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    El abrazo del campeón

    Fernando Alonso, en el podio del Gran Premio de Europa de 2012, un día muy especial.

    Dicen de los buenos periodistas que valen más por lo que callan que por lo que cuentan. Adrián Campos nunca ejerció de periodista, pero guardó silencio en muchas cosas que jamás vieron la luz pública. Una es que hubo un momento en que pudo, estuvo muy cerca, de ser director de la escudería Ferrari de Fórmula 1.

    Nunca lo contó a los medios y solo se lo transmitió a sus amigos más cercanos, siempre en petit comité. Al no haberse materializado, nunca se mostró proclive a que trascendiera, pero la realidad es que fue candidato a dirigir la Scuderia.

    A finales de 2013 se rumoreaba por las interioridades de Ferrari que a Stefano Domenicali se le agotaba el tiempo. Los resultados no llegaban, el proyecto liderado por Fernando Alonso se encontraba en su tercer intento sin recaudar título alguno, y no alcanzaban entorchado alguno desde cinco años antes. Alguien cansado dio un manotazo en la mesa de un lujoso despacho y propuso que el italiano no se comiera el turrón vestido de rojo. Otro de los reunidos ante aquel panorama pidió una prórroga y quedar a la espera de lo que pudiera ocurrir en la siguiente temporada, 2014, pero la guillotina ya estaba siendo afilada. En el cónclave encarnado se quedó en que se haría una lista de posibles candidatos como recambio de Domenicali.

    El director deportivo era Massimo Rivola, un hombre con el que Campos mantenía una relación de amistad personal

    Acto seguido, y escrito a mano, se confeccionó un banquillo con justo diez nombres. Uno de ellos, y no de los peor situados, era propiedad del valenciano. Si alguien echa memoria por aquel entonces el director deportivo de la Scuderia era Massimo Rivola, un hombre con el que Campos mantenía una relación de amistad personal desde hacía años, y seguramente tuvo algo que decir en esta charla. En abril de 2014 Ferrari decidió picarle el billete a Domenicali y poner al olvidable Marco Mattiacci, un tipo que nunca encajó en el Ejército Rojo.

    A su paso no dejó más que disgustos, topetazos y sinsabores. Si la cara es el reflejo del alma, su rostro impasible y avinagrado con el que aparecía de manera permanente bien podría ser el anuncio del recuerdo que dejó. De sus trifulcas con Fernando Alonso, el asturiano acabó de decidir irse, en su periodo se fichó a un Sebastian Vettel cuya aportación neta al equipo ha defraudado a propios y extraños, y su salida fue casi agradecida por todos. Domenicali sí se comió el turrón en 2013 pero Mattiaci no cató el dulce alicantino en 2014. Salió por la puerta en noviembre sin más galardón del consabido «tanta paz lleves como descanso dejas». Nadie le echa de menos tras siete exiguos meses de reinado; no dio ni para un embarazo.

    Campos Meta

    No fue esta la única vez que Adrián Campos por poco no acaba teniendo un Ferrari como coche de empresa. Quince años antes, en 2009, la Federación Internacional de Automovilismo y tras la marcha de puntales mediáticos del peso de Toyota, BMW y Honda, quiso ampliar la población autóctona de escuderías y abrió la mano a tres posibles candidatos. Hubo muchas empresas que se interesaron. La inscripción a las ‘oposiciones’ a escudería de Fórmula 1 costaba mil euros y aunque hubo firmas serias tras el intento hubo otras tan frikis como una compañía australiana que hacía lanchas motoras. En realidad estos no querían un equipo de carreras sino darse pisto a bajo coste. Uno de los que sí querían un equipo de carreras, y ya realizó un intento anterior con la nonata formación Bravo F1, era Adrián Campos.

    El día 12 de Junio de 2009 fue una jornada mágica para el valenciano. En una convocatoria de cara a los medios en el restaurante Ramsés de Madrid, el de Alzira hizo pública la comunicación de la FIA que concedía el entry para el Campeonato del Mundo de Fórmula 1 de 2010. Adrián, con riguroso traje azul marino, intentaba mantener a raya un teléfono móvil que parecía que iba a estallar mientras respondía a las cámaras de televisión. La sonrisa no podía ser más amplia y podía decirse que el estado de éxtasis casi le hacía levitar. A partir de ese día corrió una maratón de reuniones, visitas, encuentros y desencuentros.

    Adrián Campos, durante la presentación del proyecto Campos Meta para la Fórmula 1.

    Los tres equipos que ingresaron al año siguiente equiparon el mismo motor, uno que no estaba en la parrilla el año anterior: Cosworth. Las escuderías establecidas tenían ya contratos en vigor con otros proveedores, y Cosworth accedía de nuevas a la categoría, tras años de estar fuera de ella. FIA quería abaratar los propulsores en un intento primigenio de limitación presupuestaria. Aquello no llegó y los únicos capaces de traer motores asequibles fueron los de Cosworth. De no haber sido así, el plan de Campos hubiera sido otro muy distinto. La primera idea, la idea originaria, lo inicialmente establecido era que la escudería de Adrián Campos se llamase Campos Ferrari.

    Sí, Campos Ferrari.

    Ese era el plan, plan que se torció, cambió, o derivó hacia otros intereses y acabó siendo otro. De hecho casi nada salió como estaba previsto. La idea de FIA es que los equipos pudieran subsistir con algo menos de cincuenta millones de euros de presupuesto, algo para lo que se iba a poner algún tipo de tope, freno o limitación. Esto no solo no llegó sino que es que además le falló lo mismo que a Alain Prost cuando montó su escudería: el socio financiero.

    Si el ex corredor se haría cargo del área deportiva, la empresa de corte publicitario Meta Image llevaría el negociado de conseguir los dineros. Los cuartos no llegaron y uno de los socios, el constructor José Ramón Carabante, se acabó quedando con la escudería con un desastroso final al acabar aquel mismo año de estreno devenido en el embargo del equipo por parte del Banco Popular; el jefe de la escudería era un banco.

    En el periodo de tiempo que pasó desde que Adrián empezó a ser consciente de que no llegaba y acabó arrojando la toalla sufrió tanto que se le llegaron a caer las uñas. Ese es el precio de un sueño: que se te caigan las uñas de las manos.

    Naomi Campbell

    Casi diez años antes no fueron las uñas lo que se les cayeron a él y a Alonso sino la mandíbula, pero no lo causó un coche, un circuito o un contrato… sino una mujer. Y qué mujer.

    El ex piloto y el piloto, maestro y alumno, Yoda y Luke, fueron convocados al apartamento londinense de Flavio Briatore a una cena de corte íntimo, para ir aderezando el plano personal en el acuerdo de llevar a Renault al asturiano. La sorpresa es que en aquella cena no eran tres los que se sentaron a la mesa, sino cuatro. La cuarta silla de aquella reunión estaba ocupada por la modelo internacional, top de las tops, la llamada Diosa de Ébano… Naomi Campbell. Por aquel entonces el rimbombante Flavio era pareja y socio industrial en unas inversiones farmacéuticas que les dieron mucho dinero años después. Los dos españoles, en particular el más joven que solía mostrarse como apocado y tímido, estaba fascinado con la impactante belleza de la supermodelo. Toda la noche estuvieron embelesados por su atractivo, e imaginando la escena es de suponer que tuvieron que hacer más bien poco caso a lo que dijera Briatore, al que dijeron que sí a todo.

    Naomi Campbell y Flavio Briatore, pareja en la época en la que Fernando Alonso llegó a la Fórmula 1.

    La parte más chunga de la velada era la antítesis de lo vivido, y es que resulta plausible pensar que aquella noche comenzase el principio del fin de los dos españoles. Poco a poco el valenciano fue perdiendo capacidades sobre Alonso, y esos poderes fueron traspasándose por vía de la influencia o de los contratos hacia el italiano. Llegó el día en que Campos salió del horizonte de Alonso, y sus relaciones, juradas ad aeternum, se fueron enfriando hasta el punto de no hablarse durante años, algo que hizo sufrir en gran manera al descubridor del más tarde bicampeón.

    (Pero si toda historia ha de tener un final feliz, si lo que hay no es feliz, es que aún no ha acabado).

    El Valencia Street Circuit

    Francisco Camps, presidente de la Generalitat valenciana dimitió tal día como un 20 de julio de 2011. Camps era el principal garante del Gran Premio valenciano que se disputó durante cinco años en el circuito armado alrededor de su puerto deportivo de nueva construcción. La idea era muy buena, pero el público dio la espalda al evento; el dispendio financiero batió todo tipo de récords, y las trifulcas generadas acabaron en los tribunales de justicia. Alberto Fabra sustituyó a Camps en la presidencia autonómica y se hizo cargo de regenerar el Gran Premio, al menos en su quinta edición, y la última que se celebró de las siete inicialmente pactadas. Lo que pocos conocen es que Campos fue, muy en la sombra, el principal consejero de Fabra para llevar por buen camino una carrera que resultaba un verdadero agujero negro de fondos públicos.

    La imagen más icónica de aquella carrera fue la que tomó la cámara onboard del coche de Fernando Alonso. Al acabar la prueba el marshall del circuito Dani Romaguera entregó una bandera española al sorprendente ganador del evento, la primera carrera realmente buena disputada sobre aquella pista. La prueba pasó a la historia por ser electrizante, emocionante como pocas y que dejó un gratísimo recuerdo de todos los que la vivieron.

    Lo que no se pudo ver fue una escena que solo pudieron presenciar tres personas y que escapó a las cámaras. Cuando Alonso cruzó la meta su antiguo mentor decidió salir disparado hacia el que fue su pupilo, necesitaba estar cerca de él de alguna manera. En aquel momento la comunicación entre ambos era casi inexistente. Adrián le descubrió casi quince años antes, le representó, y acababa de ganar en su tierra, en la carrera que él había ayudado a organizar, donde comenzó todo en esto de los monoplazas. Demasiados ingredientes juntos como para que no ocurriera algo mágico.

    Y sí, la magia ocurrió. Fue tras recoger el trofeo. Alonso se apeó del podio y en la sala previa estaba Campos esperándolo. La felicidad les desbordaba a los dos, y se fundieron en un enorme y sentido abrazo, genuino, natural, y sincero. Todo lo malo, lo peor, la tristeza de una relación rota quedó atrás, se disipó como se disipa el vapor de una olla express que cuece unos garbanzos en la soledad de la cocina. Todo se arregló de golpe, sin más explicaciones. Los dos se debían algo y se lo pagaron sin apenas palabras; tan solo con aquel pequeño gesto. Campos solo dijo: «Gracias». Los dos sabían porqué.