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Virutas F124 horas más

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Parecen de mentira, pero son muy reales. En el circuito más pijo y estirado de toda la piel de toro, Ascari (Ronda, Málaga) hay sensores biométricos con huella dactilar en la entrada de los boxes, aunque hoy están desactivados. La medida de seguridad es la misma que hay en bases militares y centrales nucleares, y sin embargo ni aunque estuvieran funcionando podrían detener el inconfundible olor a carne a la plancha que emana de donde tendría que oler a embrague quemado: del interior de los garajes que custodian.

Y es que en la versión cañí de las míticas 24 Horas de Nürburgring hay bocatas de lomo, jamón cortado en el box con los mismos guantes de vinilo de tocar el motor, y en las mesas plegables se mezcla utillaje de última generación con paquetes de Conguitos y Kinders Bueno, latas de bebida energética, botes con líquidos de automoción, tablas de tiempos, el biberón ya frío de un bebé y la estampa de una virgen semanasantera. Así son las carreras de 24 horas en Españistán: confusas, variadas, y donde lo personal, lo familiar, lo humano y lo divino se entremezclan con un pegamento común: diversión.

Ninguno de los que participan lo harán en Le Mans, ninguno pilotará jamás un F1, no se llevarán a casa la copa Borg-Warner esa, ni verán en primera persona el escote de la Princesa de Mónaco, pero es muy posible que disfruten mucho más que haciendo todo eso en el mismo día. Son los quemaos más quemaos del automovilismo, tipos que venderían su sangre para poder correr, gente que varios fines de semana al año se olvidan de toda su vida, sus familias, sus obligaciones y se reúnen para competir, para correr, para burrear al tiempo en la disciplina más dura de todas las que se corren en asfalto, las 24 Horas. Y si para hacerle recortes al reloj se toman una vuelta completa de nuestro planeta, para llegar aquí esperan días, semanas o meses, y preparan con mimo sus mecánicas.

De forma reglamentaria han de tener dos décadas y media, salir casi directamente de un desguace, con gomas de serie, no ser diesel, ni turbo, ni superdeportivos, sino coches de calle sin más. Mucho Golf III y BMW E36, “eran modelos muy resistentes, muy duros. Suelen estar muy enteros, y hay piezas por todas partes”, comenta uno de los múltiples pilotos anónimos, sin historial, ni página en la Wikipedia que comparte con entre tres y siete pilotos más cada bólido.

También hay Saabs 900, un par de Astras, un MX-5, dos Celicas, un Jetta, un MR2, y el Nissan Sunny de unos amigos de Madrid que rompieron la luna delantera en los entrenos del viernes y no podrán tomar la salida en la carrera, “es un coche raro, y no hubo forma de dar con un cristal. Hazte cargo, un modelo con casi treinta años, aquí en Ronda, encuéntralo si tienes lo que hay que tener…”, se duele Dani Cuadrado, un probador de coches de larga trayectoria en el mundillo del pilotaje no profesional y que vive casi permanentemente subido en BMWs y Porsches. Es un tipo afortunado, sin duda, pero su suerte le abandonó este fin de semana.

Un Saab 900 preparado para participar en la prueba.

Cuando una formación elige un modelo tiende a comprar dos; corren con el que está en mejor estado, y el otro es canibalizado en busca de piezas de urgencia sin tener que irse demasiado lejos. Y desde lejos, muy lejos, con un solo coche fue de donde partió el que inició esto en España en su última versión, la más populachera, barata y participativa. Antes hubo otras, más potentes y disputadas, pero quizá sin el gracejo de la llamada Experiencia 24 Horas de Ascari, que se disputa desde 2016, con alguna salida a lugares como Portimao.

Ahora en manos de la empresa organizadora 8000 Vueltas esta historia fue iniciada por un propulsor llamado Ángel Nieto, pero no el de las motos, sino un fornido gallego de ojos vivos y aspecto de estudiante de medicina en su último curso. El tipo se bajó desde Orense con un BMW 318i al primer evento de este tipo, disputado en la pista de Guadix (Granada) en el mismo coche con el que competiría ese fin de semana. “Tenía más trampas que una película de chinos. Era con el que me movía normalmente por Galicia, pero era un verdadero puzzle. Los amortiguadores no eran los originales, ni el escape, ni la mitad del motor…”, afirma Ángel mientras pierde la mirada restolando en su memoria.

"El inicio no pudo ser peor porque perdió las llaves de su casa, y tuvimos que forzar la cerradura para poder entrar y recoger piezas"

“El día antes de los entrenos recogí a Noel, mi compañero de equipo, y tuve que esperarle en la puerta de la facultad, porque tenía un examen. El inicio no pudo ser peor porque perdió las llaves de su casa, y tuvimos que forzar la cerradura para poder entrar y recoger piezas, documentación, la maleta y otros cachivaches. Llegamos tardísimo al circuito, pero lo peor fue en Toledo. Paramos a cenar en un bar de carretera, y no encontrábamos ninguno, estaba todo muy oscuro, hasta que dimos con uno… justo en el que estaba cenando toda una compañía al completo de la Guardia Civil. ¡No había uno o dos, sino decenas de ellos! Éramos imposibles de hacernos invisibles de golpe, porque llegamos metiendo mucho ruido con el escape casi libre. Aquel coche, rotulado, con alguna pegatina y aspecto racing, pues tú verás. Uno se nos vino y nos preguntó:

—¿Y a dónde vais?

—Pues a Guadix, Granada, señor agente. —Respondió un Ángel con su gallego acento.

—¿Y a qué vais?

—Pues a correr una carrera.

—Es que a este coche parece que le faltan piezas. —Cuestionó mosqueado el picoleto.

—Bueno es que es un coche preparado para competir.

—¿Y cuál es el premio?

—El premio es una caja de Maritoñis. …Dejando caer media sonrisa.

—¿Y eso qué es?

—Pues es una caja de galletas, señor agente.

El benemérito, cariacontecido, inspeccionó la documentación de la ITV pasada y en orden, el seguro al día y los dejó marchar, aunque viendo el panorama casi que los dejó huir. Lo peor estaba aún por llegar. En plena carrera y pasada la medianoche el mensaje de Ángel a Noel fue sencillo y contundente: “se nos ha acabado el dinero, no podemos poner más gasolina”, y allí terminaron las 24 horas reconvertidas en apenas diez. El coche no es que no tuviera gasolina para correr; es que no tenía ni para volver a casa subidos en él.

Una Citröen C15, que destaca entre los participantes por no ser un vehículo en principio propicio para las carreras.

Noel es un gran tipo, pero su trayectoria como conductor da que pensar. Se sacó el carnet al sexto intento, a través de RACE, así que esta carrera tendría que haberla hecho con la “ele” pegada en la Luna trasera. Sus primeras prácticas fueron en competición (¿!). El RACE, de regalo con su licencia, le obsequió con un seguro que albergaba una cobertura especial de asistencia en viaje. Fue una grúa con plataforma la que retornó el coche a su punto de origen aduciendo “una avería” sin más explicaciones. El gruista no se quejó y su factura fue abonada por la compañía.

Paseas por el paddock de Ascari montado en su gran mayoría con carpas parecidas a las que se llevan ahora a la playa y que venden en el Decathlon por 199 leuros. Dos chicas patinan entre los coches de calle pertenecientes a los componentes de los equipos, y llega un Opel Astra con los colores de Gulf. Es el coche de Los Briattore (con dos tes) unos tíos divertidísimos de Écija, Jaén. Su trailer va pintado de Gulf también, como sus camisetas, y los colores de casi todo. “¿Pero os recibís algo de pasta por esto?”, preguntas. Y la respuesta es “es que nos gustan los colores, esa es la historia, no hay más”.

Uno es dentista, otro mecánico, hay un protésico dental y dos empresarios; uno tiene una compañía de lacados y otro de autobuses. Se parten de risa explicando ‘que como son aficionados cometen errores de aficionados, y por eso se traen la comida pero se les olvidan los platos’. Las risas aumentan de tono cuando explican que uno de sus mecánicos se marea con el olor de la gasolina. El inculpado del contrasentido, un mecánico alérgico a los octanos, aduce lo duro de la noche anterior para justificar su indisposición ante el aroma a hidrocarburo.

Caminas un poco más y te topas con los del equipo Correcaminos, de Madrid, que son una banda pintoresca. Uno de sus miembros es un fanático de los Volvo y tiene un almacén lleno de ellos en una cuantía que supera ampliamente las sesenta unidades de esta marca, “di la verdad, que son casi noventa”, se escucha desde el otro lado del acarpado box. Otro, un calvo fuerte y con tono de ser echao palante, posee una colección de vehículos militares y autobuses. “¿Autobuses, como que autobuses?”, preguntas esperando una respuesta al coleccionista de autobuses de línea. “¿Tú sabes lo que se vacila dando vueltas con un autobús por las calles de Madrid? (Risas). El problema no es tanto adquirirlos sino mantenerlos, por eso me dedico a alquilar mis vehículos a productoras de cine. Los que veas en Terminator 6, que la acaban de rodar, o Wonder Woman, son míos”.

Los boxes improvisados sirven de punto de encuentro para los participantes.

Estos aparecieron un año con un Mercedes 300 SL, y media hora antes de arrancar la carrera, el motor se les fue al carajo. Sábado, festivo, las dos menos veinte, y no pueden tomar la salida pero ahí comienzan su propia carrera porque ellos han venido a correr. “Oye, ¿a quien conocemos por aquí?”, y comienzan a salir teléfonos de desguaces cercanos. Todos llamando mientras la carrera arrancaba, y dieron con un tipo en Alhaurín de la Torre, a unos 45 minutos en coche, que tenía un motor como el que acababan de romper. “En realidad fue el único que nos cogió el teléfono, pero tú verás… mayo, mes de las comuniones, y estaba en una, trajeado. Nos dijo, id tirando, que ya llego yo y os abro”. Cuenta la leyenda que cuando aquel tipo, con traje de El Corte Inglés y aspecto de asistir a su propia boda llegó, los integrantes de la escudería ya habían saltado la valla, y estaban desmontando el motor de un SL despanzurrado.

“No pongas eso, que nosotros somos unos fanáticos de las carreras pero no somos unos chorizos, que esperamos en la puerta”, dice uno que afirma aquello riendo tirado en el suelo, que vestido de piloto descansa antes de que le toque su stint. “Nos trajimos el motor, tuvimos que limpiarlo porque encontramos caca de rata en la admisión, lo adaptamos porque era de un coche automático y el nuestro era manual, y antes de caer el sol estábamos corriendo”, afirman ufanos. “Peor fue al año siguiente. El mismo que rompió aquel motor se atizó con un R129-300 (casi todos los que hablan denominan a sus coches no por su nombre comercial sino por el código de fábrica. El R129-300 era un Mercedes 300 SL). Aquel SL quedó bastante tocado de chasis, con los brazos delanteros muy doblados. Con unas eslingas y la ayuda de una pick up de rescate del circuito por un lado, y un todoterreno de calle por otro, tiraron de los dos extremos y la acabaron abriendo. Soldaron, y a correr. Al final los rectores de la prueba les pararon los pies por la defunción de los grupos ópticos. El mismo piloto, al que parecía perseguir el presidente del Club Internacional de Gafes, volcó un BMW E36 al año siguiente. Este año ya no está presente.

"Con un pick up por un lado y un todoterreno por otro, tiraron de los dos extremos y la acabaron abriendo"

Sentados en sillas de camping, devorando un sandwich frío a deshoras y una lata de refresco —ni una de cerveza en todo el paddock—, Pedro cuenta su historia, porque todos tienen una. Su equipo tiene base en Granada y decidieron atacar la aventura con un Porsche 924, un poco celebrado modelo de la marca que no era sino un proyecto abandonado por Audi y que los de Stuttgart decidieron reconvertirlo en su coche de acceso… un Porsche barato. Compraron aquel cuatro cilindros en línea por 1.800 euros por estar bastante entero en un desguace, donde se hicieron con un 944 listo de papeles por 300 más. Injertaron el motor y diversas piezas clave del segundo en el primero y dieron vida a un coche que pasó la ITV sin problemas; de hecho con matrícula y seguro podía ir sin problemas por la calle.

Una vez aprobado el examen legal, le fueron extirpadas todas las partes no útiles como asientos, tapicería, aire acondicionado, salpicadero, embellecedores y lo usaron, con un baquet instalado, para ir a las carreras rodando como un turismo normal. En su primera cita, en el circuito de Braga, Portugal, programaron un trayecto de ocho horas evitando los costosos peajes. Ello les remitió a carreteras nacional, el cruce de mucho pueblo y el toparse con sorprendidas parejas de Guardias Civiles rurales que al oír el estruendo del 2.5 litros a escape libre despertaban de su tedioso letargo acostumbrado a ver pasar poco más que tractores. Fueron cuatro los pitstops recetados por la benemérita, uno de ellos con control de alcoholemia, y pudieron llegar a Braga sin más inconveniente que la pérdida de tiempo.

Los participantes esperan la salida en la parrilla.

Los papeles de la ITV sellados siete días antes certificaban que el coche estaba en orden desde el punto de vista de la legalidad, el seguro estaba en vigor, y un guía turístico de La Alhambra, un abogado, y el ingeniero diseñador del sistema de luces del aeropuerto de Ciudad real no parecían una amenaza inminente. “Es que el coche mete mucho ruido, le faltan piezas, el cinturón de seguridad es muy raro, y sólo tiene un asiento… el del conductor”. La respuesta era la lógica: “piloto, señor agente, piloto. Vamos a una carrera y corremos con este mismo coche”. Los de verde se rascaban la cabeza, asentían con los ojos muy abiertos sin saber qué decir, y ante el cartapacio de papeles perfectamente en orden sólo pudieron decir una palabra: “continúen”.

Lo peor llegó en Braga. Una muestra del diluvio universal atacó con fuerza durante horas el día de la prueba, el circuito era algo obsoleto y drenaba mal o muy mal, y los organizadores portugueses decían que la pista estaba pagada y que allí no paraba nadie. Con cuatro dedos de agua en los boxes, en cada cambio de piloto al coche se le hacían dos tipos de reparaciones: las propias de la carrera, y la menos habitual de sacarle todo el agua que llevaba dentro. Más que un coche parecía un submarino herido al que las bombas de achique no le funcionaban. Al final de la carrera el coche no estaba para volver, así que sin un remolque en el que cargarlo, matriculado y con seguro en vigor, recurrieron al consabido truco de “señor gruista-del-seguro, hemos tenido un accidente, lléveselo usted a casa”. Y así fue como retornó a Granada.

Pero para pintoresca, la historia de los tíos de la C-15. Según ellos, “fue un ‘no hay huevos’ de libro”. En esta decena de malagueños hay desde un fisio y hasta un parado de larga duración, pasando por un ingeniero, un podólogo, un pastelero o varios comerciales. La C-15 no costó nada. Cero. Fue regalada a cambio de un “lleváosla de aquí”, porque estaba abandonada en un cortijo de Cuevas de San Marcos, provincia de Málaga.

“El coche había servido para acarrear aceitunas, aperos del campo, leña”, cuenta Álvaro, uno de los que lideran el plan—. "Salían huesos de aceituna de todos los rincones de su mecánica. Tenía tanta mierda y tan pegada que tuvimos que usar una máquina de esas que disparan arena. La tenía la empresa de uno de los componentes del equipo y durante un fin de semana ‘desapareció’ de su lugar habitual de almacenamiento y la usamos para dejar pelado el coche, la tomamos prestada. Creo que lo aligeramos bastante sólo con eso. Luego llegó el preparar una furgoneta, un vehículo para el que no hay repuestos racing, para poder correr con ella. El reglamento permite ciertas modificaciones si proceden de coches de gran serie, así que buscamos dentro del grupo al que pertenece la marca. El motor era de un Peugeot 205 Rallye, las barras eran de un Citroen Visa, los frenos de un ZX, los latiguillos de un BX. Éramos un catálogo ambulante de Citroen. Las primeras pruebas las hicimos en el Circuito de Almería y aprendimos mucho de esta mecánica, solventamos problemas, pero no fue hasta la primera carrera en la que nos topamos con problemas serios. Quemamos cinco embragues aquel fin de semana por un problema derivado del aceite, es largo de explicar, pero uno del equipo dijo que había escuchado hablar de que los problemas de embrague se arreglan con Coca Cola. Así que en mitad de la carrera preparamos unos conductos desde el limpiaparabrisas. Cuando el embrague fallaba, le dábamos a la palanca del limpia, y echaba un chorro de Coca Cola al embrague. Con el calor cristalizaba el azucar, y agarraba. La C-15 debe tener 100 caballos, pero apenas pesa 850 kilos, es muy ligera, y hay otros participantes que pesan casi el doble. Compensamos la escasez de potencia con más ligereza, y hemos liderado las pruebas en muchas ocasiones. El muy divertida de llevar, como un Kart pero a lo bestia. Cuando en Citroen se enteraron de lo que íbamos a hacer, un directivo de vehículos industriales dijo ‘yo esto no me lo pierdo’, y ya es uno más del equipo, corre con nosotros”.

El Capó de la C15 sale volando en plena recta de meta.

Lo mejor y lo peor de las carreras de resistencia es que nunca sabes qué va a ocurrir. En Portimao hace un par de años la culata empezó a dar señales de avería, decidieron parar y esperar a los últimos giros para cruzar la meta, “porque aquí hemos venido a participar”. El problema es que al parar sólo lograron retrasar lo inevitable. El motor estalló en la recta principal del último giro y vieron caer la ajedrezada… bueno, al menos los miembros del equipo que no conducían, porque con el capó reventado y tapando el parabrisas el chófer de aquel bólido se volvió invidente de forma temporal. Habría que verle la cara al comisario de la bandera ante la veloz escena.

Mientras se disputan estas 24 Horas y justo a dos kilómetros de Ascari en el polígono de tiro de Las Navetas, varios pelotones de legionarios españoles y Marines norteamericanos entrenan con fuego real en preparación para salir hacia Mali en misiones de teórica paz. Entre disparos de fusil, lanzagranadas, ametralladoras pesadas y el ronroneo de los blindados RG-31, los soldados mascullan entre dientes un “¿pero esos tíos de los coches no se cansan nunca?”. Y no, no solo no se cansan sino que ya están maquinando para la próxima cita. Pero que los soldados no se descuiden, que esos blindados tienen ruedas y motor… Es mejor que no se dejen ninguno tirado por los alrededores.

Fotos: José Manuel Zapico

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