Gran Premio de Australia F1 2026: los cuentos de la lechera

El invierno. La pretemporada. Aunque cada vez sea más corta y menos intensa en cuanto a pruebas. Ese periodo en la Fórmula 1 en el que, imbuidos del espíritu navideño y las esperanzas, se lanzan alegres predicciones de cara al campeonato venidero.

Gran Premio de Australia F1 2026: los cuentos de la lechera
George Russell es presionado por Isack Hadkar y Charles Leclerc en la salida del Gran Premio de Australia

Publicado: 09/03/2026 08:00

11 min. lectura

O los cuentos de la lechera. Augurios de rendimiento y proyección de victorias, podios. Títulos mundiales. Y los fracasos universales. Así lo hemos visto, y con mucha intensidad, en el tránsito de 2025 a 2026, y en variados frentes.

Historias de pretemporada

Antes de acabar la temporada pasada, ya se rumoreaba que Mercedes-Benz tenía una tecnología a la cabeza. La Scuderia Ferrari, fiel a la presión externa y las ensoñaciones internas, traslucía la enésima serenata al triunfo. Que si la unidad de potencia era buena, que si había aciertos aerodinámicos. Que este año será el bueno.

McLaren confiada en seguir en la senda del éxito labrado con esfuerzo entre 2024 y el 2025. Lando luciendo el número uno, queriendo revalidarlo. Red Bull discreta, confiando en su motor austríaco-americano, sabiéndose detentora del talento inagotable de Max Verstappen.

Las 15 primeras vueltas, hasta el primer coche de seguridad virtual, fueron una locura prefabricada y propia de la Fórmula E

Y claro, Aston Martin. Honda. Adrian Newey. Fernando Alonso. Daban miedo, corría por los mentideros de las informaciones. O que Audi se iba a dar un estrepitoso golpe. ¿Alpine? Cuidado, que llevan un Mercedes-Benz ahora, y Briatore se ha puesto serio –lo cual quizás quería insinuar alguna bellaquería–.

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O lo que es lo mismo: bla, bla, bla. Cuentos de la lechera. Seremos entre tres y siete décimas más rápidos que el resto. En clasificación esto, en carrera aquello, bla, bla, bla. Porque llegaron los entrenamientos de pretemporada. Y empezaron a romperse cántaros de leche con preocupante facilidad. Pero aún quedaba una esperanza. Quedaba —en los cuentos de la lechera— tiempo para mejoras, análisis, estudios. Aún no se ha llegado al Albert Park. Se puede.

Pero, ¿qué veíamos? A una Mercedes-Benz sólida, a una Ferrari seria, a una Red Bull en forma y a una McLaren que parecía esconder rendimiento. A una Racing Bulls fuerte, a una Audi sorprendente, a una Cadillac digna. A una Alpine extraña. ¿Haas? Ese motor Ferrari no está mal. Williams necesita una cura de adelgazamiento, se pasaron con los dulces celebrando su buen 2025. Aston Martin de forma urgente en la unidad de cuidados intensivos.

La Fórmula 1 también soñaba

Como si fuéramos nuevos. Como si la ilusión de un nuevo reglamento no nos hiciera saber que cambiar ciertos hábitos, rutinas y direcciones, no es fácil. Que las sorpresas a la Brawn GP pasan una vez cada muchísimo tiempo y con una conjunción astral casi única. Pero siguieron yendo con el cántaro de leche, sin mirar al suelo. Unos y otros.

Porque no sólo los equipos. Liberty Media y la Fórmula 1 presentaban deslumbrantes vídeos de realidad virtual donde se explicaba la maravilla de la nueva reglamentación. Alerones abajo. Botones para adelantar. Recargas poderosas. La nueva F1 más excitante de todos los tiempos. La Arcadia feliz de las carreras.

En definitiva, como en un zoco árabe –y seguramente no andamos desencaminados dada la influencia de estos países en el deporte–, vendiendo al por mayor bondades y alegrías. Pieles de oso sin salir de la sala de reuniones. Y el comprador medio se lanzaba a las ofertas y las promesas. De unos, otros y los de más allá. Pero llegó Albert Park. Porque todo llega.

Lando Norris no tuvo ninguna opción de luchar por la victoria en Albert Park

El Gran Premio de Australia

Y al llegar a Australia, ya no había esperanzas que vender, velos que cubriesen imperfecciones ni realidades virtuales milagrosas. La cruda realidad, intuida notablemente en los test, pero negada a fin de mantener el sueño vivo un poco más. Sólo un poco más de cuento.

Pues bien. Aston Martin y Honda han hecho uno de los ridículos más estrepitosos de la historia de este deporte. Quien quiera cargar a Honda para salvar al equipo, puede seguir portando su cántaro de leche: ya llegará a la piedra. No hay rendimiento, no hay potencia, no hay piezas de repuesto. Al nivel de Life, de Andrea Moda. Pero siendo Aston Martin-Honda.

Y culpables son los japoneses, sin duda, pero que no se quite mérito en el esperpento a Newey, a Cowell –obviamente el que más– o a Lawrence Stroll. Un equipo que es un carajal desde 2021 y que no ha sabido crear un proyecto serio y de futuro. Que apostó por Honda, se confió en que era el motor campeón, y ahora pasa facturas, ¿de qué? ¿De la falta organizativa de los japoneses? Hay que ser muy hipócrita para tal postura.

Pero, como en un ‘déjà vu’ que sería muy cómico de no ser por lo que implica, se nos dice, como en 2015, que el chasis es una maravilla. Por supuesto. Cuando rueda, lento, con vibraciones gravísimas, y teniendo que retirarse dos veces en carrera, se obtienen datos fiables del chasis. Siguen vendiendo el cántaro de leche que ya se les ha hecho añicos.

La clasificación y la carrera demostraron que Mercedes-Benz está muy por encima del resto ahora mismo. El famoso asunto de la compresión —que se discutirá a mitad de año, no corramos, dejemos que el campeonato esté encarrilado— ha sido una jugada maestra, y merecen esa ventaja. Pero ha escocido en todos los rincones del paddock que no llevan una unidad de potencia alemana.

Nadie les hubiera podido ganar el domingo. Ni siquiera si la Scuderia Ferrari, que confirmó que su sistema de salida es propio de Cabo Cañaveral, hubiera hecho dos, tres, siete o veinte paradas. Hungría 1998 o Francia 2004. No compren ese cántaro de leche. Sí, podrían –debían– haber intentado algo, pero intentaron un jaque en vano: forzar a una Mercedes-Benz que sabía que con una parada le bastaba, a ver si tenía que hacer dos. No funcionó.

Pero Ferrari es ahora mismo la única alternativa a Mercedes-Benz. Red Bull fue la primera en romper motor –Hadjar– y sólo la salvó un tremendo Max Verstappen remontando tras chocar en clasificación por una cuestión de retención de motor. ¿McLaren? En tierra de nadie, y con la vergüenza del choque de Piastri en la vuelta de boxes a parrilla.

La lucha por el liderato entre Russell y Leclerc no duró demasiado y fue muy artificial y poco meritoria.

Descanse en paz, F1

¿Y la Fórmula 1? Pues se desmoronó. Sí, las 15 primeras vueltas, hasta el primer coche de seguridad virtual, fueron una locura prefabricada y propia de la Fórmula E –o del Mario Kart en palabras de Leclerc—. Quizás en las carreras sprint funcionará, pero en carreras largas, una vez estabilizada la situación, todo fue anodino, como era recurrente en el pasado. ¡Pero hubo muchos adelantamientos!, nos dice el campeonato. ¡Al fin se ha logrado ser MotoGP!

¿Adelantaqué? Nadie adelantó, sino que apretó un botón, tuvo más energía y pasó con una facilidad pasmosa al rival de delante, que con suerte se la devolvió. O dicho de otra forma: el precioso arte del ataque y de la defensa en el pilotaje de alto rendimiento, que ya fue torturado con el DRS, ha sido oficialmente asesinado, descuartizado, licuado y enterrado en la Fórmula 1.

Eso sin contar con lo esperpéntico, por muy eficiente en cuanto a rendimiento que sea, que es el ver a un F1 perdiendo velocidad en una recta para recargar la batería. El sonido de las revoluciones cayendo era exactamente el del paso de la emoción a la infinita tristeza. Depresión competitiva en alta definición y multicámara.

Tristeza porque el exuberante mundo de la Fórmula 1 ha quedado reducido, voluntariamente, a una parodia. Ya no se exprime en pista hasta el último metro, ya no se trabaja el adelantamiento, y podríamos seguir. Los ingenieros son felices, es algo excitante para ellos. Los pilotos braman al unísono —salvo Russell y Antonelli— ante esta forma de capar sus talentos. Los aficionados, en bloque, lloran por una competición y un espectáculo que ya no existen. El cántaro, de tanto ir a la fuente, se ha acabado destrozando. Descanse en paz, Fórmula 1, 1946-2025.

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