Virutas F1 Arguiñano on Track

No te engañes, lo de los coches es una mera justificación, porque las reglas del enviado especial a unos tests o un Gran Premio de Fórmula 1 son dos: disfrutar de los amigos, y sobre todo, comer bien. Para lo primero es fundamental tenerlos, vivirlos, y haber compartido tiempo con ellos. Para lo segundo es necesario reservar en Pirelli, ese es EL sitio.

Fabrizio Tanfani es el chef de Pirelli, el de más prestigio en el paddock de la Fórmula 1.

Donde haya japoneses es habitual encontrar sushi, y pocas veces se han vuelto a ver aquellas fastuosas bandejas de makis que ponían en Super Aguri. Si hay italianos siempre hay pasta, y la que echan de comer en el hospitality de Ferrari es de orden mayor y vas a encontrarla en muy pocos sitios. En los equipos netamente ingleses el alpiste no es malo, pero las bandejas con la consabida ensalada, la carne y el puré que de forma crónica te vas encontrando te acaban sabiendo un poco a lo mismo. Por todo ello toparte la florida variedad del proveedor de neumáticos de la élite de la velocidad es como entrar en los jardines de Versalles tras dejar atrás un campo de pasto para las vacas.

Aunque el nombre de Fabrizio Tanfani delate su origen italiano, el encargado de dar color al comedero-de-goma fue sacado a rastras del Stejarii Pool Club, un restaurante fetén de Bucarest, tan fetén como que cobró 400 leuros por mandíbula en la cena del último día de los enamorados, una leña que da la medida del precio de la hipotética factura. Fabrizio es un cocinero que se hizo a sí mismo tras pasar por barman, recogevasos, o hasta portero de clubes. Ahora, tras un cuarto de siglo entre fogones, tipos como el actor Matt Leblanc le reclaman para que se haga cargo del menú en alguno de sus eventos benéficos en Los Ángeles. El protagonista de la serie Friends pasó por el hospitality de Pirelli en el circuito de Austin, y cuando probó los platos de Tanfani sólo dijo dos cosas: “¡coño!”, y “tú te vienes conmigo”. Y eso fue lo que pasó.

Es tradicional que los cocineros de las escuderías se lleven todo el material desde la sede de los equipos; cuando viajas por todo el mundo nunca sabes qué te vas a encontrar al otro lado del planeta y los encargados de las cocinas se llevan hasta el agua. En Pirelli hacen justo lo contrario: no se llevan casi nada, y lo van comprando todo en destino y eso es lo que los hace distintos. El equipo de Fabrizio suele llegar a los circuitos el lunes de cada Gran Premio y hacen acopio de víveres. “La clave es buscar los mejores productos. En Australia, por ejemplo, acudimos a tres mercados distintos: uno para la carne, otro para el pescado y otro para los vegetales y la fruta. Tenemos un pequeño mapa global donde hemos ido encontrando los mejores proveedores. Por eso en cada carrera tenemos un menú distinto. En España por ejemplo jugamos con el jamón o el rape, que es único y muy bueno, en Japón metemos mucho pescado, en Estados Unidos la carne es excelente, o en Italia la pasta siempre es obligatoria”.

Para comer en el hospitality de Pirelli hay que reservar con antelación.

En Pirelli han de dar de comer a todo el equipo directivo y técnicos desplazados a cada circuito, pero siempre queda espacio para que se cuele algún invitado y aquí está tu momento, mi querido gorrón profesional, pero has de reservar o te quedarás con más hambre que el perro de un ciego. No hay una gran diferencia entre el FabriTeam y una escudería de carreras.

Los ocho componentes de su Equipo A viven cada cual donde Dios les dio a entender y se reúnen en algún punto estratégico de Europa desde el que arrancan el viaje de forma conjunta. Se mueven y cocinan vestidos exactamente igual que el personal que cambia los neumáticos —con colorista ropa mimetizados de Pirellimen—. Dos viven en España, hay italianos, neozelandeses, franceses… Fabiano siempre se hace cargo de la pasta, Orso de los postres, o Jeff del buffet opcional que se ofrece de forma paralela a los platos personalizados que piden los comensales.

Los ocho hombres de goma llegan a destino el lunes, llenan los entre cinco y seis carros de comida el primer día, y preparan el alpiste para los curritos de la firma. En carreras europeas siempre se juntan unos ochenta para comer, que suelen ser algunos menos para cenar. Fuera del viejo continente esa cifra cae, y en lugares puntuales como Monza, o Mónaco, sube a más de ciento diez y o reservas con mucha antelación o no habrá tu tía. Aunque hay gente desde primera hora para los desayunos y liquidan en el circuito sobre las once de la noche, toda su tarea arranca cinco horas antes del primer servicio.

Con frecuencia han de salir a hacer compras de ingredientes de última hora como por ejemplo el pan, que ni lo llevan ni lo descongelan, sino que lo trincan a diario. A diario iba Michael Douglas cada vez que asomaba por el paddock allí a comer, y aunque disfrutaba de los platos de Tanfani, dicen que siempre preguntaba lo mismo “¿…pero habéis traído jamón…?”.

La alta cocina de Pirelli llama la atención entre los habitantes del paddock.

Ahora bien, si quieres ser un Tanfani doméstico y quieres sentir el calor hogareño al mismo tiempo que tu pasión por la Fórmula 1 te devora, hay unos locos maravillosos en Málaga que te ofrecen una opción: no que vayas a la cocina de la Fórmula 1 sino llevarte la F1 a tu cocina. Y es que el mundo se ha dado la vuelta. Si antes las niñas jugaban a las cocinitas y los niños con coches, ahora las mujeres quieren pilotar monoplazas de Fórmula 1 y los tíos hechos y derechos... quieren cocinar.

Y es que si esos tiarrones jugaron de niños con coches hoy sólo querrían cocinar en las creaciones de PVK. De un acrónimo de Power Version Kitchen no podían salir cocinas normales, y eso fue lo que le dijeron al granadino José Rojas cuando presentó su idea en la oficina de patentes. “Eso de meter un motor de coche dentro de una cocina es una creación, así que regístralo antes de que alguien te pise la idea”, escuchó del encargado, y eso fue lo que hizo.

Rojas es un loco del motor y soñaba con ver pistones, cilindros, válvulas y ventiladores en su cocina, así que se puso manos a la obra. Construyó un mecanismo que emulaba un propulsor, con árbol de levas, refrigeración y luces, que encajó dentro de su cocina. Llevó a pintar de rojo las puertas, a las que recetó siete capas para que brillasen como un Fórmula 1 a punto de arrancar una carrera, y colocó asideros, derivas, y alerones a sus piezas móviles como si se tratase de un modelo recién salido del horno de Maranello.

Un buen día el granadino tropezó con el malagueño Álvaro Ramírez, que maneja una pequeña empresa de ingeniería y telecomunicaciones. Álvaro, otro friki de las carreras, añadió a la idea de la cocina el toque técnico. Ingeniero de formación, comprendió que a la fibra de carbono del mobiliario habría que añadir materiales ignífugos, sistemas de alimentación, cableado para el conexionado on-line, servomotores para abrir y cerrar las puertas o mecanismos complejos propios del automovilismo para mecanizarlo todo como si fuera un coche de verdad. Afortunadamente a la calenturienta cabeza de ambos la sujeta Reme Gómez, la mujer del malagueño y la que aporta el toque de cordura a las exuberantes ideas de estos dos porque si no el delirio podría llevarles a que la cocina en cuestión saliese disparada por la ventana.

Existe un cálculo por ahí que apunta a que Liberty Media apoquina anualmente algo más de siete millones de euros en registros y patentes, pero lo de los muebles de diseño no entra dentro de su negociado, así que PVK consiguió para al menos Europa, la denominación de 'Cocina Fórmula 1' y así es como la quieren comercializar. Unos italianos les quisieron comprar la patente pero prefirieron liarse la manta a la cabeza y arrear, a ver a dónde les va a llevar esto.

El plan consiste en crear cocinas hechas a medida a razón de no menos de dos al mes, pero muy pulidas y con detalles de altísima calidad. Quieren poco pero bueno, y para ello el uso de materiales especializados, fibra de carbono, domótica, conexión a Internet o incluso un generador de energía para que la cocina sea independiente de la red eléctrica. Los primeros diseños poseen detalles como reflectantes como en los coches de calle, puertas automatizadas sin tirador o amortiguadores electrónicos, pedales iguales a los de un monoplaza para que los grifos echen agua caliente o fría, entradas de aire con branquias, sensores de movimiento, pulsadores táctiles y siempre partiendo de la base de que serían diseños exclusivos y únicos, no sólo en el aspecto sino lo más alejado posible de crearlas en serie para asaltar el sector del lujo.

Uno de sus primeros clientes es el concesionario Hermanos Piña de Granada, que les ha pedido una barra de bar para su establecimiento principal con el aspecto, colores, y líneas de un Ford Mustang. No acaba ahí la cosa sino que empieza, porque alguna marca de motos ya les ha contactado para hacerles algo similar, y les han planteado lo propio con líneas aeronáuticas y hasta una tienda de merchandising quieren un mostrador y expositores mimetizado de Star Wars.

El grado de detalle y la imaginación de estos tíos es tan delirante que hasta el rodapiés que protege los bajos de su cocina prototipo es una frenada de un neumático, el motor encastrado en el centro de la misma abre y cierra sus válvulas, o los controles de temperatura atienden a relojes como los de un coche de carreras de verdad, con clásica aguja negra sobre fondo blanco. Debido a la miniaturización de muchos elementos, muchas de las piezas salen del mundo del modelismo, y de ahí que mantenimiento y reparaciones estén integrados en el servicio posventa, así que hasta eso será como cuando te pillas un carraco de verdad en un concesionario. Mientras eso llega, Reme, José y Álvaro apagan las luces de su local, encienden el prototipo de cocina, y pasan horas hipnotizados con el clac-clac-clac de las válvulas y el juego de luces y sombras que proyecta el ingenio. No es de extrañar; llegas y lo primero que ves es que en los asientos de su consultoría se lee Recaro. Lógico.

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