La Fórmula 1 tiene claro qué competición quiere y tú no eres su prioridad, pero sí la excusa para respaldarla
El nuevo reglamento de la Fórmula 1 ha tenido un estreno desconcertante en Australia. Supone un paso más hacia intereses que se alejan del ideal de competición que todos tenemos en la cabeza. ¿Cambiarán algo las críticas?

Desde principios de la década pasada, la Fórmula 1 y la FIA decidieron que el camino a seguir era alinearse con las tendencias del mercado automotriz, que ya empezaba a dejar claro que la electrificación era el futuro.
Como campeonato siempre interesado en liderar la carrera tecnológica, decidió ponerse a la cabeza del desarrollo de motores híbridos tras un primer escarceo con el experimento fallido del KERS en 2009.
Así, en 2014, la Fórmula 1 estrenó la era híbrida, que a lo largo de los últimos once años ha ido evolucionando y asentándose como único camino a seguir. Sin embargo, el paso dado en la segunda etapa que comienza este año parece demasiado ambicioso y puede llegar a ser contraproducente. ¿O no?
No seamos ingenuos, no será por responsabilidad con el deporte, sino por temor a que el gran negocio empiece a resquebrajarse
El papel de la Fórmula E
La Fórmula 1 siempre ha presumido de ser la referencia en el mundo del motor, el ejemplo a seguir, el pináculo del deporte del motor y la tecnología asociada al mismo. Aunque esto se puede llegar a discutir en determinadas fases de su historia, en líneas generales así ha sido. Sin embargo, no es menos cierto que a la F1 le ha salido un competidor incómodo: la Fórmula E.
No, no estamos diciendo que el Mundial de monoplazas eléctricos pueda competir con la F1 en cuanto a espectáculo y poder mediático. Sin embargo, desde su fundación en 2012 y la celebración de su primera edición en 2014, ha pasado a ocupar un espacio que constriñe a la Fórmula 1.
Es obvio que en aquel momento imaginar una Fórmula 1 eléctrica no tenía sentido ninguno y habría supuesto la muerte de la categoría. No en vano, la Fórmula E ha atravesado una travesía complicada. Pero lo ha hecho, entre otras cosas, porque se lo podía permitir, ya que no tenía una historia que honrar ni a la que rendir cuentas.
Pero, sea como fuere, la realidad es que, si hablamos de alineación con las tendencias del mercado automotriz, la Fórmula E es la que se ha posicionado en el lugar adecuado, cerrando a la Fórmula 1 una puerta a la que, esté dispuesta a traspasar o no, ya no tendrá acceso sin ser considerada una copia del original.
La influencia de Europa y del mercado
Por otro lado, la Unión Europea y, en consecuencia, los fabricantes automotrices, han obligado a la Fórmula 1 a seguir el camino de la electrificación. No queda otra si esta quiere contar con el respaldo de los reguladores y fabricantes presentes en el Viejo Continente, el que realmente manda en la Fórmula 1.

Este camino se inició en 2014, acabando con los fabulosos motores de combustión y su sonido inigualable. Hubo muchas críticas y miles de aficionados afirmaron que dejarían de interesarse por ella, pero la realidad es que la Fórmula 1 sobrevivió y, de hecho, supo crecer hasta conseguir los mejores datos financieros y de audiencias televisivas de su historia.
Liberty Media ha tenido un papel determinante, pero el reglamento también ha jugado su parte. ¿Cómo? Por un lado, atrayendo a más fabricantes que nunca: Ferrari, Mercedes, Aston Martin, Alpine, Audi, Cadillac, Ford, Toyota (de momento solo como socio tecnológico de Haas), Honda...
Por otro lado, creando una parrilla más igualada a través de los límites presupuestarios y las restricciones técnicas de desarrollo (test, simulación, túnel de viento, etc).
¿Ha cruzado la Fórmula 1 la línea roja?
Lamentablemente, este camino, que muchos considerarían el equivalente a vender su alma al diablo, tiene un precio: encadenarse a las necesidades y/o gustos de los fabricantes, así como a las corrientes de opinión presentes en la sociedad.
Y eso se traduce en continuar por el camino de la electrificación hasta un punto en el que parece avanzar, pero sin llegar a pisar el terreno ya ocupado por la Fórmula E. Esta ha sido la razón por la que, después de once años, la Fórmula 1 ha renovado el reglamento de motores. Ahora bien, ¿se ha excedido?
Lo ocurrido en el Gran Premio de Australia sugiere que sí, pues lo que ya se conoce como la fórmula del 50/50 (el motor eléctrico y el térmico aportan la mitad de la potencia cada uno) nos ha ofrecido un espectáculo desconcertante, artificial y poco respetuoso con la esencia de las carreras.
Obviamente, los tiempos avanzan y la competición del motor debe hacerlo con ella. Pero respetando unos límites. Algunos tan claros como que el piloto persiga ser lo más rápido posible en las curvas en lugar de ser deliberadamente más lento (pero mucho) para desplegar mayor energía eléctrica en las rectas. Ya no es cuestión de espectáculo, sino de dignidad y respeto por el gran protagonista.
En esta nueva F1, lo que empezó el DRS lo está terminando de aniquilar este nuevo reglamento, acabando definitivamente con el arte del adelantamiento. Si también vamos a eliminar el talento del piloto para elevar los límites de la física, ¿entonces qué nos queda?
Los aficionados no importamos, pero justificamos
Ya ha pasado muchas veces: pilotos, equipos, medios de comunicación y aficionados criticamos esto y lo otro, pero luego llega la Fórmula 1 y nos presenta las cifras de audiencia y los resultados financieros.
Queda claro, por tanto, que nosotros y cómo entendemos las carreras no somos la prioridad. Y también queda claro que los macrodatos y los beneficios, que llegan, entre otras cosas, con la fórmula de tener contentos a los fabricantes, son la justificación para todo. Y claro, todos nosotros pasamos a formar parte del problema de forma inconsciente.
Quizá haya un pequeño atisbo de esperanza, ya que la FIA ha emprendido el camino de vuelta y pretende volver a los motores de combustión alimentados con combustibles sostenibles. Pero, como era de esperar, se ha topado con los fabricantes, especialmente los atraídos por el nuevo reglamento técnico.

Audi, Honda, Ford o Cadillac difícilmente aceptarán ese cambio, por lo que la Fórmula 1 tiene que decidir qué quiere ser de ahora en adelante: ¿una competición atractiva como deporte o como negocio? En el punto intermedio suele estar la virtud, pero personalmente creo que lo que tenemos en este momento lo ha perdido por completo.
Desde mi punto de vista, solamente un clamor generalizado y contundente como el que ha empezado a gestarse, con los pilotos a la cabeza, puede hacer cambiar las cosas. Pero no seamos ingenuos, no por responsabilidad con el deporte, sino por temor a que el gran negocio empiece a resquebrajarse. ¿Bajarán las audiencias de forma preocupante? ¿Temerán los fabricantes un retorno mediático contraproducente? Veremos.
