El sonido del trueno

Hay una línea invisible que une a Harley-Davidson contigo y la Fórmula 1 ¿Nunca te has parado a pensar por qué la imagen de los rebeldes americanos de los años 50, esas imágenes de Marlon Brando a bordo de una Harley-Davidson, siempre están asociadas a aquellas chaquetas de cuero marrón y cuello de piel de borrego?.

Es por lo mismo por lo que tú te levantas del asiento cuando ves un adelantamiento en los aledaños de Eau Rouge, la R130 de Suzuka o en la Parabólica de Monza: por las sensaciones.

La marca de motos norteamericana comenzó su singladura en 1903, justo el mismo año en que voló el primer avión, el de los hermanos Wright. Todas las cosas grandes empiezan por una pequeña y la factoría de motos apenas la integraron una docena de trabajadores durante mucho tiempo. El primer pelotazo industrial lo pegaron gracias al ejército americano. Los furrieles, cabos de comunicaciones y correos del US Army necesitaban un medio rápido, duro y fácil de transportar para salir como una flecha entre balas silbando sobre sus cabezas.

La marca Indian era muy superior en ventas y popularidad, pero las Harley se llevaron el gato al agua al introducir su motor de dos pistones calados en V con explosión (casi) al unísono. La tremenda patada de potencia creó un sonido único, que a día de hoy está hasta registrado comercialmente. Si una Harley que sale de la cadena de montaje no cumple con los decibelios prometidos, se devuelve a la factoría para “arreglarla” antes de que salga a la venta.

En la Fórmula 1 echamos de menos aquel retumbar de los V12, V10 y hasta V8. Lo de hoy, que no es culpa del V6 sino de la presión de un turboalimentador que devora el sonido, hace que la F1 nos suene a altavoz Bluetooth de mercadillo, cuando tenía que estar haciendo temblar hasta la lámpara del techo de nuestro salón.

Los motores actuales no han perdido el sonido estremecedor de los antiguos motores atmosféricos, algo que irrita a muchos aficionados.

En Liberty se han puesto manos a la obra y se han dado cuenta de que si en la pista lo del ruido tiene medio pase envuelto en otros estímulos sensoriales, es desde la casa de cada cual de donde provienen las críticas más ácidas. Para esto andan cavilando la posibilidad de poner un micrófono pegado al tubo de escape, adherir la señal sonora a la de las cámaras onboard, y que podamos reventar con gusto los altavoces del 5.1 que nos trajeron los reyes magos del Media Markt el año pasado. No se dan cuenta de que los técnicos de sonido de FOM y las cadenas de TV tendrán que rebajar ese nivel de audio para que se puedan entender los comentarios de los locutores y el invento tendrá el mismo valor que los cinturones de seguridad de los Roborace.

Donde no-hay-no-hay, y este parche bienintencionado no va a apañar en gran medida el problema. Los coches sonarán maquilladamente más en nuestros televisores pero será un aditamento más, traído por los pelos, para maquillar una carencia básica: la competencia.

Era como si hubiera caído en el paraíso… hasta que pasó un Lamborghini Huracán negro. De golpe las chicas se volvieron invisibles, no estaban

Nos fijamos en estas cosas, lo del ruido, porque nos aburrimos. Hace dos noches Virutas estuvo por Puerto Banús, Marbella. El espectáculo con nombre de chica le rodeaba. Tacones interminables, faldas cortas como si cobrasen la tela a precio de oro, escotes imposibles, y unas curvas de infarto. Era como si hubiera caído en el paraíso… hasta que pasó un Lamborghini Huracán negro. De golpe las chicas se volvieron invisibles, no estaban, las miradas de todos se dirigieron hacia el ingenio italiano. Sencillamente había algo extraordinario, fuera de lo común, una rareza y la atención se desvió.

Si un reglamento más igualitario asomase la cabeza, estos complementos deseables aunque no imprescindibles, perderían valor. El consejo a Liberty es sencillo: no pongas lo que no hace falta, sino quita lo que sobra. Complicar algo que no va a cambiar no hace más que encarecer, enmarañar, y su aportación es limitada. Simplifica y vencerás. 

Un deporte tan técnico como es este arroja un producto uniformemente unido a su reglamentación. Cambia el reglamento y cambiarán las carreras. Quita complejidad al motor y se hará más barato, quita la posibilidad de variar alerones a cada carrera y limítalo a tres o cuatro para todo el año, pasa el protagonismo aerodinámico al centro del coche, busca más estabilidad en el chasis y transmítele esa responsabilidad a los pilotos, pon más piezas estándar, acaba con la locura de neumáticos y pon dos o tres compuestos como mucho. Todas estas cosas pasan en la Fórmula 2 y las carreras son con frecuencia mucho más divertidas, menos previsibles y permiten a un Charles Leclerc salir el último y sentarse en el pódium. ¿Desde cuando no ves esto en la F1?

Sensaciones. La Fórmula 1 está repleta de ellas, por eso nos chifla. No es ni por los colores, la ciencia infusa, ni luz, ni color, ni velocidad, sino una amalgama de todo ello. Los pilotos de los cazas de combate Mustang P-51, el avión del que de manera optimista dicen que fue el que ganó la Segunda Guerra Mundial, volvieron a su Norteamérica natal y echaban de menos el bramido incendiario del V-12 de origen Rolls Royce que los mantuvo vivos en el aire. La comunión entre hombre y máquina podía haber sido más químicamente machihembrada; la supervivencia de ambos dependía del buen hacer de las dos partes; el piloto tenía que confiar en su máquina, y la aeronave en la habilidad de su jinete.

El Mustang P-51 estadounidense se concibió con un motor Allison V-170, pero posteriormente fue sustituido por el estremecedor Rolls-Royce Merlin.

Los aviadores se bajaron de la propiedad del gobierno y se subieron a las Harley con motor en V que les proporcionaban unas sensaciones vagamente similares, con el aire mesándoles los cabellos, las vibraciones, el ruido… De aquel simulador de sensaciones post-conflicto, la presencia en la imaginería motociclista de gafas y cazadoras de aviador: es que eran las que usaban en el conflicto.

Los pilotos tunearon sus nuevas monturas. Las despojaron de peso muerto. Quitaron guardabarros, redujeron retrovisores, pusieron asientos de bicicleta, y eliminaron todo aquello que en su lucha contra el viento les restase prestaciones. A fin de cuentas, lo que querían era volver a vivir aquellos momentos en que estuvieron al filo de la navaja, esos instantes en que era o cielo o infierno en apenas segundos, se convirtieron en yonkis de la emoción, de las sensaciones, de la adrenalina.

Liberty no lo tiene fácil pero la ecuación es sencilla: devuélvenos sensaciones y la F1 volverá a brillar

Hubieran sido excelentes pilotos de Fórmula 1. Liberty no lo tiene fácil pero la ecuación es sencilla: devuélvenos sensaciones y la F1 volverá a brillar como nunca (dejó de hacerlo). El motor de los Mustang P-51 y fabricado por Rolls-Royce se denominaba Merlin, como el mago. Chase, Ross, Jean… haced de Merlin, devolvednos la magia, y os devolveremos abonados al servicio que nos pongáis.

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