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    Virutas F1Vida tras la muerte

    Vida tras la muerte
    Los equipos le dan una segunda vida a los monoplazas de Fórmula 1.
    José M. Zapico
    José M. Zapico17 min. lectura

    Con sombrero y bigotillo el militar retirado con el ABC bajo el brazo ralentizó su marcha al traspasar el portal y poder observar la escena. La señora mayor que volvía de pasear al perrito la miraba en silencio con la cabeza girada mientras abría y cerraba sin sentido su buzón. La parejita del cuarto entraba risueña desde la calle y de golpe quedaron en silencio buscando una explicación a todo aquello.

    La clave del misterio la aportó el chico de los recados de un despacho de abogados que había en la entreplanta. Le habían mandando a comprar toner para una impresora sedienta y al volver se detuvo nada más traspasar el frontispicio del edificio. Incrédulo, se levantó unas RayBan negras que dejó sobre su cabeza, sonrió de oreja a oreja y dijo: «¡¡LA HOSTIA. EL COCHE DE FERNANDO ALONSO EN MI PORTAL!!». El chico no mentía, pero tampoco decía exactamente la verdad. De lo que no cabía duda alguna es que la fotografía que se podía tomar en aquel portal del Paseo de la Castellana madrileña bien podía haber sido tomada en el pitlane de cualquier circuito del mundial.

    Cuatro mecánicos ataviados con coloridos monos y guantes de vinilo negro tenían desparramado por el suelo un Fórmula 1 pintado con los inconfundibles celeste y amarillo del coche Campeón del Mundo de 2005. Es como si los de la nave de Star Trek hubieran teletransportado al ex militar, la señora del perrito, la pareja y el recadero a un box de Monza. Cuatro enormes neumáticos reposaban apilados en una de las esquinas, el ala delantera estaba de pie esperando su turno pegada a una pared, el enorme alerón trasero estaba echado a un lado, y los técnicos de Renault andaban desmontando los brazos de las suspensiones del chasis en la entrada del edificio. La respuesta a la única pregunta posible residía varias plantas más arriba, pero los espectadores sólo se preguntaban una cosa: qué puñetas hacía todo aquello allí, un Fórmula 1 desmembrado, como en mitad de una autopsia, a la puerta de sus casas.

    Los pilotos que cierran este tipo de acuerdo suelen ser campeones consagrados que ponen esta condición antes de firmar

    Los edificios de vecinos tienen escaleras y ascensores pero rara vez están equipados con montacargas capaces de elevar de un tirón no sólo elementos pesados sino voluminosos, o al menos tan grandes como un coche de carreras. De ahí que aquel equipo de mecánicos se vieran obligados a desguazar en el portal aquel Fórmula 1… que acabaría expuesto en el despacho de Alejandro Agag, justo al lado de un GP2 de su equipo en dicha categoría, Barwa Addax. El propietario de la Fórmula E y ahora también de la Extreme E, decidió plantar hace años su centro de operaciones en un espectacular piso-despacho justo frente al Estadio Santiago Bernabéu. En lugar de cuadros o esculturas, pensó que poner allí el coche del que procedía su conexión con la velocidad, y aquel al que representaba su aspiración deportivoempresarial sería una buena idea. Todo aquel que ponía los pies en la suntuosa estancia se quedaba sorprendido; esperaban un anodino e impersonal despacho y se topaban con el pitlane de un circuito de carreras.

    Sopesando la experiencia, no es difícil discernir que poner un Fórmula 1 en tu vida no es tan difícil, lo verdaderamente difícil es dar con el dinero con el que comprar uno auténtico, aunque hay opciones, y aquí las tienes:

    • Tipo A: monoplazas que no se usarán pero que han sido campeones del mundo
    • Tipo B: monoplazas operativos y utilizables tras una vida deportiva
    • Tipo C: monoplazas desactivados o showcars
    • Tipo D: réplicas y maquetas

    En el extremo alto de la zona VIP residen aquellos que han tenido una vida gloriosa y que albergan historia y laureles dentro, esto es, los coches que han sido campeones del mundo. Una vez que han dejado de correr en la temporada regular lo habitual es que se los queden en propiedad los equipos. De vez en cuando y de acuerdo con lo pactado en los contratos con los pilotos es frecuente que estos se queden con una unidad con la que alguna vez pasaron por meta ganando alguna carrera; la escudería se queda con todos los demás o algunos de ellos. Los pilotos que cierran este tipo de acuerdo suelen ser corredores exigentes, campeones consagrados que ponen esta condición antes de firmar sobre la línea de puntos. Si los carreristas no son de este corte, no más de media docena en la parrilla actual, es frecuente que negocien con los equipos para adquirir uno y quedárselos con miras a futuros museos personales o como souvenir de su paso por la categoría. A mejores resultados y mayor caché de la formación, más alto es el precio.

    Un Red Bull con los colores de Honda expuesto en un centro comercial de Emiratos Árabes Unidos.

    Por norma general se les despoja del motor, elementos electrónicos, y cualquier dispositivo tecnológico que esté protegido por derechos de su propietario. Si el constructor es a la vez motorista, Ferrari por ejemplo, pueden quedarse con el propulsor instalado aunque no siempre ocurre así. Los actuales motores de Honda o Mercedes han de ser devueltos a sus fabricantes por Red Bull o McLaren, por poner un par de casos, aunque es posible que les cedan uno para ser expuestos. La casuística es diversa y depende mucho de la animosidad entre las partes al acabar cada temporada. Existen otros sin menos gloria almacenada en la guantera aunque con características similares que pueden acabar en manos de coleccionistas, exposiciones fijas o itinerantes, o incluso en centros de estudios. El valor de cada uno de ellos es negociable y se pueden encontrar en tiendas de subastas y venta desde los cincuenta mil y hasta varios millones de euros. Su precio depende de su estado, pedigrí de marca, historia acumulada, quien fue su piloto, y diversas variables que quedan un poco a criterio del que vende y el que paga.

    En un segundo nivel existen aquellos coches que pueden rodar, correr y desplazarse por sí mismos por estar ‘enteros’. Los equipos más pudientes suelen construir una media docena de chasis por temporada en estos tiempos. A veces son menos o algunos quedan inservibles tras accidentes, pero es fácil pensar que pueden salvar para ser vendidos en según qué condiciones o roadshows al menos un par de ellos por temporada. McLaren siempre guarda alguno en su mítica Unit 2 situada al sur de Londres, o los cede en exposición a sus concesionarios repartidos por todo el planeta. Ferrari los vende en perfecto estado de conservación a cambio de cifras que viajan desde los 1,5 y los 3 millones de euros a clientes muy exclusivos, pero en condiciones muy especiales. Si te has forrado vendiendo bitcoins o pisos en la costa y te sobra ese dinero, es posible que la Scuderia te haga propietario de uno de sus monoplazas. Les quitan las pegatinas de tipos como Schumacher, Alonso o Raikkonen, ponen la de tu nombre, y a cambio de onerosas cuotas anuales te lo mantienen y te lo preparan para que ruedes con él en citas específicas y muy concretas. En realidad, siendo tuyo, no te lo llevas a casa sino que permanece dentro de una estructura deportiva de la que tu participas, Ferrari Corse Clienti. En ocasiones, sobre todo con coches más antiguos, se ha dado el caso que se les ha tenido que adaptar motores menos a la configuración original por no existir piezas y recambios. Con bólidos de este tipo, aquellos que siguen siendo funcionales y guardando las características propias de su diseño original se disputa el mundial de F1 clásicos.

    Un paso por debajo están los coches que en su momento compitieron, entrenaron, sirvieron de mulas, o se usaron en el desarrollo de otros posteriores. También son objeto de coleccionistas y a esta tipología pertenece el del principio de nuestra historia de hoy. Exento de motor y elemento técnicos sensibles, o soluciones con patentes registradas pertenecientes al equipo o a algún proveedor, suelen servir de reclamo publicitario, se exponen en concesionarios, o son objeto de deseo de coleccionistas y admiradores del deporte.

    En el patio trasero de la factoría de Renault en Enstone, según se baja a mano izquierda, hay una nave de unos ciento cincuenta metros cuadrados que parece la morgue más colorista del planeta. No, cadáveres no hay, pero sí que habitan los cuerpos inanimados de no menos de media docena de coches que pasaron a mejor vida. Una vez extendido su certificado de defunción son desmontados y desarticulados para usar sus piezas en esta segunda vida. Es fácil ver apilados cuatro o cinco alerones delanteros de monoplazas de una misma temporada ya extinta, inservibles para las regulaciones de la presente. Ahora se encajan en coches que acabarán en un concesionario, un parque de atracciones o la entrada de un supermercado.

    A veces se crean coches Frankenstein, con piezas de diversas generaciones pero que debido a que el diseño estructural es el mismo, puede que acabes viendo el alerón trasero de un R27 sobre la zaga de un R30, o los silentes escapes de un R23 saliendo por la panza de un R29. Si añades a esto que se los pinta con los convenientes colores que se usarán en un rodaje publicitario, la librea de la temporada en curso, o se le eliminan ciertas pegatinas de patrocinadores cuyo acuerdo no traspasa la barrera del tiempo, la confusión se hace aún más patente.

    Uno de los Ferrari de Michael Schumacher, situado a la entrada de un club de la marca.

    En octubre de 2016 un tipo llamado Adhemar Cabral echó mano de diez amigos para subir un Lotus 97T a su apartamento situado en la planta 22 de un edificio en la ciudad de Sao Paulo. Echó unas tres horas en elevar el monoplaza que llevó Ayrton Senna en 1985. Ayudado por unos cables aquel coche escaló por la pared exterior de la torre, y según el tal Cabral, la tarea fue más sencilla de lo esperado. La Ley de la Gravedad les ayudó en un 70% porque el coche que subió esas 22 plantas pesaba menos que el original en esa proporción… porque era una réplica; pesaba unos 200 kilos por los más de 600 del auténtico.

    Su propietario se dedica a la creación de elementos artísticos relacionados con la aeronáutica y las carreras, y a falta de fondos suficientes como para pillarse un coche pata negra se hizo una copia. Al ojo del profano aquello es un coche de carreras, pero el entrenado detecta con facilidad que no existen juntas entre las piezas, que la cubierta motor se une sin fisuras al ala trasera, o percibe la simplicidad del alerón delantero. El volante suele ser sencillo, sin botones ni reguladores, y las piezas metálicas suelen estar impolutas delatando su escaso o nulo uso. En realidad eso no es un coche, sino una maqueta a tamaño 1/1. Los equipos a veces los usan para realizar pruebas aerodinámicas preliminares, test de pintura y diseño, o incluso como regalos o cesiones a patrocinadores. Es otra manera, la más asequible, de poner un Fórmula 1 en tu vida y hay varias empresas que se dedican a ello.

    Epílogo

    La historia del coche desguazado en el portal de Alejandro Agag no acabó en su despacho, porque pasó a otra etapa de su segunda vida cuando el empresario se fue a vivir a Londres y dirigir desde allí la Fórmula E. En su siguiente reencarnación vive el sueño de los justos en los bajos de una nave industrial sita en la Avenida de los Deportes de Alzira, una dirección que seguramente te suene… Un buen día el señor del ABC, la señora del perrito, la parejita risueña y el recadero de los abogados tuvieron que despedirse de su ilustre y colorido vecino. Tal y como subió, tuvo que volver a bajar, desmontado y metido en cajas de madera.

    Tras una rápida negociación entre Agag y Adrián Campos aquel Renault R-loquefuera de color celeste y amarillo viajó a la localidad valenciana para reposar en esa suerte de museo que el ex piloto montó en las instalaciones de su equipo. Rodeado de un HRT (una maqueta, nuestro Tipo D), un F3000, el Alfa Romeo que le hizo Campeón de Turismos en 1995 y algún coche más descansa este atareado viajero, que está haciendo más kilómetros que cuando fue pilotado por los circuitos. En esta ocasión, cuando lo sacaron de la caja de madera en la que llegó, nadie se extrañó. Más bien se extasiaron, lo que revela que el valor no reside en lo que hay entre las cuatro ruedas sino en los ojos de los que miran.