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    Virutas F1Carlos Alatriste, pero contento

    Carlos Sainz, piloto de la Scuderia Ferrari.

    Carlos Sainz se despierta cada mañana antes de las ocho en su casa italiana, situada entre Maranello y Modena. Acto seguido se toma un café. Se ducha, se viste, y arrea para la sede de Ferrari. Lo hace en un discreto coche del grupo, normalmente un Alfa Romeo, de los varios de una pequeña flota disponible para empleados importantes. A la chita callando, sin hacer ruido… es el que obtiene los pódiums rojos.

    Cuando quieras conocer a alguien, no repares demasiado en lo que dice, pero observa en silencio sus actos; en eso no hay engañifa posible. Si apuntas con el catalejo a Sainz, es cuando llega a su curro el momento en que descubres algo pequeño, un detalle aparentemente absurdo pero que habla por sí mismo. Tras aparcar el Giulia burdeos, el soldado rojo traspasa la galería que conduce a la entrada principal del edificio, y saluda con las cejas al tipo de la puerta. El encargado de la seguridad le responde con una leve bajada de cabeza y una sonrisa de oreja a oreja si el domingo le fue bien.

    Tras el obligado test PCR que le hacen cada vez que accede a las instalaciones el madrileño traspasa la puerta de aluminio y cristal. En lugar de apuntar sus 66 kilos hacia el confortable ascensor que hay a la derecha, enfila a la escalera de tres tramos que hay a la izquierda. Estas pequeñas cosas hablan, y te cuentan que las comodidades están bien, pero se maneja con soltura y sin temores a las dificultades de lo terrenal. Esa es una de las enormes fortalezas de Carlos: baja la cabeza, se guarda sus pensamientos, y si tiene que entrenar dos horas acaba marcando tres en su reloj inteligente.

    En el Gestione Sportiva es muy apreciado, habla italiano desde su época en el karting

    Cada lunes tras una carrera tiene reuniones en la primera planta con los ingenieros; a veces es con los de aero, con los de performance, con los de estrategia. En su mochila siempre lleva su ordenador portátil en el que toma notas. Es el mismo que usa para estar en contacto con su chica y sus amigos; se conecta con ellos casi a diario al caer la tarde, una vez de vuelta en casa.

    Cuando está en Italia es muy habitual que pida su cena al restaurante Montana, le gusta. No abusa de la pasta y mide al gramo lo que se encaloma entre pecho y espalda. Su dieta es rigurosa, y quema miles de calorías a diario, así que la Mamma Rosella duerme sin cargo de conciencia alguno. En el Gestione Sportiva es muy apreciado, habla italiano desde su época en el karting, y uno de sus principales valores en la Scuderia es Marco Matassa, con el que trabajó en Toro Rosso, sobre todo tras la marcha de Max Verstappen.

    Martes y miércoles le mete candela al simulador, aunque no todas las semanas. Cuando no está encaramado en la última creación de la compañía británica Dynisma, anda grabando vídeos para la gente de marketing o para las redes sociales de la marca, o preparando las siguientes carreras. Es raro el día que no reserva un par de horas en el gimnasio que tiene la Scuderia pegado a la pista de Fiorano. En cada comparecencia nunca echa menos de un par de horas de castigo, y suele estar acompañado por un entrenador, pero nadie más. A cuenta del Covid se restringe mucho el uso colectivo del recinto, y se controlan los accesos en sobremanera, al igual que la fábrica. En su plan de trabajo siguen estando sesiones de karting, ya sea en Italia o en Madrid, en la pista de propiedad familiar y a la que da nombre su padre. Dice que le ayuda a mantenerse en forma y pone a prueba una de las herramientas principales de un piloto: los reflejos.

    Vive solo desde los quince años, aunque de vez en cuando, cuando su primo y manager Carlos Oñoro le visita, se queda con él. Cuando vivía en Londres no tenía gimnasio en el apartamento y lo llevaba peor, por eso se trasladó a Madrid, donde sí podía castigarse el lomo con lo prescrito por su preparador. Por su ciudad natal se suele desplazar en un Volkswagen Golf y carece de domicilio propio, así que se queda en el chalet de sus padres. Otra señal: se gasta su pasta solo cuando verdaderamente lo necesita. Fue justo allí, y con mucha sobriedad, donde celebraron su fichaje por Ferrari. No hubo chillerío ni alharacas; todo venía muy rodado, se dieron muchos pasos, y la felicidad se cobró a plazos. La negociación, con la pandemia en plena efervescencia, fue discreta, con mucha videoconferencia y emails por medio. De forma completamente irregular, apenas hubo reuniones cara a cara. En principio la idea era renovar con McLaren, de hecho en el equipo estaban decididos en prolongar la relación, pero cuando Ferrari llama a la puerta el rarísimo es el que dice no.

    Un piloto de Fórmula 1 es un mecanismo complejo que requiere de una serie de condicionantes para alcanzar el éxito. A algunos se les ve venir desde lejos, otros tardan algo más, y la mayoría nunca llegan porque apenas tienen los mimbres externos para construir algo consistente. A Carlos Sainz, el hijo de El Matador, solo le queda ganar alguna carrera para que los agoreros dejen de desconfiar de su valía, porque sus estadísticas solo indican que está aplanando su cuesta arriba desde el día uno. Llegó a Toro Rosso, saltó a Renault, pasó por McLaren y en su cuarto equipo logra tres de cada cuatro pódiums en su primera temporada con ellos; una temporada en la que estaba llamado a ser el segundo piloto pero que deja atrás al considerado primero. Carlos es el primer rookie de Ferrari que no ha abandonado en ni una sola carrera tras sus quince actuaciones vestido de rojo. Nunca ningún corredor recién fichado ha logrado esta cifra ni de lejos, a pesar de que este año es el calendario más abultado de la historia de la Fórmula 1.

    Carlos ha ido de menos a más de manera constante, sin ni un solo bajón ni en rendimiento ni en resultados, en un ejemplo de buena gestión de una carrera deportiva sin error alguno en la toma de decisiones. Es pauta recurrente en su biografía deportiva que llegue a las categorías de forma casi tímida, sin enormes resultados, y al final siempre acaba recaudando premios sólidos. Le pasó en niveles inferiores, y en la F1 está dando pasos y creciendo como piloto tal y como lo hizo entonces. Parejo a su espíritu tranquilo en Maranello se está cocinando un corredor de primera línea que con la elegancia de otros que campeonaron antes, sin aspavientos y de forma casi silenciosa, se llevaron unos títulos en eficiente lucha abierta contra enemigos nada fáciles.

    Carlos Sainz sumó su quinto podio en la Fórmula 1 en Sochi.

    Puede que carezca del mordiente que poseen otros contrincantes, pero su seriedad, ética del trabajo, constancia tanto dentro como fuera de la pista, le convierten en ese tren de mercancías con trescientos vagones que resulta imparable al final del trayecto. Cuando en la Fórmula 1 le piquen el billete, ojalá que dentro de muchos años, será el piloto perfecto para resistencia. Sus salidas han mejorado mucho, en carrera se aleja de las complicaciones, sabe sacar partido de los desatinos ajenos, y ha aprendido mucho de sus errores en los primeros giros. Esos toques leves que te acaban costando puestos o paradas extra son propios de lo que los ingleses denominan ‘over-ambitious’, pero es lógico… sin eso no se gana. Apúntaselo en el haber.

    Frío, educado, sincero, discreto; muy castellano, como el Capitán Alatriste, que va a lo que tiene que ir y el resto le sobra. En pista es rápido, discreto, limpio, y eficiente en casi cualquier condición del asfalto. Le quieren en Renault, le respetan en Red Bull, y le adoran en McLaren. En Ferrari, donde ha caído de pie en todos los planos, se están dando cuenta de que acertaron de pleno al ficharle porque les está devolviendo más de lo que apostaron por él al firmarle su contrato. La noche que se firmó el papel los Sainz abrieron una botella de vino… pero no un vino cualquiera. Fue una botella del vino Pegaso, el caballo alado del que Sainz senior tiene acciones, lo que parecía una premonición de lo que acabó llegando. Caballos, alas, y un espadachín que en silencio cada noche afila su acero.

    Fotos: Scuderia Ferrari