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Virutas F1La granja de cerdos

Los sismógrafos de Silverstone registraron dos picos inusuales el sábado de su Gran Premio. Uno fue cuando Lewis marcó su pole position. El otro fue un rato más tarde cuando Inglaterra eliminó a Suecia en el mundial de fútbol. En aquel momento la venerable pista era la concentración futbolera británica más grande del mundo. Los herederos del inventor del balompié se sentaron a ver el partido donde se inventó la Fórmula 1.

Gracias a la enorme cantidad de pantallas gigantes distribuidas por toda la orografía del circuito, los más de 50.000 aficionados que decidieron quedarse en el circuito tras la Q3 pudieron ver como ganaba su selección nacional. Los bigotes de Chase se arquearon para apuntar a sus achinados ojos de satisfacción al observar cómo al revés que en la mayoría de circuitos del mundo se quedan en los alrededores.

Su plan le está empezando a salir, al menos de manera puntual. Cuando los motores quedan en silencio los fans se piran de manera habitual a menos que haya cosas que hacer, y para que esto ocurra necesitas espacio. Si añades que la legislación local permite la venta del alcohol dentro de recintos deportivos y que la gente pueda meter cosas tan dispares como bicicletas, sillas de playa o sombrillas, en Piedradeplata tienes el perfecto caldo de cultivo no para que el respetable vaya a ver las carreras, sino que vaya a echar un día en familia donde hay unos coches que corren.

Desde primera hora ves caras, aun soñolientas, de familias al completo que se acaban el contenido de sus teteras sentados en sillas plegables tal y como estuvieran en el salón de su casa. A su alrededor, los más pequeños corretean a pie o en sus bicicletas (sí, bicis dentro del circuito) y chicas en la adolescencia tumbadas boca abajo tomando el sol sobre toallas de playa. Llama la atención algo. Todos y cada uno de los asistentes, sin excepción, llevan alguna prenda relacionada con la F1. Puede ser una gorra, un polo, una cazadora, una camiseta, una mochila, o un lo-que-sea de cualquier equipo de carreras. ¿De cualquiera? Al contrario que en el resto del mundo en Silverstone casi cuesta trabajo topar con algo de Ferrari; los ingleses son ingleses para todo, incluso para buscar un buen enemigo.

La organización espacial de un gepé es como una diana de dardos, con círculos concéntricos y epicentro en algún lugar indefinido entre los boxes de Mercedes y Ferrari. Esa es la zona cero de la Fórmula 1 actual y todo irradia energía hacia fuera, como una explosión nuclear. Si en el primer círculo están situados carreteras y viales, el segundo es el de los accesos. En el tercero están las tiendas y zonas comerciales, el cuarto son las pelousse donde habitan los aficionados menos pudientes y en el quinto nivel de acceso de Silverstone empieza una miríada de servicios como restaurantes de comida más o menos rápida, las zonas de aparcamiento para limusinas y coches VIP, o el helipuerto con la actividad más intensa de toda Europa. Hace unos años registraron 4.000 operaciones de vuelo en el mismo, ya fuera por la llegada de pilotos, jefes de equipo, invitados de los de pasta gansa, o paseos promocionales. De manera permanente y al menos hasta que comenzó la carrera era difícil ver a menos de media docena de aeronaves zumbando por los alrededores.

En los comederos de servicio tiras de tarjeta para pagarte sin libras en el bolsillo un desayuno inglés como su majestad manda. Eliges zampártelo bajo el astro rey y compartes mesa de madera con un puñado de los 350 voluntarios que ayudan a la organización, todos de indudable origen británico. Cuando se piran, llegan unos militares que ocupan sus asientos. Charlas con ellos y al marcharte te tienden la mano. La aprietan como unas tenazas de cortar acero y rememoras a la madre que los trajo. Al acabar sus huevos con bacon se volverán al área asignada con una exposición de tanques, helicópteros y vehículos blindados en la que tienen una mesa de reclutamiento.

El paseo desde el desayuno, a espaldas de los boxes de la Fórmula 2 y hasta los de la F1, es largo, pero decides ir a pie a pesar de que haya autobuses, sólo para olisquear. Te cruzas con Jean Alesi, Aguri Suzuki y pasas por delante de un Benetton amarillo que pilotó Schumacher. Ahora es propiedad de una chica llamada Lorina y te preguntas cuál sería el trayecto para llegar a su garaje. Al desplazarte pasas al lado de la Fan Zone, que la noche antes parecía una zona de guerra. En el plan de Liberty de que la-gente-haga-cosas hay espacio para simuladores, pruebas de cambio de neumáticos, exposición de cochazos, test en Bataks, videoconsolas, puestos de comida con todas las variedades posibles incluidos ‘spanish churros’ que hay que mojar en Nutella y los garitos más populares de todos: el de champán Moet y el abrevadero de combinados propiedad de Johnnie Walker.

Bebían con los ojos de color Ferrari exactamente igual que en una rave presidida por el mismísimo Chimo Bayo

Los dipsómanos más enrojecidos bailaban la tarde de la pole como si no hubiera un mañana ante una DJ de pelo rosa trenzado como una artista jamaicana. Iba tatuada con todas las imágenes existentes en el Museo de El Prado a la vez y sólo parecía quedarle espacio libre bajo la lengua. Si Silverstone podría ser tildado de el Ministerio de la Velocidad, menuda verbena tenían montada los del Ministry of Sound en el escenario principal con aquellos tipos vestidos de robots. Todos bailaban y se agitaban como poseídos por el mal de San Vito, se abrazaban, fumaban y bebían con los ojos de color Ferrari exactamente igual que en una rave presidida por el mismísimo Chimo Bayo. Mientras, en mitad de todos aquellos bailongos, un chico de unos doce años cerraba la cremallera de una tienda de campaña del Decathlon en la que su padre dormía tranquilamente la mona ante aquel tanque sonoro capaz de derribar un muro de piedra. Para despertarle necesitarían dinamita.

Al llegar al penúltimo círculo, el del paddock, los organizadores han colocado un largo pasillo por donde entran los pilotos y personal de la F1 con pase hábil para acceder el epicentro de todo este follón. Más de doscientos metros de gente ataviada con colores de los equipos, carpetas, fotos, posters y bolis esperan que pase algún fulano con brillo que se pare a firmarles. Cada vez que llega un piloto el chillerío es casi capaz de ahogar el sonido de los motores de otra categoría que corre por la pista. Una vez pasado en control de seguridad penetras en las tripas de la F1, un barrio limpio y caro, con vecinos ilustres. Te vas cruzando con gente que sólo sueles ver por la tele. Cada personaje tiene algo que le define y, si lo detectas, le reconocerías aunque no le vieses la jeta. La gorrita azul de Joe Saward, las gafas de pasta de Diego Mejía, la contundente corpulencia de Dieter Rencken, la melena surfera de Juan Fossaroli, la ausencia capilar de Antonio Lobato o los andares de Steven Tee. El responsable de la agencia LAT nos cuenta que casi todas las fotos que hay colgadas dentro del edificio de boxes, ‘The Wing’, las hizo su padre. Entre los doce millones de imágenes que manejan en sus archivos están aquellas que inmortalizaron la primera carrera de F1. Sesenta y nueve años después sigue habiendo un Tee a pie de pista.

Marc Gené te invita a pasar al hospitality de Ferrari y en la mesa acabáis siendo cuatro. El piloto más longevo de la historia del cavallino, un amigo ingeniero y un tío pelirrojo muy simpático que vestido de paisano y sin distintivos percibes que ya no cumplirá los sesenta. Es amable y uno, que va de listo, sospecha que es el cuñado de alguien al que le han dado ‘un pase de colega’. Cuando se despide preguntas que quién era y escuchas “es el presidente de Shell Oil”. En ese momento te das cuenta de que es el amo del helicóptero más grande de todos los que has visto y que de haber aquí un cuñado, ese eres tu.

Al salir casi te atropella Freddie Vasseur, que corría por el paddock como los mozos de Sanfermín, saludas a David Coulthard y le felicitas por su último libro, charlas con Charlie Whiting, James Allen te da un abrazo, recibes dos besos a la italiana a modo de saludo de Matteo Bonciani, el capo di stampa de la FIA, y tropiezas con Iñaki Cano y Noemi de Miguel, encantadores los dos como es habitual. Con Albert Fábrega, que va como los marchadores olímpicos, sin correr pero caminando rápido, es un hola-y-adiós. Son las prisas del directo. Pedro de la Rosa está unos metros más allá, esperando impaciente porque tienen tarea. Llega Vettel rodeado de una nube de fotógrafos y tienes que apartarte so pena de quedar aplastado como un filete ruso. Checo Pérez te suelta un “¡chao, Viru!” sin apenas pararse, casi igual que Carlos Sainz, y es que el domingo es el peor día de todos para las relaciones públicas.

Entre la marabunta de impolutos uniformados de los equipos, los servicios del circuito, los VIPs (distinguibles porque no llevan puesto nada relacionado con las carreras) ves a un tipo trajeado, gafas oscuras, pinganillo y sospechoso bulto tras la chaqueta. El distintivo típico de los guardaespaldas de agencias gubernamentales, el pin de hoy, es fondo blanco y estrella verde de cinco puntas. Le preguntas que a quien le toca guardaespaldear y te dice un firme “no puedo decirte nada” y adivinas que en el circuito debe estar a punto de llegar ‘un royal’. De golpe casi escupes el contenido del botellín de agua que cogiste en la Red Bull Energy Station.

¡¡¡HOSTIA!!!!

¡¡LA HOSTIA!!

¡¡COOOOOOOÑO!!

¡¡UN FANTASMA!!

¡¡EL FANTASMA DE FANGIO SE TE ACABA DE APARECER DELANTE DE TUS NARICES Y CASI TE CAES DE CULO!!

Tus ojos se abren aún más cuando Fangio se dirige hacia donde estás. Viene a dar la mano a Marc Gené, que nos acompaña en el paseo por el paddock. Le estrecha la extremidad y te dice “mira, este es el hijo de Fangio”. El argentino tuvo varios fuera de los matrimonios que nunca tuvo. Desde hace poco este descendiente es de manera legal heredero del pentacampeón y es clavado a él, igualito, clónico. El misterio ya no es tanto misterio, pero la boca se me ha quedado reseca del impacto.

Llega la hora de la carrera y buscas un sitio donde verla y el mejor sitio es en la tele. En vivo te enteras de la mitad de la mitad. A ratos en la sala de prensa climatizada y a ratos en algún box ves ganar a Sebas Vettel. Los tres coches pertenecientes a los okupas del podio aparcan bajo él y el resto llegan lentamente hacia donde te encuentras y te topas con la cara B del final de la carrera. Corredores que se bajan parsimoniosamente de sus monoplazas, cariacontecidos algunos, alegres otros, pero con el amargor del que no olerá a champán esa tarde. En silencio, casi todos miran de reojo por las pantallas gigantes la ceremonia de entrega de trofeos. No prestan demasiada atención, no es su fiesta. Dos de ellos charlan aislados del resto con algo de tensión visible sobre un Encuentro en la Tercera Fase entre sus vehículos durante la prueba. Las cicatrices en la carrocería de uno de los coches habla de la dureza de la reyerta. Al final se acaban dando la mano. Mejor.

Al liquidar la fiesta todos recogen. Desaparecen los monoplazas de carreras y aparecen los monoplazas elevadores, los toritos, capaces de cargar toneladas de los chirimbolos que montan este sarao. Camino de la calle te topas con los pilotos de los Red Arrows, los que casi hicieron temblar los cristales a su paso ante de la carrera y sin duda los pilotos más rápidos del día. Todos con monos rojos, impolutos, estrenados esa mañana. Parecen sacados de una escena de Top Gun y buscas la jeta de Tom Cruise entre ellos. No está.

¿Ostras, habéis aterrizado aquí? Les preguntas escamado.

No, en el aeropuerto militar de no-sé-dónde.

¿Y habéis tardado mucho en llegar aquí para ver la carrera? Menudo jaleo de tráfico.

Unos veinte minutos en helicóptero. Y en ese momento se te queda cara de idiota, consciente de tus limitaciones.

Cae la tarde y pliegas velas en un autobús de dos pisos que compartes con cocineros, mecánicos de las escuderías, algún fotógrafo y una veinteañera que parece a punto de irse de viaje a Marbella. Va sentada trasteando en su iPhone, muy maquillada, shorts, leve camiseta de tirantes y unas de esas chanclas de ducha con pelo que se llevan ahora. Es incoherente: o va de modelo, o va a la playa. La trolley que lleva entre las piernas aporta indicios para descubrir el misterio. Es con casi toda seguridad una azafata y en la talega debe llevar el maquillaje, uniforme y los taconazos. Se quiere ir de allí ya. Los curritos y tu, también, hay cansancio distribuido entre todos.

Piensas en llegar a casa, y recuerdas los azulejos marrones de todos los aficionados que a cambio de sesenta libras quisieron estar de alguna manera en la pista. En la zona del trazado antiguo, en Bennets y bajo un puente, está el llamado Wall of Fame de Silverstone, una pared en la que nombres brillantes de la historia de la velocidad se entremezclan con la de visitantes de los que pagaron su entrada, gente de a pie, muchos de ellos ya desaparecidos. Allí está el recuerdo de los que nunca se quisieron marchar del circuito que una vez fue una granja de cerdos y hoy es un lugar único. La gente, esa gente, lo hizo único. Hicieron de un descampado un hogar en el que vivir para siempre.

Fotos: José Manuel Zapico

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