal despertar. Cabizbajo, barrigudo, cincuenta pasaditos, ojos enrojecidos, bigote estilo morsa, y todas las palabras que dijo en las dos horas fue hola al llegar y adiós al irse. El otro era como el hermano mellizo de Vitaly Petrov. Cara de ruso ruso, sin lugar a dudas. Vestido con chándal Adidas, gorra Adidas y zapatillas Adidas. Podría haber salido de un gimnasio de boxeo, de entrenarse unos minutos antes. Pues allí, separados por las sillas de estudiantes, vimos la prueba los tres, sin hacer comentario alguno en ninguno de nuestros tres idiomas. Ganó Schumacher para mosqueo del camionero ante la derrota de su piloto local. El ruso tampoco dijo nada y el tercero se fue de nuevo a la cama, a recuperar fuerzas, que la noche en la disparatadamente cara discoteca Theather había sido dura.

    Aunque para duro el suelo de aquel bar irlandés, y es que no era de piedra sino de piedras, en plural, que había muchas. Encajadas como las que se ponen en los jardines para conducirte hacia la piscina pero barnizadas, aportaban cierto aire céltico a los poco más de treinta metros cuadrados del negocio. El amo del cortijo decidió abrir a media mañana por si caía alguien buscando un vermut, pero según se acercaba la hora de comer la gente se largaba y dejaba aquello como un solar. «Siéntate donde quieras, estamos solos», respondió tras solicitar si podía sintonizar la Fórmula 1 en su televisión en la primera visita. A cuenta de la solería rústica, encajar el taburete sin que cojeara era complicado, pero tras mucho traquetear fue posible encontrar una posición favorecedora. «Te pongo eso de las carreras mientras pidas cervezas», dijo el del mandil mientras secaba unas jarras, y las Coronitas iban cayendo una tras otra para que la máquina de la satisfacción no se detuviera. Al acabar muchas carreras el protagonista de nuestra historia tuvo que esperar a que se le pasara el efecto etílico, antes de volver a casa a comerse un plato frío del sobrante en la comida familiar a la que no asistió.

    El drama se comenzó a vivir poco antes de las tres uno de aquellos domingos. David Coulthard lideraba la carrera y aguantaba como podía los ataques de un Schumacher que corría desatado cuando en un par de minutos, y de forma inesperada aquello empezó a llenarse de gente, de golpe. Pero no era gente normal: eran sólo hombres, jóvenes y negros. Los únicos blancos en la estancia éramos el tipo de la barra y yo. Aquello para nada era malo, y nada más lejos de parecer una visión racista, sino que era atípico, anormal, y planteaba preguntas.

    «Aquel nutrido grupo de nigerianos eran unos locos del fútbol y seguían a un jugador de su país sobre el césped británico»

    La explicación llegó sin ni siquiera abrir la boca, y apareció con una sola mirada al tipo de la barra: «es que los partidos de la liga inglesa empiezan a las tres y necesito cambiar el canal». Aquel nutrido grupo de nigerianos, porque de allí eran naturales todos, eran unos locos del fútbol y seguían a un jugador de su país que hacía las delicias de propios y extraños sobre el césped británico. Ante la tesitura de poner una carrera de coches para un solitario bebedor de cerveza, o atender durante un par de horas a aquella veintena de bigardos que podían acabar con la factoría de San Miguel de una tacada, el cambio de canal fue de obligado cumplimiento, y el de los coches fue invitado a pirarse a su casa.

    La solución al coitus interruptus fue buscar un Plan B, que llegó precisamente de la Pérfida Albión. A través del chat de IRC, un muy rudimentario servicio de charlas online, un fanático de Edimburgo retransmitía las carreras… escribiéndolas. Olvídate de retransmisiones youtuberas o directos en Instagram, no, nada de eso. Aquel tipo redactaba la carrera en vivo. A cada volantazo, adelantamiento, bandera amarilla o frenazo, aparecía como por arte de magia una frase en la pantalla de aquel MacBook que tenía un disco duro con la friolera de un giga de memoria, una barbaridad para la época. Durante aquel periodo veía la mitad de las carreras y la otra mitad las leía. A base de insistencia con el tipo del bar irlandés, el repetir la faena y el interés mostrado debieron ablandar su alma porque en una de las visitas se apiadó de la pasión mostrada y dijo «tengo una sorpresa para ti».

    La sorpresa era que en el establecimiento apareció una segunda televisión, de unas 14 pulgadas y en blanco y negro, en la que podía sintonizarse un canal de forma independiente al de la grande. Era pequeña, sin sonido, se veía borroso y tenía que estar sentado en un rincón atrancando la puerta del váter, puerta que había que liberar cada vez que alguno de los fumboleros quería devolver al mar su cerveza. Era eso o el chat del escocés, así que aquella televisión marca Elbe en blanco y negro se tornó en gloria bendita. Al final, el español, iba a un bar irlandés, a beber cerveza mexicana, en el que unos nigerianos jaleaban a unos futbolistas viendo un canal inglés, y un personaje de aquella escena de cuadro holandés veía a un alemán correr contra un finlandés en un coche italiano, todo sin pasaporte. Con Coronas, pero sin virus. La vida.

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