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    Virutas F1Ni parrilla invertida, ni pódium invertido

    El premio es para el que se lo trabaja, y la deriva que está adquiriendo la Fórmula 1 en un par de apartados parece ir en contra de premiar al bueno, y dar alas al que no se lo gana, sino a otros. Todo mal, porque sería una nueva forma de humillar al que le dedicó su esfuerzo, trabajo, se arriesgó o invirtió. Hoy toca repartir a dos manos.

    Charles Leclerc ofrece el trofeo de ganador en Spa a la memoria de Anthoine Hubert.

    Una de las últimas ocurrencias de algún avispado F1lósofo es la de reinventar las carreras para mejorar un espectáculo puesto en entredicho de un tiempo a esta parte. Las carreras tienen una fisonomía muy concreta, moldeada por la tecnología, la reglamentación y la Tercera Ley de Newton, y modificar esto es tarea compleja. En esencia las carreras de Fórmula 1 han cambiado muy poco desde 1950. Llegaron los repostajes, los cambios de neumáticos, o los Safety Cars, pero el ADN de esta categoría está definido por esa retahíla de coches que arrean desde que la luz roja se apaga como si los persiguiera el diablo con la idea única de llegar a meta los primeros.

    Cada año hay unas cuantas carreras excitantes, otras pocas que parecen un desfile de cojos, y la mayoría que suelen ser carreras que están bien pero no son de las que hacen afición. Siempre ha sido así, y en algunos años con más fortuna que otros. El fondo del problema ocurrió fuera de las pistas. Llegó Internet, lo digital, la instantaneidad a nuestras vidas, la inmediatez que hace de medios como la televisión o la radio sistemas de comunicación casi lentos. Lo que antes nos parecía excitante, hoy y en especial a las nuevas generaciones, les resulta soporífero. Ya nadie quiere esperar a la semana que viene para ver el siguiente capítulo de “Malaka” o “Better call Saul”, sino que se compra un saco de palomitas, un cargamento de cerveza y se traga la temporada completa en una tarde. O peor aún: las pone a 1.5X en velocidad de reproducción para verlas más rápido.

    Para pelear contra la epidemia de tedio y dar impulso a un deporte analógico alguien ha propuesto salsear la actividad en pista con una minicarrera de sábado (esta idea ya la expuso Flavio Briatore hace más de una década) pero con una guinda en lo alto: que el resultado de la prueba sabatina fuese lo que configurase la parrilla en la cita dominical. Esto a priori mejoraría la experiencia del público asistente, las televisiones tendrían más contenido excitante y los equipos parecen aceptar la idea de buen grado. De ser así a secas, todo bien, es un buen experimento en el que hay poco que perder y algo que ganar. El problema es que algunos proponen la inversión de la parrilla, con los mejores saliendo desde atrás. Veríamos a los coches más lentos partir con ventaja, y a los más rápidos de todos, maldecir a su estampa por ser tan buenos.

    Esta propuesta tiene de deportivo lo que una pelea de navajeros contra la División Brunete, la que maneja los tanques Leopard del Ejército de Tierra. Tan injusto es castigar al que se lo gana, como premiar al más lento. Esta fórmula arroja muchas dudas, tantas como que en la Fórmula 2, categoría en la que la prueba del sábado remite al ganador a la octava plaza, y líder de parrilla al que acaba tras el séptimo, había cierto piloto que se las componía para liquidar sus actuaciones siempre en P8 los sábados. Ganó muchos domingos gracias a su excelente ritmo en carrera pero también se adjudicó el mote de Octavio Campeón debido a que esas eran las únicas visitas que realizaba al pódium.

    Liberty Media quiere mezclar las parrillas para ofrecer más espectáculo.

    La Fórmula 1 es algo muy serio, con un complejo entramado de intereses y si muchos participan o quieren hacerlo, es por la claridad del negocio: llegas primero, eres el más rápido, y ganas. Ganas trofeos, gloria, dinero y creces. Lo que pocos o muy pocos van a querer gastarse cientos de millones de euros anuales en desarrollar unos coches carísimos para que las reglas los facturen al fondo de la parrilla y que acaben la prueba en sexta posición (por ejemplo) Las victorias son para el que se las trabaja, el que invierte, el espabilao, el ingenioso, y no para el que como Octavio, gestionó y se hizo el gato para cortamanguearle a lo deportivo. Si quieren hacer una prueba de exhibición, sin premios, a modo de experimento, nos lo pasaremos bien. Pero podría ocurrir que ganase la prueba un coche dos segundos más lento que los mejores, y que estos, con el triple de presupuesto y multicampeones del mundo a bordo, quedasen condenados a acabar como Octavio. ¿Dónde está la gracia? En donde las avispas, te dirán desde Brackley, Milton-Keynes o Maranello.

    Es justo en la localidad italiana donde reside el perfecto ejemplo de la segunda hostia de hoy, y con la mano abierta. Liberty Media, la Fórmula 1, los equipos, y ‘el circo’ en general es un negocio. El dinero llama al dinero, y razonable resulta que los que lo aportan obtengan un beneficio de sus generosos óbolos, pero tampoco se les pueden tirar la alfombra roja hasta el punto de que les caiga encima a los que se la juegan. Los gerentes de esto de la F1 quieren premiar a los pastaponedores, Y MUCHAS GRACIAS, pero no pueden acabar tiznándolo todo de todo con su disfraz corporativo.

    "Los patronos del Museo del Louvre no le ponen un sostén de Playtex a la Venus de Milo para taparle las domingas porque los lenceros pusieron su pasta"

    Si la McLaren de Ron Dennis sometía a sus pegatinables a poner sus logos pintados de negro sin más, la F1 tampoco puede ni debe arrodillarse ante el ímpetu marketiniano. El que patrocina ha de recaudar su porción de tarta mediática y para eso pone parches en los pilotos, adhesivos en los coches, sale en las webs de las escuderías, en sus comunicados oficiales por email o impresos, tiene acceso a usar su imagen, a poner letreros por la pista, patrocinar los gepés, montar espectáculos callejeros y hasta instalar un bar de birras de gratis como hace Heineken. A todos ellos, gracias por venir, pero el cuerpo incorpóreo de la F1 es como la Venus de Milo: los patronos del Museo del Louvre no le ponen un sostén de Playtex para taparle las domingas porque los lenceros pusieron su pasta. Pues en el pódium debería pasar lo mismo, y no ocurre, que mis pilotos son sagrados menos para el que apoquina.

    La muestra del error se vislumbra en la sala de trofeos del museo rojo de Maranello. Los cerca de ciento cincuenta recuerdos que alberga es un muestrario de mayor o menor gusto de copas, soperas, salseras y palanganas de todo tipo y material, y que cumplen la reglamentación de la FIA alusiva a la ceremonia del pódium. De acuerdo con el Apartado 4 del Apéndice tercero en sus Regulaciones Deportivas el trofeo del ganador ha de ser ‘tipo copa’, de no menos de 50 cms, un máximo de 65 y que no pese más de cinco kilos. En la ondulante repisa que aloja la colección de galardones más rutilantes de la velocidad planetaria refulgen, y no por buenas razones, varios botines de más que dudosa funcionalidad consistentes en meros logotipos de marcas comerciales. El trofeo al ganador no fue un homenaje, sino una muestra de tu poderío económico y comercial; es como irse de viaje, y en lugar de una caja de bombones le traes a tu mujer una caja de tuercas muestra de la empresa para la que trabajas. Ibas a quedar como La Tota, y a juicio del experto en protocolo así quedaron aquellos que condenaron a ser una mera peana de su marca a los que se la jugaron, a los mejores, a los que tuvieron el arte de superar al resto. Los pilotos subieron al pódium porque se lo ganaron; las marcas, por encima de la cabeza de éstos, porque se lo compraron.

    El pódium, el cajón, la madera es el único momento de verdadero honor para los que aguantaron en pista, los que pusieron en riesgo su organismo y los que lucharon, y la ceremonia debe estar apuntando hacia ellos. Son los diez-doce minutos únicos en todo el fin de semana en que se les rinde homenaje, se les otorga el reconocimiento, y se premia de manera pública su trabajo. Es por todo ello el último momento en el que los que pagaron por estar allí les roben su protagonismo. En la F1 no existe el momento, desde antes incluso de llegar a la pista, en que los sponsors no estén representados en imágenes fijas o en movimiento, así que si se pierden esos diez minutos, que se ganaron otros, no será un drama y se homenajeará al que es debido.

    Ver a Charles Leclerc sujetar en alto el logotipo de una bebida espirituosa en la primera victoria de su vida es signo de decadencia, de mal gusto y de falta de respeto, porque el pódium es para el que se lo gana y no para el que lo adquiere. En la siguiente cita, y protagonizado por el mismo, encontraron la alternativa. En esa joya de pódium de Monza diseñado por Stefano Tremolada, el geómetra del Autodromo, pusieron luces, reflectores, y hasta pantallas justo bajo los pies de los homenajeados. Hasta Heineken tuvo el buen gusto de ofrecer un trofeo en forma de copa con el borde superior con forma de la estrella que les representa, de forma discreta, pero presente.

    Cuando los miles de tifossi gritaron esa especie de grito hipohuracanado tras el triunfo de ‘su’ piloto no se vio a Heineken aunque estaba. Sin ser perfecto, fue mucho mejor que lo visto días antes en Bélgica. El piloto, el que gana tras una carrera, es sagrado y ponerle algo por encima que no sea directamente ad maiorem gloriam no es de recibo. Todo lo que no sea eso es humillar su figura.

    Así que ni parrilla invertida, ni pódium invertido. Que no, malajes, que así no es.