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Virutas F1Adiós, Reyes Magos

En la siguiente historia, revivimos la experiencia de un joven piloto en su estreno en los monoplazas.Pixabay

Maquetas inertes o dinámicas, de resorte, a pilas, de radio control, de pedales o eléctricos, a escala, de plástico, madera o metal… pero es raro el niño que no ha pedido alguna vez un coche a los Reyes Magos. Incluso ahora, que los hay virtuales, ya sea en forma de videojuego de bolsillo o de más complejos simuladores, siempre hay coches.

Siempre, a menos que sus mágicas majestades te lo nieguen antes de llegar. Porque aquel chico, aquel futuro Fernando Alonso, pidió uno y no fueron los venidos de oriente los que se lo quitaron para los restos sino su colisión contra la realidad.

Y es que con el Dakar en marcha, la triste imagen de pilotos cubiertos de polvo al lado de sus coches, motos o camiones son el retrato de la desolación, la tristeza, y la pena más absoluta para un deportista. El buggy de Rebellion pilotado por Romain Dumas duró exactamente 65 kilómetros tras ver la señal de salida en la primera etapa. Lo de menos es ver cómo el cadáver de su bólido subía al cielo de los automóviles convertido en humo sino que allí quedaba enterrada la aventura. Lo peor no fue eso. La sensación de ruina personal fue la vuelta a casa el primer día, derrotados, él, su copiloto y su escudería tras quedarse sin armas con las que pelear. Los seguros, los patrocinadores y algún esfuerzo propio siempre se harán cargo de las facturas pero el infierno se visita en ese momento en que se es consciente de que el barco se hunde. A pesar de lo que pueda parecer hay avernos peores, más tristes, menos violentos pero más profundos, y son esos en los que te das cuenta de que todo se acaba sin ni siquiera haber empezado.

La primera década del Siglo XXI, al menos su primera mitad, fue generosa con sus moradores. Varios elementos se conjuraron para fabricar un Alonso, un Alguersuari, un Sainz, Albert Costa, Dani Clos, Roberto Merhi, Javi Villa, Maria de Villota y muchos otros que llegaron o soñaron alcanzar el Bernieolimpo de la velocidad. En la piel de toro se encontraron dos categorías fundamentales donde brillar como el Campeonato de España de Fórmula 3 y el Open Nissan (más tarde World Series), una profusión de nuevos y excelentes circuitos, el brillo mediático del bicampeón asturiano que creaba una apasionada afición, y lo que lo empujaba todo hacia arriba: la burbuja inmobiliaria que hasta 2007 regaba de dinero el asfalto ibérico. Era fácil.

Tras escuchar aquel «toma, toma, toma» que pronunció ALO con el pecho henchido como el de un Miura encabritado muchos quisieron seguir su senda. Para seguir la vereda no era necesario echar mano de un indio Arapahoe, que eran como el GPS del viejo oeste americano. Subes al chiquillo a un Kart antes de los diez, que compita de forma internacional entre quince y dieciséis, para que empiece con los monoplazas con edad de sacarse el carnet. Esto no es un dogma pero sí una pauta recurrente que encarrilaron muchos.

«El chico no era malo. Quizá algo bajito y menudo para su edad»

El padre de la criatura tenía un bolsillo profundo y bien vitaminado, y si no, sus amigos empresarios siempre podrían echar un cable al grito de «y-lo-que-me-pagues-te-desgrava», así que los presupuestos no supusieron un problema grave. El chico no era malo. Quizá algo bajito y menudo para su edad, y esto le ayudaba al no tener que lastrar su minimonoplaza. Procedente del centro del país fue un habitual en cientos de sesiones en la pista cubierta de Carlos Sainz. Pisó el circuito de Ángel Burgueño, el de El Vendrell, Campillos, Santos de la Humosa, Cartaya, Kotarr, Zuera… Los fue conociendo todos gracias a una autocaravana a la que el padre hizo adaptar un ingenioso sistema para llevar el Kart italiano de un lado a otro. Un patrocinador externo a la familia, uno de verdad y no un amiguete, pagó un buen pellizco de una temporada casi completa en Italia, lo que cambió al chaval, aprendió como nunca, y se soltó con la lengua de Dante.

Una mañana ese patrocinador, el que soltó la manteca de la comedida pero correcta carrera internacional del muchacho les dijo:

—¿Sabes lo que pasa? Es que no sale por la tele. Si al menos estuviera en esos Fórmula 1 pequeños que ponen en Teledeporte mis pegatinas se verían más, y podríamos llevar a invitados a unas carreras más pintonas. No me importaría pagar un poco más si hacéis eso.

El empresario no sabía absolutamente nada de carreras pero sí de negocios, y es evidente que le echó interés, ganas. Así que el progenitor, director deportivo, psicólogo y administrador del púber decidió contactar con un equipo de la Fórmula 3 española, con idea de hacer probar a su retoño uno de aquellos coches ‘que parecían un Fórmula 1’. Emilio de Villota liquidó la Fórmula Master unos años antes, la Fórmula 4 aún no había llegado al país, y durante unos pocos años la escalera del monoplacismo estuvo averiada, así que un test en la F3 era la opción obvia en suelo patrio sin plantearse una toma de contacto en Francia o Alemania, “¿para qué, si nuestro patrocinador es español y no nos vamos a ir a correr por ahí?”, pensó el pater familias con cierta lógica.

Una fría mañana de febrero se plantaron en la pista albaceteña de La Torrecica, un destino que pasó por mejores épocas pero sigue siendo un gran trazado para monoplazas medianos. Nada más llegar se dieron cuenta de que aquello empezaba a tener aspecto justo de lo deseable. Camiones muy grandes, furgonetas de alquiler de los equipos, y scooters aparcados en la trasera de unos boxes que tenían coloridos plafones a modo de paredes. Todo aquello era como dar un salto cuántico. No había carpas, ni tenderetes de lona. Los equipos tenían boxes con un techo por encima de sus cabezas, sobre la que a su vez había una terraza para invitados. El sonido que emanaba de aquellos motores no era un zumbido sino el verdadero bramido que servía de tarjeta de presentación de una imponente caballería.

El chico vió aquel coche nada más entrar, era rojo. Y sí, mirado con un poco de cariño, aquello parecía un Fórmula 1. Sonrió. Sonrió mucho y en silencio. No salían palabras de su boca, solo un gesto de felicidad que adornaba de forma callada una cara de la que parecían querer huir unos ojos que no se creían lo que le estaba ocurriendo porque aquel día iba a pilotar su primer monoplaza.

Le hemos subido la pedalera. Fue lo primero que hicimos cuando nos dijiste lo que medía. Hicimos una pequeña prueba con un mecánico que tenemos que es muy bajito. —Dijo el director de equipo queriendo agradar a modo de presentación mientras estrechaba la mano del que pagaba la factura.

Tal era su ansiedad que le tuvieron que pedir que se sacase el abrigo con el que no encajaría en el cockpit

Todo pasó muy rápido. El chavea salió disparado a ponerse el mono tras un breve briefing informativo sobre el manejo básico del coche. Se subió al instante, vestido de calle. Tal era su ansiedad que con los pies una vez dentro y a punto de sentarse, le tuvieron que pedir que se sacase el abrigo con el que no encajaría en el cockpit; se moría de ganas de arrancar. Quince minutos después de enterarse de cómo funcionaba todo y desaparecer del box, reapareció vestido con un mono rojo y verde de Tony Kart, unas botas ignífugas Sparco nuevas y un reluciente casco personalizado.

—No está homologado, pero creo que sirve. —Dijo.

La respuesta fue afirmativa, acompañada de un sí pronunciado con la cabeza. Cuando se prueba fuera de temporada no hay federativos inspeccionando este tipo de cosas, así que cero problemas, todo rodado. Los mecánicos pusieron un setup básico y sin complicaciones para la toma de contacto con el Dallara. El motor de origen Toyota arrancó al segundo intento dentro del box, estaba algo frío. Los asistentes empujaron levemente el coche sin engranar marcha alguna hasta dejarlo en la puerta del garaje y llegó el momento.

Fuera, su padre se afanaba con el iPhone desde todos los ángulos posibles. No quería perderse ni un instante de aquel momento tan especial, podía ser el comienzo de algo verdaderamente grande. Al chico casi le temblaban las manos de emoción, y al jefe del equipo se le veía mover la boca pero no salía ningún sonido de ella. Estaba poco menos que rezando, y pidiendo a los dioses de la velocidad que le trajeran entero al coche… ah, sí, y al hijo de su cliente. El cuentavueltas inició una escalada hasta casi las 4.000 RPM tal y como le dijeron antes de subirse, y con el coche ya encarrilado hacia la zona de salida del pitlane a pista comenzó a moverse por sí mismo.

El comisario de salida, vestido de naranja de pies a cabeza, equipado con botas de trabajo y gorro de lana, estiró su brazo izquierdo apuntando hacia el final de recta de meta, como indicándole su destino y aquel futuro campeón del mundo enfiló su nave hacia la primera de las curvas de la pista. Justo al pasar a la altura del Mirage expuesto a la derecha, aceleró y fue cambiando marchas. Segunda, tercera… pero no quiso ir más allá. El coche se mantuvo sobre el asfalto avanzando a un ritmo contenido pero lento. Era la primera vez, el día del estreno, y había que reconocer el volante, el ángulo de giro, el recorrido de los pedales, el ruido, las vibraciones, la dureza de las suspensiones… Pasaban coches a su lado. Uno, otro, otro más tarde, y pasaban muy rápido. En realidad no pasaban rápido, era él, que iba muy despacio. Llegó la primera curva, y el régimen de giro del propulsor comenzó a caer de forma alarmante, así que tiró de la leva izquierda para bajar a una segunda marcha y subida de vueltas para volver a tercera al encarrilar la ondulada semirrecta que hay acto seguido.

Así transcurrió esa primera vuelta de contacto, casi a ralentí, y retorno a boxes para intercambiar las primeras sensaciones. Llegó un ‘el volante está demasiado lejos, los pedales están duros, el asiento me incomoda’, y el equipo tardó quince minutos en devolverle a pista. En el muro un ingeniero recibía por radio las quejas de uno de sus pilotos ‘porque había alguien en mitad de la pista que le había jodido la vuelta’. El paso por pista es caro, en tiempo, trabajo, esfuerzo y dinero, y a aquel tipo no le hizo demasiada gracia toparse una chicane móvil en mitad de su vuelta que le impidió mejorar un registro; aquel giro no le sirvió de nada justo cuando andaba probando un juego de ruedas nuevas. La vuelta siguiente sí le serviría, pero en estas categorías no sobra nada y si te topas con alguien es para que sea un alguien que rueda a ritmos respetables y no aquello.

Nuestro pequeño héroe volvió a pista algo más cómodo, con el volante adaptado a sus cortos brazos, el coche iba algo mejor, pero su ritmo volvió a ser el igual, parsimonioso y propio de una inocente toma de contacto. Dos giros en esta ocasión a una velocidad ligeramente superior, pero en su primera cita con un monoplaza era demasiada información que procesar. Los retrovisores, el sonido, el cuentavueltas, las marchas… muchas tareas nuevas que asumir. Parada en talleres, y se pudieron vislumbrar unas muy tímidas sonrisas, más de compromiso que de verdadera satisfacción. Algo muy distinto ocurría tres boxes más cerca de la zona de pódium.

«Se pudieron vislumbrar unas muy tímidas sonrisas, más de compromiso que de verdadera satisfacción»

En pista hay un tipo que me ha molestado no una sino dos veces. —Exclamó airado en esta ocasión un segundo participante en aquellos test. Nadie dijo nada fuera del ámbito de su equipo pero se asomaron al pitlane para ver quién era el responsable de la gotera. Cabezas bajas, labios apretados y ceños fruncidos.

Tercera salida, y el chico aún no dominaba su máquina; era su máquina la que le dominaba a él; era pasajero y no piloto. Nueva incursión sobre el frío asfalto manchego, el motor ronroneando a bajas vueltas, algún tirón al cambiar de marchas y al pasar por la recta de meta, uno de los molestos pilotos con los que compartía sesión aquella fría mañana quiso dar un aviso al chaval. Sin claxon, sin luces con ráfagas, el “saludo” fue pasar a toda la velocidad propia del final de recta de meta a un escaso palmo de distancia del aquel coche rojo por el interior del trazado, una curva de derechas. De forma instintiva el novato dio un volantazo a su izquierda, aterrado, y metió su Dallara en el césped exterior de la curva.

El enojado kamikaze protestó con un fulgurante adelantamiento con el que dejar atrás aquel molesto bulto sospechoso que se movía, a su entender, a velocidades propias del parking de un Mercadona. La víctima de aquella pasada, víctima de un pánico aparecido de forma repentina, no supo ni encontrar el freno y siguió con medio coche por el asfalto y el otro medio por el escaso metro de hierba que le separaba de la puzolana. El susto fue morrocotudo, más que por la velocidad por la inesperada aparición de aquel colorido obús, con aquel ruido, y no pudo contener las lágrimas dentro de su casco. Con poco más de quince años aquello le desbordó, y estaba fuera de todas las previsiones que esperaba aquel día, el de su estreno. Los ojos acuosos casi le impidieron llegar a su destino, el pitlane, no sin volver a ver como el piloto que le dio aquel susto volviera a dejarle atrás en otra pasada, esta vez menos agresiva, aunque repleta de desprecio ante su escaso ritmo.

El chaval casi no veía al llegar al box y hasta se lo pasó un par de metros. Por fortuna no estaba ocupado por nadie y no supuso un problema. Se bajó del coche como impulsado por un muelle tras librarse de los arneses. Se fue al interior del box, agobiado y entre sollozos. Nadie comprendía nada, y no podían verle la cara tras el casco. El chiquillo casi se escondió en la parte trasera, donde la escudería apilaba neumáticos, extintores, y disponía de un par de sillas. El padre apareció y le preguntó, no sin antes decir con voz firme, «no os acerquéis ahora», temiendo una escena poco favorecedora y queriendo proteger a su heredero.

El discurso fue breve pero intenso. El imberbe respiraba mal, temblaba, y se explicó entre sollozos y resoplidos con un tono sombrío:

—Papá, nunca he pasado más miedo en mi vida, No quiero volver aquí, no quiero esto.

Tras una larga charla sin nadie más delante, el padre reapareció en el box solo, abonó lo pactado por la jornada completa sin decir una sola palabra, y el manager del equipo no pidió más explicaciones. Aquel chico jamás volvió a pisar un circuito de carreras. Nunca.

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