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Monza (¿Y para qué quieres más título?)

Existe un mantra de la velocidad que afirma haber tres tipos de circuito: Mónaco, Monza y todos los demás. Si Mónaco no es un circuito sino una calle por la que se corre, y el resto de pistas tienen más o menos marcada su personalidad, lo de Monza es distinto porque no es un circuito normal. Tiene más de santuario que de pista, porque es un lugar donde hasta los no creyentes se vuelven apóstoles.

Monza no es un recinto deportivo sino una experiencia, una catarata de sensaciones, algo que te transforma de manera inevitable, se te mete dentro, y que de forma frecuente tiende a marcar un antes y un después en el alma de sus visitantes.

Los circuitos suelen estar en lugares inhóspitos, alejados de la civilización, molestan. Il Autodromo, que es como llaman los aborígenes al circuito, está como quien dice a la vuelta de la esquina... de una esquina concreta. Llegas desde el aeropuerto hasta una avenida de cuatro carriles que pasa por delante de la Villa Reale, ese émulo del palacio de Versalles que ordenó construir María Teresa I de Austria. Una suerte de palacete donde han organizado conciertos de Supertramp, Pink Floyd o Jamiroquai en el patio de caballos, así que imagínate el resto.

Como todo buen palacio, debe tener unos jardines, y la Villa Reale tiene uno grande, muy grande, precisamente está en el libro Guinness de los Récords por albergar el bosque vallado más grande del mundo; dentro hay un hipódromo, un campo de golf y una pista de carreras (que antaño fue más grande aún). Una vez que llegas al semáforo donde la avenida parece perderse hacia la derecha, hay una calleja estrecha y sombría, la vía A. Villa. A su izquierda hay una hilera de edificios de tres plantas, pisos vecinales, y a la derecha ves una tapia de color teja con evidentes señales del paso del tiempo, la pintura descascarillada por efecto de la humedad y manchas oscuras en sus esquinas dan fe de la dureza climatológica.

Cuando la calle parece terminar, giras hacia la derecha y atraviesas el muro registrado en el libro Guinness para penetrar en Il Parco por una altísima verja gris que bien podría haber sido instalada en el postmedievo. No ruedas con tu coche de alquiler más de 300 metros hasta que llegas a un portón enrejado que corre de izquierda a derecha. Allí los ojos azules del señor Galbiati te preguntan sin palabras, amable pero con gesto adusto y riguroso, que le muestres tu pase, el de todos los ocupantes del vehículo y el del propio coche. Hay que recogerlos en un edificio en Arcore, a unos 3 kilómetros del recinto. Si no los llevas tendrás que aparcar a un lado y esperar a que alguien te haga llegar un salvoconducto desde el interior. Una vez que pasas el “Filtro Galbiati”, llegas a una larga avenida arbolada. Al final y a la derecha, se abre una pequeña desviación que pasa por debajo de la recta principal. En ese túnel verás a los lados un par de luces amarillas tipo “camión de la basura”. Si llueve y empiezan a parpadear, saca rápido tu coche de allí o te ocurrirá lo que a Ralf Schumacher hace unos años: tuvieron que sacarlo poco menos que en una Zodiac, su coche quedó allí varado y con agua hasta las ventanillas. No hay alcantarillas por debajo de ese nivel.

Cuando has pasado el túnel, el paddock se abre hacia tu izquierda y llegas a un planeta distinto, algo que te suena pero no encaja con lo que has conocido hasta hoy. La luz es diferente, el aire tiene su propia densidad e incluso escuchas más de lo habitual; el sonido de tus pasos, la voz de la gente charlando, ruidos lejanos de motores suenan hasta distintos, y empiezas a grabar dentro de tu cabeza una banda sonora que no olvidarás jamás. Es la atmósfera más racing del mundo, no hay otra igual, desde el tipo que te pide amablemente una vez tu pase hasta Lorena, la señora que te atiende en la librería del circuito, todo te resulta familiar, cercano, dan ganas de quedarse allí más tiempo, lo empiezas a echar de menos cuando te das la vuelta.

La espalda del edificio de boxes es gris y azul, moderna, confeccionada con lamas de aluminio pero sin poder ocultar rasgos de lo vetusto del entorno. Si vas caminando hasta el fondo, y cerca de la gasolinera de Agip que hay en el paddock, de golpe, sin avisar, es como si te golpease en la cabeza el científico loco de “Regreso al futuro” y te llevase en su DeLorean al pasado... ¿Qué estás viendo? ¿Qué son esos garajes de puertas de madera pintadas mil veces a mano de color gris? ¿Por qué el suelo está adoquinado? ¿Por qué las farolas tienen un óxido casi medieval? ¿Por qué? ¿Cuál es el misterio? Acabas de llegar al inicio de todo, al principio, a los boxes del Monza del año 1922, que no eran paralelos a la pista, sino perpendiculares a ella. Te pellizcas el brazo. Te mojas los labios. Te frotas los ojos. Miras el reloj, buscas la fecha en el teléfono. Sí, es cierto, sigues viviendo en el siglo XXI, pero allí delante tienes la prueba viva de que ‘eso de las carreras’ era incluso anterior a tus abuelos. Monza está jalonado de detalles como éste, como postales con la historia de la velocidad congelados en el tiempo que resisten a escapar de su status de protagonistas a pesar de ser poco menos que inútiles en el siglo XXI, pero allí siguen, aguantando también los rigores invernales y el sofocante calor veraniego.

Acabas de llegar al inicio de todo, al principio, a los boxes del Monza del año 1922

Das diez pasos, caminas unos metros y te topas con un edificio que dibuja un semicírculo acristalado desde el que puedes ver una carrera mientras comes en el restaurante de lujo que se monta en cada Gran Premio. “Esto se hizo con dinero del Comité Olímpico y el ayuntamiento, por petición de Bernie”, me sopla al oído una responsable del circuito en una de esas comidas. Evidentemente de vez en cuando han de dar pasos hacia delante, pero se aferran al valor de lo pretérito en una mezcla de veneración, respeto y búsqueda de los porqués.

El trazado comenzó siendo un óvalo al más puro estilo americano, con enormes peraltes a los lados que hoy día tienen vetado el acceso a vehículos ante su peligrosidad. A pesar de las vallas y candados siempre puedes acceder con una moto pequeña o a pie; todos hacen lo mismo, intentan llegar a lo más alto y es casi imposible debido al ángulo ascendente que una vez fue una pista de carreras. Es obligado hacerse la foto, cuanto más alto, mejor. Para llegar a los peraltes o cualquiera de los accesos ‘a la zona de la pista’ tienes que atravesar la parte del bosque que está dentro del trazado. Si mirases desde arriba, pensarías que alguien tuvo que arrojar el trazado desde un avión, porque las largas rectas de Monza, con sus chicanes, atraviesan un bosque o... puede que sea el bosque el que atraviesa la pista. Si caminas por la parte más frondosa por caminos por los que no cabe un vehículo piensas que estás dentro de una escena de Jumanji y en cualquier momento te puedes tropezar con el espíritu de Von Trips listo para darte caza. La orografía de Il Autodromo es tan peculiar que dentro del óvalo puedes cruzarte con tíos haciendo footing, señoras paseando al perro o familias enteras en bicicleta, porque es que la parte interna es pública. Lo que no es público es el acceso a las inmediaciones del asfalto, donde asoman las vallas y sin tu pase o entrada, sólo escucharás pasar los coches y el eco atravesando la densa arboleda sin ver nada aunque los tengas a 15 metros. Con esto te explicas que haya gente que no va a las carreras a verlas, sino a oírlas. Es la solución del tieso, limitar sus sentidos para encontrarse con su pasión.

El circuito forma parte de la ciudad, es un ciudadano más, está grabado a fuego en el ADN de los ‘monzeses’ (pronúnciese ‘monchese’). Por eso fue un verdadero drama cuando dos vecinos llegaron a un juez con el certificado de un psicólogo que decía “los hijos de estos señores no aprueban en el colegio porque las carreras de coches los vuelven tarumbas”. Cuando el togado vio aquel papel dijo: “Pues no hay más carreras”, y el estupefacto pueblo de Monza no supo qué decir ante una de las fuentes de vitalidad del entorno. La decisión fue tan sencilla como sorprendente: los dirigentes de la pista, encabezadas por el Doctor Ferrari, nieto de Il Comendatore, crearon una pequeña comisión que compró sus pisos a las dos familias molestas con esta actividad, y les reubicaron en otra zona del municipio. Il Autodromo no se puede permitir tener moradores aledaños incomodados en esa medida, y más aún cuando el juez llegó a poner en peligro la viabilidad del recinto.

Otro gesto similar tuvieron para con los ecologistas que se les echaron encima cuando modificaron la llamada Prima Variante, la chicane del final de recta de meta. Antes del año 2000 tenía otro trazado, la curva se cogía hacia la izquierda y luego hacia la derecha; ahora es al revés, y para ello tuvieron que talar cincuenta árboles del bosque. Los propietarios, a cambio y para aplacar la furia verde de los medioambientalistas, plantó en otro lado del parque... ¡cinco mil árboles!

Entre la una y las dos ves el parking más extraño del mundo

Monza no tiene viales auxiliares. Bomberos y ambulancias han de usar el asfalto para socorrer a posibles heridos. Grúas y ambulancias son como en todo el resto del mundo, pero los coches de bomberos no. Los de la ACEA, que dicen ser los mejores del mundo, ‘pilotan’ Ferraris Testarrossa. “Son para llegar antes donde esté el fuego”, dicen. Todos estos vehículos llegan a sus puestos por la propia pista antes de que comiencen las pruebas; por ello les ves al acabar las sesiones hacer su propia carrera hasta llegar a la recta de meta a la hora de comer. Allí quedan estacionados, justo desde donde salen los coches en carrera, hasta que las sesiones se reanudan y vuelven a recorrer el tramo de pista necesario hasta llegar a sus lugares habituales de actividad. Entre la una y las dos ves el parking más extraño del mundo en plena parrilla de salida.

El día del Gran Premio de Italia es el equivalente local a los Sanfermines, las Fallas o la feria de tu pueblo; es la fiesta que todos esperan y para la que todos se preparan. En Italia se equipan con barbacoas y tiendas de campaña, porque la costumbre dicta que ‘hay que colarse’ y el plan es hacerlo la noche anterior. La idea es saltar la tapia, altísima en algunas zonas, y pasar la noche de juerga en el interior del recinto. Los Carabinieri se esfuerzan en el entorno de Il Parco, pero sencillamente no dan a basto. La seguridad interior se limita a controlar que los asistentes no hagan barrabasadas con las instalaciones y que no manguen las patas de las cámaras de televisión; las cámaras sí que se retiran porque saben que al día siguiente no aparecerán si las dejan instaladas. Si consigues realizar con éxito “El Salto de la Reja” al más puro estilo almonteño, te espera una buena juerga en uno de los lugares más increíbles del planeta, rodeado de una atmósfera absolutamente única y con un despertador que jamás habrás tenido cerca: varios F1 arrancando sus motores. En el año 2002 hicieron un cálculo estimativo que apuntaba a que de los 180.000 espectadores que vieron la carrera, unos 60.000 no pasaron por taquilla.

De cómo viven su Gran Premio los tifossi te puede dar fe Eddie Jordan. A finales de los 90, uno de sus pilotos se atizó a base de bien en la Seconda Variante, y su coche quedó varado al lado de la pista hasta el final de la prueba. Cuando los mecánicos del equipo fueron a recogerlo no quedaba casi nada de él, apenas el chasis. Volaron alerones, cables, volante, asiento, ruedas... y todo aquello que se pudiera desmontar sin herramientas complejas. Desde entonces hay orden de que las grúas eleven los coches que queden desperdigados por la pista por abandono en carrera y guardias de seguridad custodian y rodean las grúas, por si los choris en busca de un ‘souvenir’. El público invade la pista al acabar la carrera y arrambla con todo lo que pilla: señales, publicidad, lo que haya. Una vez pillaron a tres tíos desmontando un semáforo.

¿Recuerdas al Signore Galbiati, el portero? Su hijo Daniele nació en la casa de color beige que hay pegada a la entrada. Ejerce de garita de seguridad y de casa del guardés de la finca. Daniele nació en ese pequeño edificio, dentro del circuito. Hoy es el director deportivo de Il Autodromo. De niño jugaba entre coches: Fittipaldi, Hill, Regazzoni... Esos eran los tíos del pequeño Daniele. Ahora es el encargado de sacar los Safety Car en carrera, de agitar la bandera a cuadros. Y ahora dime que esto no es magia.

Todo en Monza es único, diferente, personal e intransferible. No hay otro lugar como ese. Esa especial manera de entender las carreras, sus necesidades, sus peculiaridades crean un aire sobrenatural que hacen de todo lo que ocurre allí una experiencia única y difícilmente descriptible para el que no la ha vivido. Sí, sin duda una vez que pisas Monza, te une a aquel sitio un hilo invisible que amarra el asfalto italiano con tu corazón.

PD 1: Una noche, durante una cena, casi consigo comprarle el circuito al Dr. Ferrari para traérmelo a mi ciudad. Los que estuvieron presentes me dicen que jamás había estado tan convincente y locuaz, un evidente efecto secundario del limonchello, que desapareció misteriosamente aquella noche. El Dr. Ferrari no aceptó la oferta, afortunadamente, porque Monza nunca sería igual.

PD 2: Este artículo se publicó en una web ya extinta el 6 de agosto de 2011. Vuelve a la vida tras varias peticiones de lectores. Desde entonces Papá Galbiati se jubilo, y Daniele regresó de la organización de la pista para ser uno de los responsables de las Blancpain Series. La vida sigue; la pasión queda.

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