José M. Zapico / Columnista Fórmula 1

JOSÉ M. ZAPICO

Columnista Fórmula 1 / 115 artículos

Ni mi padre, ni mi abuelo, ni mi hermano, ni ninguno de mis amigos. A mi el que me hizo un enfermo de Formula 1 fue un mecánico un día paseando por el pitlane de Jerez al final de unos entrenamientos de motociclismo. La revista Solo Moto me había mandado para hacerle fotos a Sito Pons y Juan Garriga pero lo mejor, y lo que más tarde cambiaría mi vida, llegó al final de la jornada. Caminaba tranquilamente con mis cámaras colgando del cuello, y al pasar delante del box que ocupaba un equipo que rodaría al día siguiente desataron el infierno a dos metros de mi. Probando para los tests un anónimo mecánico arrancó un motor, y aquello no fue el encendido de un coche sino como una explosión que me heló la sangre. Un escalofrío me atravesó la espalda, casi me deja sin respiración, por poco no se me saltaron los empates de las muelas y puso el suelo a temblar como si el dios creador me hubiera enviado un terremoto personalizado. Del pavor inicial pasé al azoramiento, luego a la inquietud y más tarde a la curiosidad. Un par de ojos abiertos como nunca pudieron observar como un portón celeste semiabierto dejaba entrever apenas unas pocas piernas, la parte inferior de las ruedas delanteras y un pedazo de un morro azul y blanco en el que se leía “Canon”. Era un Williams. El primer Formula 1 que vi en mi vida, a apenas un par de metros, fue el coche de Nigel Mansell. De repente la persiana se acabó de abrir empujada por uno de los miembros del equipo y allí estaba: mitad insecto, mitad lata de sardinas, mitad cohete espacial… y sus tres mitades me resultaron fascinantes. Brillaba, relucía, era el vehículo de corte aeroespacial más avanzado que había visto en mi vida. Aquello no era un coche, era lo más parecido a una nave de La Guerra de las Galaxias con lo que probablemente tropezaría jamás. Aquella atmósfera de quirófano, las luces blancas justo encima, cables que salían por todas partes y técnicos trabajando en silencio a su alrededor… Ese día me dije: esto es la hostia, quiero estar aquí. Y desde aquel día mi existencia ha jodido de manera sistemática comidas familiares, bodas, comuniones, viajes, excursiones y eventos cercanos de diverso tipo con un nexo común: ver las carreras de F1.

¿Un ejemplo? El tipo de aquella venta de carretera manchega alucinó bastante cuando a principios de los 90 le di quinientas pesetas para que me pusiera en aquella televisión cochambrosa, y como espectador único, la Formula 1. Sonrío al pensar que el Pay per View no lo inventó Bernie Ecclestone sino yo. Ahora, cuando el calendario me calza medio siglo, echo de menos aquella primera vez. Después ha habido momento mejores, pero ninguno como aquel. Por eso cada vez que escribo una línea sobre este deporte viajo en el tiempo a aquella tarde en Jerez. La Formula 1 es lo más parecido a una máquina del tiempo que existe sobre la faz de la tierra. Y no hay muchas más, no al menos para mi.

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