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Capítulo 8The Italian job: Monza

El problema empezó cuando llegaron los chismes esos, los GPS, los de los coches. El cazador ha perdido la confianza en su instinto y ahora se la concede a esos chirimbolos electrónicos con los que puedes hacer mil cosas pero que con frecuencia te dicen “tira por allí”, y hubiera sido mejor preguntarle al tonto del pueblo.

Monza ha sufrido una enorme transformación en los últimos años, y donde había un polígono industrial en el acceso desde Linate, ahora hay túneles, carreteras amplias y Scalextric de tamaño humano. Ocurre que la frialdad de estos dispositivos digitales conspiran contra ti y con frecuencia se empeñan en llevarte a los sitios por el camino más largo de todos.

Como la vuelta que le pegas al Parco di Monza podría ser tildada de etapa del Giro conforme a su longitud, decides finalmente atravesar el jardín vallado más grande del mundo sin hacer caso al ingenio binario. Una vez dentro, echas por un carril repleto de ciclistas, giras a la derecha y ¡HOSTIAS! ¡Un dinosaurio de tamaño natural! por una décima de segundo piensas que has viajado en el tiempo en una de esas bromas de ‘Inocente, inocente’ y te has teletransportado a Jurassic Park.

En la república de la velocidad, la limitación es a 50 fuera del circuito.

Una vez comprobado que el tiranosaurio es de cartón piedra y no te va a devorar te alejas del parque temático temporal que han montado en el interminable recinto los del museo de ciencias naturales. Enfilas el endiablado laberinto de carriles arbolados y sombríos por el que te cruzas con decenas de corredores, que te miran como si fueras un extraterrestre, algo que inquieta.

El circuito ha cambiado cuatro veces de dirección en cuatro años, con sus consiguientes cambios de rumbo en la toma de decisiones y criterio. Ahora manda el ACM, el Automóvil Club de Monza. A uno de sus directivos se le ha ocurrido poner la sala de acreditaciones en un lugar donde hay un cartel en el que casi se puede leer “bienvenido a Laponia”. Está a kilómetros de la pista; más les hubiera valido poner una pista de aeropuerto en ambos destinos, o al menos un tren de cercanías.

Il Parco es un laberinto vegetal donde es fácil perderse.

Como llegas a la caída del sol no necesitas saber que ya está cerrado y te has ido directamente a la pista, así que te plantas directamente en la cancela de la puerta, esa frontera difusa que separa el mundo de las ensoñaciones, la realidad de lo deseado. El señor Galbiati, el portero de toda la vida, se ha jubilado y ahora está Luca, un treintañero perillán al que le sueltas en itañolo “hola, er verás, no tengo pase y quiero entrar”.

Sale de su garita sin cambiar el gesto, se acerca, dobla la cintura para acercar su cara a la tuya y te pregunta arqueando sus cejas “¿Zapico?”. Con cara de sorprendido le devuelves un tímido “sí, sí”, y te dice “avanti”, mientras te señala al interior con su izquierda. Conclusión: cuando tu nombre es tu pasaporte solo hay una cosa mejor que tener un buen pase y es ser amigo del que los reparte.

La entrada a la pista, el límite entre lo que significa Monza y todo lo demás.

Conduces por la avenida arbolada que da al túnel de acceso, giras a la derecha y te introduces en el paddock para aparcar. Cuando la actividad en pista cesa, la seguridad se relaja, hay menos vigilantes, y te paseas a pecho descubierto por las instalaciones. Subes a las oficinas y te vas encontrando con caras conocidas. Silvia, Nicoletta, Fabio Echas de menos a algunos y te cuentan que de los cincuenta y cinco empleados que había en el Autódromo, veinte salieron por la puerta. La crisis les golpeó también a ellos.

Te mueves por el laberinto de corredores forrados en vinilo gris como el gato de la familia. Caras amables, la mayoría desconocidas, te sonríen amablemente. Te paras en algún despacho a ver amigos, y en el paseo desembocas en el pasillo que da al pódium elevado que hay sobre la pista. Te subes a él, para saludar al vacío y piensas, echas tu imaginación a volar, y barajas la posibilidad de montar un camping donde otros celebran victorias. “Quiero dormir aquí algún día. En un saco de esos de excursionista, no bajo las estrellas sino bajo estas estrellas”.

Los asientos de dirección de carrera son, obviamente, asientos de carreras.

Te cuentan las últimas noticias, preguntas por la familia, hijos. La extraña y agradable química que existe entre italianos y españoles crea una atmósfera muy especial, casi mejor que cuando sólo somos nacionales. Al rato alguien dice que es la hora de irse a cenar. En Monza se hace temprano y acudimos al Villa Real Ristorante. Antipasti, prosciutto y una mozzarella del tamaño de un melón van cayendo poco a poco hasta la hora de la pasta y la carne. Mucha comida que hay que hacer reposar. Tras los postres llega el arma química definitiva, el verdadero suero de la verdad: el peligrosísimo Limoncelo.

Tras varias rondas, la poción mágica ejecuta su papel en el guión y comienza a causar el efecto programado. El chillerío, canciones, y exaltación de la amistad brota como por arte de magia. Llegan los brindis con rimas inconfesables, el recuerdo de los amigos que no están, los chistes guarros, y el baile flamenco encima de las sillas. Las cubiteras ejercen como bañera y todos acabamos con el pelo mojado el que lo tenga. Para rematar la alocada escena a uno se le ocurre montar un Campeonato del Mundo de ‘a ver quien los tiene más grandes’.

La decoración de los hoteles de Monza es bueno, especial.

En el torneo los dos equipos finalistas son las selecciones de Italia y España y el juego consiste en meter la mano en una pecera que hay en una esquina. Gana el que tarde más en sacarla; si la sacas antes, pierdes. Hasta aquí no tiene gracia alguna, pero de repente la adquiere cuando le ves los dientes a la piraña que ocupa el terreno de juego. Las dos selecciones aguantan mecha hasta que el hijo del propietario se percata de la situación. Alarmado, llega pegando voces al grito de “¡la piraña tiene una dieta especial!”, y le arroja un puñado de gambas que desaparecen de manera instantánea de donde estaban. El león africano con forma de pez no se ha zampado una mariscada sino que se la ha bebido.

El italiano y el español, estrechan sus manos mojadas, se abrazan como celebrando un gol, acuerdan un empate técnico y preguntan por la botella de ese endiablado brebaje amarillo que nubla la mente, sella amistades y crea momento perfectos para recordar si es que te queda cabeza para ello. Al día siguiente uno de la organización te suelta: “colega, otro espectáculo como el de anoche y te piden la camisa para enmarcarla, como aquella del ciclista que tenían al lado de los baños”. En ese momento eres consciente que aquello tuvo que ser intenso porque no recuerdas gran cosa.

En Monza todo recuerda a las carreras, incluso los pasillos de los hoteles.

Llega el día. Tu día. El día en que los sueños se cumplen aunque sean pequeños. Desde que viniste la primera vez aquí, supiste que este lugar era mágico, y querías formar parte de esto. Una vida sin sueños es una vida mucho más pobre, un mero paso por la existencia cual funcionario en turno de noche. Si aquí hay prestidigitación, la bandera a cuadros es la varita de Harry Potter que quieres agitar. Coches que pasan frente a ti a velocidades subsónicas, meneas el trapo arlequinado, y se detienen: eso es magia, y te han invitado a ser el maestro de ceremonias.

Una marshalesa te viene a buscar a dirección de carreras cinco minutos antes de acabar la prueba. Te suben al podio de señales donde te dan instrucciones firmes y precisas para no cagarla. Te aterra que se te caiga la bandera a la pista porque de ser así tendrás que avisar a los pilotos de que la prueba ha acabado a gritos, y obviamente no te oirán. La bandera ha de cogerse muy cerca del paño, no asomarla hasta que vaya a ser agitada. Cuando veas los coches a lo lejos la subes sin moverla, quieta, y la meneas cuando estén pasando. No te mates ondeándola o al día siguiente tendrás agujetas. Pasan los coches, recojo la bandera, y Maurizio Rigato, un amigo fotero de mi época de ídem inmortaliza el instante. Esta va ser la primera foto de mí que cuelgue en mi casa. En casa del herrero

La organización de las World Series invitó al autor del articulo a dar bandera en Monza. Un sueño cumplido.

Te baja el subido y echas el resto de la tarde paseando por la pista. Recoges a Tommy y Tamara, que andaban por allí, consigues un coche, y os piráis en trío al peralte, esa porción de la historia del automovilismo que ya solo sirve para eventos publicitarios. Ahora, si te sales de la pista, te vas contra el muro. En la época del peralte en activo si te salías te podías ir al cielo de forma real y/o figurada.

El acceso no se ve ni aunque te den un plano en la caótica fisonomía interior del circuito, pero te sabes el truco. Una vez que llegas a la verja que impide entrar con vehículos, bordeas por la izquierda la alambrada y buscas el agujero practicado por miles de devotos que ya peregrinaron a este altar de la velocidad. Accedes en soledad, no hay coches, ni motos. No hay gente ni apenas ruido. La cita con la historia es un proceso íntimo. Solo luz, sombras de algunos árboles del parque, y las líneas amarillas pintadas recientemente, con casi toda probabilidad para rodar algún anuncio. En las fotos no parece muy empinado pero tienes que ser Usain Bolt para poder tocar la parte más alta si es que llegas, cosa muy muy difícil. Los comisarios se subían en plataformas de señales desde el exterior.

La verja de acceso al peralte; las puertas del cielo para muchos.

Te vuelves al paddock y pasas el resto del día saludando amigos como Enrique Gluckman o Alvaro Fontes. Participan en las European Le Mans Series en el equipo de un tipo que adelantó su jubilación como pilotos de las aerolíneas SAS para tener su escudería. Uno de sus socios se calzó los casi dos mil kilómetros que separa Estocolmo de Monza en un Ford Thunderbird descapotable del 57 traído de América. Tiene en su garaje once Ferraris, pero consideró que era muy cantosos venir en uno de ellos; se hizo el sueco con los deportivos encarnados.

Me topo con Olivier Panis y Yannick Dalmas, ex pilotos de Fórmula 1, y los dos están de acuerdo en que la F1 va a pegar un vuelco enorme para mejor. “Ahora nos llaman para ir a las carreras, somos invitados, y antes era casi imposible encontrar un pase”. Pasas por las tres tiendas de chucherías de adultos para comprar llaveros, pegatinas, camisetas para los sobrinos y unos imanes para la nevera de la casa de Juan y Mercedes. Vives un poco el turismo de las carreras y echas de menos la librería de Mario, que se jubiló. Aquel olor

El viejo y mágico peralte de Monza.

Va acabando la jornada. Callan los motores, cae el sol y con el te vas alejando poco a poco del status de carrerista. Te despides de amigos, y gente que te ha ayudado. Te marchas y tomas distancia del ‘il parco’, del ruido, de las sensaciones, del aire. Retumban en tu cabeza imágenes, aromas, sonidos y palabras.

Cuando llegué, la responsable del Ufficio Sportivo, me golpeó la cara con un bate de béisbol con una frase. Con ella me desarmó como cuando cae al suelo un juguete hecho de piezas de Lego. Lorena soltó una frase que ha quedado marcada en mi cerebro como si un hierro candente me hubiera confundido con el culo de una vaca. “¿Zapi, desde cuando no vienes por aquí?”, dijo la pelirroja. “Er creo que cuatro o cinco años”, respondí. “Pues para mi es como si te hubieras marchado ayer. Eres una parte más de esto. Perteneces aquí”. Me emociono. En Monza siempre lo hago. Como ahora, que remato estas líneas, por eso las acabo. Me voy de vuelta al Autodromo aunque siga sentado en mi casa. En mi otra casa. Algún día mis cenizas viajarán allí. Aquí.

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Fotos: José Manuel Zapico

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