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    Capítulo 5The Italian job: Maranello, el planeta rojo

    Una de las claves del éxito del imperio romano fueron sus calzadas, precursoras de nuestras actuales y deficitarias autopistas de peaje. Si en aquella época todos los caminos conducían a Roma, la peregrinación obligatoria de todo amante de la velocidad del Siglo XXI sólo puede llevar a un sitio: Maranello.

    Italiano o no, aquel Fiat 500L era terrible. Con un motor diesel que necesitaba ayuda para subir de vueltas se tardan un poco más de dos horas desde Milán a través de la Autostrade de peaje. Durante el trayecto el Italo, el AVE italiano, te adelanta por la izquierda. A la derecha dejas atrás un par de Autogrill, cadena de comederos de urgencias viarios que pertenece a unos viejos conocidos, la familia Benetton. Ya no les comprarás jerseys, pero sus pizzas no están malas.

    Vas pillando las salidas que te marca el smartphone pero el invento a veces se lía. Entras en pánico en el laberinto provinciano y de golpe sonríes. Sonríes mucho. Sonríes con dos bocas al ver algo. Te acaba de pasar disparado un Maserati con pintura de camuflaje y te dices en silencio con voz ficticiamente grave “taxista, siga a ese coche”. Ibas medio perdido, y el probador del deportivo te muestra la dirección correcta. La selva de naves industriales hace adquirir a la zona el aspecto de un gigantesco polígono fabril infestado de camiones y te demuestra la capacidad de trabajo de los italianos. Admirable y envidiable al mismo tiempo.

    En el ingreso a Maranello te topas con una ciudad de bolsillo con aspecto de haber tenido un pasado asincrónico. Edificios de tres plantas construidos en los años 60 que pasaron sin más hasta llegado el Siglo XXI. Da la sensación de que por medio no pasó nada. No quedan vestigios de que existiera vida entre esas dos épocas. Al color del ladrillo visto, el beige claro, y colores pastel de origen terroso se une la explosión encarnada, y a veces amarilla, blanco o negra que ejerce de artificial contraste cromático.

    Los que bautizaron a Marte como “el planeta rojo” o no eran italianos o en su casa no tenían Discovery Channel. De haber conocido Maranello, un pequeño pueblecito de 17.000 habitantes de una provincia italiana, sabrían que Marte es naranja y que el rojo más profundo lo inventaron justo aquí. Pocas cosas en el universo están más asociadas al color rojo que un Ferrari. El rojo es el color de la pasión, de la energía, de la vida, y el espíritu que engloba todo ello ha contaminado como una marea encarnada al portal de Belén de los coches italianos.

    Placa indicativa en la que Ferrari está por encima del calcio...

    Maranello es la zona cero de la explosión Ferrari y eso tiene efectos secundarios en su población. La factoría de la marca que construye unos ocho mil coches al año ocupa casi la mitad del término municipal. La ciudad es entera roja. Rojas y no amarillas son las líneas que prohíben aparcar en las aceras, banderas con el cavallino asoman en pisos, bares, pizzerías y establecimientos. Mosaicos con el logotipo de la marca adornan jardines, carrocerías de deportivos en tamaño natural ejercen de estatuas ecuestres en parques, Ferraris en madera se exponen en los aparcamientos, institutos y clínicas públicas reciben el nombre del hacedor de los coches encarnados y graffitis de Enzo pueblan las esquinas.

    Efigie de Gilles Villeneuve en una de las entradas a Fiorano. Sin duda el piloto más recordado de todos.

    Sólo en Maranello las inmobiliarias exponen la puerta de un Ferrari al lado de fotos de sus apartamentos en venta. Las cabinas de teléfono son rojas, rojas son las máquinas expendedoras de tabaco, y rojos son hasta los semáforos. Como en las bodas, si nadie va de blanco para no ofender a la novia, en Maranello no hay ni un solo coche rojo color exclusivo para los Ferrari y algún autobús asociando a la marca. El 99% de los coches son blancos, grises, plateados colores anodinos para que el rojo de Ferrari sea aún más rojo.

    La firma ha cambiado el rumbo de la historia de una población condenada a ser ‘un pueblecito de provincias’ sin más, seguramente dedicado a la fabricación de azulejos y baldosas, monocultivo de la vecina Sassuolo. Ferrari es Maranello, y Maranello es Ferrari. Lo uno sin lo otro no se comprendería, de ahí que hasta haya cambiado la fisonomía de su urbanidad. De los poco alegres edificios de tres plantas con ropa tendida por la ventana se pasa, en la misma acera, a edificios que parecen sacados de las futuristas ciudades de Star Trek.

    La entrada al edificio externo al complejo, que parece de ciencia ficción comparado con los bloques de pisos de al lado, en los que cuelgan la ropa por la ventana.

    Plafones de aluminio mate, con lamas rojas, negras y blancas, adornan edificios que parecen extraterrestres y propios de siglos venideros. El andar pausado y silencioso de sus habitantes se rompe de vez en cuando al paso de algún Ferrari, seguramente alquilado por algún turista rico en una de las cuatro empresas que a partir de 80 euros y un par de firmas te permiten cumplir tu sueño.

    Si tienes más dinero, puedes ampliar la longitud de tus deseos y darte una vuelta de media hora por las montañas cercanas. ¿Tienes más dinero? Puedes seguir añadiendo caballos en el catálogo de deportivos rojos, todos descapotables, con posibilidad de comprarte fotos y vídeos de tu experiencia al final de tu electrizante experiencia. La policía municipal de Maranello odia esta actividad. Los usuarios crean problemas, meten ruido, entorpecen el tráfico, provocan accidentes y los tripulantes temporales de los ingenios encarnados se pasan las reglas de comportamiento vial por la entrepierna. Probablemente que los munipas conduzcan Skodas Roomster también tenga algo que ver en esta animadversión y escasez de empatía.

    Apatrullas la ciudad en el discapacitado Fiat y de golpe acaece la explosión de una supernova roja. Son las doce, hora de comer, y aunque pueden hacerlo dentro de la factoría centenares de curritos salen a jamar a la calle y respirar un poco de aire fresco. Con el utilitario acompañas a un grupo que avanza por una acera a paso ligero, tienen prisa. En la radio del coche suena, como pedido por encargo, Walk this way, de Run DMC. Este año los coches que diseñan esos que van a comer les gritan a los Mercedes lo mismo: “camina a mi ritmo”.

    Muchos van vestidos de rojo de arriba a abajo, igual que los mecánicos de la Scuderia. Otros usan una especie de mandil igualmente encarnado que les llega hasta las rodillas y está repleto de bolsillos. Todos ellos, uniformados o no, llevan colgado al cuello un lanyard azul o rojo, dependiendo de su grado de implicación en la estructura deportiva.

    “Bocciodromo”, suerte de juego mitad bolos, mitad petanca, donde es evidente que juegan los jubiles de Ferrari.

    Los de azul, contratistas, externos, trabajadores autónomos, generalmente ingenieros, pillados a lazo en las universidades. Su uniforme es casi siempre el mismo: ropa casual con vaqueros, y zapatillas deportivas. Camisas a cuadros, polos de manga larga, sin distintivos de la marca, solo la acreditación. Ningún veinteañero, y raro es el que pasa de los cuarenta. Se mueven en pequeños grupos, y hablan en tono bajo. Si el lanyard es rojo es que mandan. Estos tiran más de pantalones de pinzas, camisas lisas de manga larga, con frecuencia chaquetas americanas, zapatos con cordones y la edad media ronda los cincuenta tacos. A veces les acompañan invitados, VIPs, y gente con un pase de “amigo de la casa”. Gastan porte de disfrutar de una nómina mejor que ‘los de azul’.

    Hay un visible vaivén entre los distintos centros de trabajo, ya sea dentro del complejo industrial, o fuera, donde hay un enorme aparcamiento de varias plantas para los empleados o algunos edificios que ya no caben en el espacio amurallado. Agentes de seguridad con un distintivo en el que se puede ver su foto, nombre y las siglas FCA controlan todo. Amables pero tajantes en sus indicaciones hacen turnos de ocho horas y vigilan hasta el espacio aéreo veinticuatro horas al día. Por la noche hay luces en el edificio, el cavallino no duerme aunque muchos se piren a Modena a cenar o buscar la vidilla que en Maranello no hay. Una cosa es el trabajo, y otra la diversión.

    En la radio del Fiat suena Tu Vuo' Fa' L'Americano, de Renato Carossone remezclado por un DJ holandés. Es hora de comer, y aparcamos al lado de la autoescuela más cercana a la factoría de ferré. ¿Cómo se llama? ¡Pues como se va a llamar! “Fórmula 1”. No dan Superlicencias aquí, pero deberían.

    Fotos: José Manuel Zapico

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