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    Virutas F1Padoqués vulgar

    Dos expertos en lanzar mensajes a través de la prensa: Toto Wolff y Christian Horner.

    El ejército americano tiene un misil, el llamado AIM-114R9X Hellfire, que cuando cae no estalla, no hay explosión. Cuando está a punto de caer sobre el blanco asignado, se le despliegan media docena de cuchillas, y se convierte en una especie de Tizona voladora de seis hojas. Acto seguido no es que mate al señor al que pille debajo… sino que lo hace picadillo.

    A cambio de tamaña carnicería las personas que rodeen al desgraciado al que le toque pasar a mejor vida no les ocurre nada. A menos que estén pegados al infortunado quedan indemnes; al no haber deflagración, no hay más daños colaterales que el diámetro dibujado por esa suerte de aerokatana.

    Directivos, pilotos y todos aquellos que tienen voz en la Fórmula 1 no disponen de este tipo de munición en su Santa Bárbara dialéctica, y es por ello que con frecuencia, la metralla y cascotes que saltan alrededor de sus palabras acaban salpicando a terceros. Quieran o no, los escombros del verbo siempre acaban donde no se quería, y quejas, banderillazos y devolución de haberes suele caer en el patio de quienes no tienen nada que ver con el jaleo que sea. Son los llamados daños colaterales de las declaraciones dirigidas a unos, pero que tirotean a otros.

    Las redes sociales de los corredores tienden a provocar inapetencia; rara vez cuentan algo relevante

    La Fórmula 1 es un poco como la ONU. Si nos olvidamos de la aportación técnico-profesional de sus actores, que es la razón que en la mayoría de los casos los ha llevado a este barrio, el gazpacho multirracial, costumbres, religiones y orígenes que se lía haría palidecer al redactor del capítulo bíblico dedicado a la Torre de Babel. Por fortuna la lengua de Shakespeare les une a todos en la charla comunitaria y si dominas el espitinglis puedes comprender lo que aquellos que tienen voz arrojan al éter. El dilema en este tipo de comunicación no es tanto el código común, sino que a veces se confunden de receptor. En un mundo globalizado, hiperconectado, donde la digitalización le ha sentado muy mal a las empresas de periodismo pero muy bien a la comunicación, todo llega de manera instantánea a todos, sean o no sean aceptantes de este mensaje. Entre los que se expresan en el padoqués vulgar hay tres niveles: lo que se dicen entre ellos en las sombras y que rara vez trasciende a menos que sea de forma convenida, los garrotazos verbales que se disparan en público y que acaban llegando a donde no deberían con sus transformaciones debido a las interpretaciones, y lo que se dice en público, de cara a la galería, y que es lo que se suele encontrar en comunicados, tweets corporativos, cuentas de pilotos y alocuciones públicas.

    De lo primero olemos poco desde casa. En ese dialecto vernáculo del padoqués se expresan los federativos, directivos, representantes, clientes, socios y accionistas. Suena un poco como el alemán. Es rotundo, claro, conciso y admite poca interpretación. De hecho cuando hay diferencias acerca de lo expresado lo habitual es que acabe en algún juzgado, ya sea deportivo o relacionado con la justicia civil. En el otro extremo está el padoqués mediático. Es la lengua que hablan los directores de equipo, algún jefe de departamento y los pilotos en público. Es muy coñazo, muy previsible, y nada divertido. Las ruedas de prensa son en general aburridísimas porque según como les haya ido a cada cual y conociendo algo sus inquietudes y personalidades ya sabes lo que van a decir. El que gana está contento, el que pierde está mosca, el sancionado está que muerde y nunca pierdas de vista que los que suelen asomar tienden a sustentar un mensaje positivo; nadie sale ante los micrófonos de la F1 a cagarse en los muertos de alguien.

    Como aderezo colorista puedes toparte con una queja vaga, la denuncia de alguna carencia, y de vez en cuando y con un poco de suerte, alguna broma o gesto de complicidad entre pilotos. Como es natural esto ocurre si entre ellos no ha mediado incidente alguno en días previos, y existe cierto grado de simpatía mutua. Por poner un par de ejemplos, si echas un vistazo a las comparecencias de Alonso y Hamilton en 2007 los dos mostraban gestos tensos, adustos, y con la mirada fijada al frente. Si tuvieran al lado el cadáver congelado de un extraterrestre y al otro lado Mónica Belluci desnuda su gesto sería el mismo. Había tensión, mucha. Cuando Juan Pablo Montoya y Michael Schumacher subían juntos al pódium y los fotógrafos les pedían que se juntasen para realizar la tradicional fotografía histórica del trío vencedor, germano y colombiano pegaban de mala gana el hombro, pero te va a costar mucho dar con una imagen en la que uno le echase el brazo por el hombro al otro. Las fotos también hablan padoqués.

    Pocos pilotos tienden a alejarse del discurso corporativo instaurado en el deporte actual.

    De forma paralela los comunicados oficiales de los equipos y las redes sociales de los corredores tienden a provocar inapetencia; rara vez cuentan algo relevante. Solo son interesantes cuando los equipos anuncian que fichan o largan a alguien, o algún piloto se encabrona y publica unas telemetrías, o carga contra alguien porque está que lo lleva el demonio a cuenta de alguna jugarreta que no esperaba; si esto último ocurre, es frecuente que días después pasen cosas. Si quitas esto, casi todo es «mira como me entreno», «fíjate en que playa estoy», «hoy inauguramos un concesionario», «en la dieta que hago hoy me como un yogur de plátano», o «estoy muy agradecido a mi sponsor, primo, amigo, mecánico, novia, novio o al ayuntamiento de mi pueblo por ponerme una calle». Ningún piloto sale por Twitter diciendo «mañana paramos en la 19 y la 46», o «tenemos un invento de la leche en el escape que nos da nueve caballos». Esto no pasa porque la comunicación de los contratados —los pilotos son curritos de sus empresas— asumen la línea comunicacional pactada, diseñada, dirigida y controlada de manera férrea por su formación, algo que suele venir estipulado en lo que firmó.

    El verdadero problema, lo que agita el gallinero doméstico en la capilarización mediática con terminal en cada uno de nosotros es cuando, sobre todo directivos y pilotos, más los primeros que los segundos graznan y se lanzan mensajes ‘para que se vean’. Todos estos se conocen perfectamente, se reúnen a cada poco, y algunos son hasta testigos de boda de otros, como Freddie Vasseur en la de Toto Wolff, cuando no incluso padrino de hijos o hasta cuñados. A veces la química no es tan excelente y en lugar de mandarse un Whatsapp o reunirse de forma discreta en el parking de un aeropuerto se dicen cosas a través de los medios, y es ahí donde se dispara el llamado Efecto 3D, o Distorsión por Destinatario Desviado, la metralla binaria. La gente, el aficionariado, está sediento de noticias y chequea decenas de veces al día sus redes sociales a ver qué ha dicho su piloto favorito, el ingeniero tal, el jefe de equipo cuál o un periodista de cierta reputación. Esta avidez de novedades con frecuencia conduce a confundir de destinatario las declaraciones.

    Cuando Nikita Mazepin dice «tengo que mejorar en muchos aspectos» tras protagonizar varios incidentes dentro y fuera de la pista no está anunciando a la grada una promesa de portarse bien. Lo que está es diciendo a sus directivos, federativos y seguramente a su padre que tras las filípicas que le han echado a puerta cerrada en lo sucesivo tendrá más cuidado con sus excesos. A Mazepin le da igual lo que piense de él el resto del planeta, es un rico heredero, le da todo igual en este sentido. Pero en Haas, su progenitor, y los de la FIA lo levantaron del suelo sujeto por las solapas y con esto no hace más que decirles «vale, lo he pillado, iré por la línea que me habéis pintado en el suelo».

    Daniel Ricciardo está padeciendo más de lo esperado en McLaren, y muchos esperábamos verle superar a Lando Norris. Ha sido una sorpresa verle en el ecuador del calendario con la mitad de puntos de su compañero, pero al principio de temporada decía sin disimulo alguno que «esto de McLaren es un paso adelante, un comienzo no-como-el-de-Renault». Resulta obvio que no deseaba transmitir a la afición su bienestar sino agradecer a los de Woking la forma en que se le había recibido y hacerles una peineta con tirabuzón a un equipo del que salió medianamente bien pero entró realmente mal. Los jaleos internos de los equipos suelen quedar de puertas hacia dentro, y cuando el australiano y Cyril Abiteboul se encerraban a decirse lo que fuera, cuentan, el suelo temblaba alrededor del hospitality. El jaleo y las diferencias traspasaron todo límite y acabaron en el papel impreso. Esto es grave y que acabaran partiendo peras tras la finalización del contrato no fue una sorpresa para nadie; para muchos la salida de Abiteboul tampoco.

    Cuando Luca de Meo pide a Fernando Alonso que les ayude a ser un equipo grande de nuevo, apostillado más tarde con un «Alonso tiene 40 años, pero trabaja como si no hubiera ganado nada» de Davide Brivio justo cuando se sabe que están negociando su continuidad (ya pactada pero aparentemente no formada) para 2022 y se rumorea que para 2023 y 2024, no están más que diciendo «Fernando, te necesitamos, pide lo que quieras que si está en nuestra mano, lo tendrás a tu disposición». La pandemia del Covid-19 no hizo más que acelerar un proceso degenerativo por cambio de paradigma en la marca del rombo. Las marcas de coches de todo el planeta andan locas con la electrificación, la llegada al viejo continente de los coches chinos, la descarbonización, el hidrógeno, la gente joven que no quiere sacarse el carnet de conducir… andan descolocadas. El sopapo galo llegó con el despido de miles de trabajadores y el préstamo de 4.900 millones por parte del gobierno de Macron. Alonso es un pesado puntal mediático sobre el que sustentar un plan industrial que vale y cuesta muchos millones de euros. Lo necesitan, y por motivos que van mucho más allá de lo que ocurra sobre el asfalto.

    Tras todo esto hay un paso más, porque las palabras dichas en público, pueden usarse como un instrumento extra dentro del arsenal que disponen los que mandan y deciden cosas. Es por eso que se usan, y de las que tienes que defenderte como cuando en la película «300», los persas arrojan un diluvio de flechas sobre los espartanos. Esas flechas nunca se lanzan de forma inconsciente aunque con frecuencia se usan de cargas de profundidad. De manera inocente hace un reportero cuestionó a Chris Horner y Zak Brown que cuál creían que sería el dúo de pilotos de Mercedes en 2022. De forma amable dieron su opinión, «George Russell y Esteban Ocon», ante lo que Toto Wolff montó un zapateado a modo de protesta porque le están agitando el cortijo desde fuera.

    Los equipos son empresas, compañías, entidades con multitud de intereses cruzados

    Un equipo serio, en especial si lleva siendo campeón desde hace ya casi una década y está sustentado por una marca como Mercedes, no quiere injerencias en su política interna. Ellos deciden qué se hace y cómo y cuándo se hacen los anuncios. Y que no te quepa la menor duda de que el anuncio lo harán ellos; ni Liberty, ni FIA, ni Jean Todt, ni el rey emérito Juan Carlos (que menuda liada a Fernando Alonso aquel año en Abu Dhabi) sino la parte contratante, y esa es sólo una: el equipo. Michael Schumacher negó que se fuese a marchar a Ferrari hasta el día antes de que Maranello hiciera el anuncio, o ALO, que hizo lo propio cuando saltó a McLaren-Honda y negó su marcha del Ejército Rojo una y otra vez. No se trata de pensar si mienten o manipulan, que es obvio que lo hacen, pero no se trata más que de una herramienta de gestión más a la disposición de algo que muchos olvidan: los equipos son empresas, compañías, entidades con multitud de intereses cruzados donde el deporte, la verdad o la imagen es solo uno de muchos elementos.

    Los directivos no son más que ejecutivos, que pasan por estas compañías por tres, cinco, puede que diez años, y su finalidad última no es ni decir la verdad, ni ser honrados, ni quedar bien como el público. Para comprender sus movimientos hay que ser consciente de que todo esto es secundario. Su prioridad pasa porque su proyecto salga adelante, gane dinero o al menos no pierda demasiado, y que sus patrocinadores y accionistas queden contentos. Los directivos de las escuderías no están para autoinmolarse en beneficio de su cuenta de resultados pero en la tabla de Excel que las define no hay ningún apartado donde cotice el decir siempre la verdad; la honestidad no lleva IVA. Para que los números no sean rojos a final de año harán todo lo que esté en su mano y necesiten para conducir su barca.

    No, el público no es idiota. Las palabras son inteligibles, su significado sencillo, y las traducciones correctas. Con frecuencia se interpreta mal porque en realidad lo que se escucha o lee pertenece a conversaciones de otro nivel. Son entre los habitantes de otra planta con los que sólo te cruzas en un tumultuoso ascensor repleto de orejas. Si la tuya entiende el padoqués vulgar, no te dejes despistar por el acento de los que manejan el misil ese que no explota… pero que igual te pega.

    Fotos: Red Bull Content Pool | Alpine F1 Team