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Virutas F1El establo del Cavallino

De la sorpresa se pasa al estupor, y del impacto casi se te corta todo porque te pilla en plena faena. Se sitúa en el de al lado, se baja la bragueta, y se pone a lo suyo mientras gira la cabeza hacia ti, te guiña un ojo y te dice burlón “ciao, ¿come va?”. Es Sebastian Vettel y es el último sitio del mundo donde te imaginabas que te lo ibas a encontrar.

Y es que los cuartos de baño del edificio de la Gestione Sportiva de Ferrari son como la tualét de tu casa: todos los de tu familia entran sin preguntar, y eso es Ferrari por dentro una familia muy grande. Ya sea vestido del rojo corporativo o con ropa de calle todas las entidades biológicas que cohabitan en el establo del cavallino valen por igual. La puerta es la misma para todos, las máquinas de café son compartidas sin distingos entre capos y curritos, y hasta el comedero de la fábrica no tiene zona VIP.

En cualquier otra empresa de cierto fuste es habitual que haya apartados, zonas destinadas para los barandas o al menos unos biombos que separen a los que deciden de los-que-hacen-cosas y sin embargo en Maranello un tío que corta acero para los cigüeñales puede compartir mesa con Kimi Raikkonen. El finés pisa poco la zona cero del ferrarismo mundial, pero el que se lo curra cual minero del azufre es su compañero alemán. Es fácil ver a Sebastian Vettel antes y después de cada carrera por el edificio. Entra y sale de despachos, cancanea entre las mesas, acude a la de uno u otro a preguntar no sé qué. Siempre se para un rato en la tienda de la planta baja a firmar autógrafos. “Es para mi sobrino, que ve todas tus carreras”, le dice un técnico anónimo, “yo diseñé los trapecios de tu coche. ¿Estás contento con ellos?”, le suelta buscando la aprobación del cliente satisfecho. Sebastian sonríe y le devuelve “si se me rompen vendré a buscarte”. Los dos ríen.

La Scuderia cuida de su familia como pocos y dentro del propio edificio vende a bajo precio accesorios a sus empleados, ropa y productos en plan outlet, y raro es el hombre de rojo que no lleve unas gafas de sol, un llavero, un peluco, o si es un expat, que vuelva a su país con una bolsa roja repleta de chucherías con un caballo grabado. El trajín de técnicos en Maranello es un vaivén continuo que podría volver loco al jefe de recursos humanos más bragado.

De golpe ves caras nuevas ocupando una mesa cercana que estuvo vacía un par de semanas, o dejas de ver a tipos con los que ya andabas familiarizado. La misión número uno de los recién llegados es que les den un pase, la segunda que le asignen una mesa, y la tercera que les acomoden en alguna parte. Si acabas de poner tus pies en Maranello lo habitual es que termines hospedándote en el Maranello Village, una suerte de hotel-residencia donde hay desde habitaciones individuales hasta apartamentos donde puedes parar con tu familia. Está a poco más de tres kilómetros de la factoría, tiene gimnasio, bar y dos restaurantes. ¿Cómo se llaman? Pues “Paddock” y “Pitlane”, más racing ya no pueden ser. El color rojo decora sus tapias, imágenes a modo de grafitis suben paredes arriba y la iconografía de la marca es abundante. Ojo con la rotonda de la salida-entrada: de noche es un poco liosa si no la conoces, porque las indicaciones te despistan. Lo habitual es que tras unas semanas allí te acabes pillando un apartamento en Modena, solo o en compañía de otros.

Cada bandera de Ferrari simboliza una victoria durante la temporada en curso.

Las noches maranelleras son un poco coñazo. En un pueblo de poco más de 16.000 habitantes donde la mitad de su término municipal es una fábrica de coches, la diversión no abunda. Sólo en el Drake ponen copas dabuten, aunque The Good, en la plaza del ayuntamiento, tampoco está mal pero no tiene ese ambientillo algo canalla que propicia el ligoteo y la diversión. Modena está a tiro de piedra, pero los precios de los alquileres son los propios de una capital europea. Como te descuides te levantan 1.500 euros por un tres dormitorios decente. A sólo 20 minutos de coche del Gestione Sportiva no parece ser una pega para la mayoría de los empleados rojos, que dejan sus coches en un parking anexo al edificio. Desde sus vehículos y hasta la entrada principal apenas caminan doscientos metros, y si, el parking también está vigilado por un caballo blanco estampado sobre una pared roja, es inconfundible.

Construido a espaldas de Fiorano y fuera del complejo principal, o es extremadamente eficiente o el tío que lo calculó pecó de rácano porque en apenas tres años de funcionamiento ya están metidos en obras para ampliarlo. Entre el GES y la pista de pruebas quedaba algo de espacio y andan construyendo otro, algo más pequeño que el actual, pero complementario y con acceso casi directo al trazado, algo de lo que carece el Gestione Sportiva.

Si te adentras en la cueva donde nace la velocidad te sorprende una estancia luminosa, prístina, completamente blanca

Para entrar a este edificio trapezoide has de atravesar una batería de tornos cromados, pero si eres un visitante tienes que entrar por una puerta giratoria que desemboca en la recepción. Sobre esa puerta hay tres banderas: la italiana y dos de Ferrari. Significa que en lo que va de temporada han ganado dos veces. Sandro, el tipo de seguridad viste un uniforme azul claro que no llega a ser celeste, te entrega en mano un pase temporal. Durante tu estancia en el portal de Belén rojo tendrás que llevarlo bien visible y siempre irás acompañado de alguien de la compañía que responderá de ti.

Sandro es amable, pero no sonríe, y te indica con la mano la galería de acceso y por la que también salen vehículos. Hay ascensor y escaleras a izquierda y derecha. Por la de estribor subes a la primera planta de las cuatro que tiene el edificio, dos de ellas bajo tierra, en las que se distribuyen los 16.000 metros cuadrados que dispone. Sorprende lo espacioso y poco apretujado de otras edificaciones afines. También que un daltónico lo pasaría fatal aquí, sólo hay dos colores, rojo y blanco. Suelo níveo y paredes del color de la sangre, con algún que otro detalle en negro, pero pocos. En la primera planta hay un distribuidor con un pequeño mostrador rojo, y tras la recepcionista una frase de Il Comendatore escrita en un friso encarnado. “Para mí lo primero es el motor, porque tiene alma. El resto llega después”.

El nuevo edificio de la Gestione Sportiva cuenta con grandes espacios en los que trabajar con comodidad.

Bajo la frase salomónica reposa sobre una peana un silencioso y reluciente V8 que alguna vez vivió otra vida montado sobre un F1. Si te adentras en la cueva donde nace la velocidad te sorprende una estancia luminosa, prístina, completamente blanca. Paredes blancas, suelo blanco, techo blanco y blancas mesas separadas por blancos cristales esmerilados. Lo único que hay negro son las pantallas de ordenador, teléfonos y teclados que hay en cada mesa. Hay una anomalía. Dentro de ese orden propio del diseñador del paraíso las pantallas no son todas de la misma marca. Quedan algunas Acer de cuando la escudería tenía un acuerdo de patrocinio con esta firma oriental, pero hay otras HP o AOC. Pocas cosas más sobre las mesas. Algún manual de instrucciones, informes encuadernados, pero hay un pequeño patrón que se repite tres o cuatro veces. En ese número de mesas hay el mismo libro, el Internal Combustion Engine Fundamentals de John B. Heywood. Este profesor retirado del MIT de Massachusetts es considerado uno de los gurús de lo que indica el título de su tarugo y ha sido profesor de varios ingenieros yankees que han salido de la mítica universidad. Sí, hay tíos del MIT en Maranello, varios.

Casi todos los empleados que trabajan el en GES llevan colgado del cuello el pase que les identifica y permite acceder a zonas discretas, y algo más. En varias esquinas hay máquinas expendedoras de café, agua o refrescos. Ese algo más es una suerte de llave de plástico gris que se recarga con dinero. Acercas la llave a la máquina y tras seleccionar lo que prefieras, te descuenta de tu monedero virtual el valor de tu taza de expresso. Españoles e italianos son muy apreciados, y entre ellos se entienden bien, así que es fácil verlos juntos compartiendo ratos libres tanto dentro como fuera de los horarios de oficina.

Éstos suelen arrancar sobre las ocho y media, los más tempraneros paran a comer a las doce, otros a la una, los más tardíos a las dos. Las jornadas se alargan y se pueden quedar con facilidad hasta las siete o las ocho, aunque los horarios son muy flexibles. En el comedor colectivo situado en el complejo industrial y para lo que es necesario salir del edificio pueden darte comida para llevar, pero no está bien visto plantarlas en las mesas de trabajo. Allí solo bebidas, y no muchas. Algún café, una botella de agua, pero poco más. Los jefes pululan alrededor, sus despachos siempre están abiertos, y es fácil que vengan a observar cómo trabajas, te pregunten cosas o que incluso te lleven a cenar al acabar la jornada, algo impensable en una formación británica. El equipo que come unido, permanece unido.

Prueba de la familiaridad de Ferrari es que no hay un código de conducta en tu espacio laboral, algo que sí hay por ejemplo en Mercedes. No puedes poner las fotos de los críos en tu mesa, pero sí puedes personalizarla un poco. Confían en ti para que no metas la pata, pero a pesar de saber que existe esa confianza, todos los que tienen acceso a un teclado saben que hay un Gran Hermano que vigila los emails que salen. Si tienes que adjuntar un archivo a un proveedor externo, has de meter una clave personal con la que seguir la pista digital a cualquier posible fuga de información. Otro detalle: puedes usar tu teléfono personal, puedes hacer llamadas, chequear tus redes sociales, pero como te pillen haciendo una foto has de saber que será lo último que hagas en Ferrari.

Fiorano le permite a muchos empleados de Ferrari disfrutar de los Fórmula 1 durante su descanso.

Todos los monoplazas de F1 se diseñan, producen y montan íntegramente bajo ese techo a excepción de lo relacionado con el túnel de viento, que está en la zona industrial. De allí salen los camiones cargados con el material destinado a las carreras y los monoplazas. El personal que va a las carreras vuela desde el aeropuerto de Bolonia, el más cercano. Cuando se viaja por Europa suelen ponerse de acuerdo con Toro Rosso y comparten charters; la fila de asientos de la derecha viste de rojo, y de azul la de la izquierda.

En la factoría no hay una sala para ver las carreras pero los ordenadores de cada mesa tienen una aplicación en la que se pueden ver los entrenos y las pruebas. En esos días es fácil que alguien desde Singapur, Interlagos o Spa llame desde la pista a consultar algo, así que debe haber alguien de cada departamento cerca del teléfono. Lo habitual no es ver los coches en pista, sino los programas de datos. Visto desde fuera puede parecer una frikada bestial “ver” las carreras a través de los datos que remiten los monoplazas desde el otro lado del mundo, pero es moneda común en las escuderías.

Es posible que a tu lado se ponga Maurizio Arribavene, te sonría, y te guiñe un ojo como Vettel

Maranello es un lugar duro en invierno. Hace frío, a veces la nieve o las inclemencias del tiempo lo hacen la antítesis del Caribe, así que cuando hace bueno, y en el portal de información interna pone que hay actividad en Fiorano, siempre hay alguien que dice “¿vamos?”. Se pillan un café, comprueban que el sol luce, escuchan el motor de algún Ferrari del programa de Corse Clienti y caminan los apenas 200 metros que les separan de la valla de acceso a la pista de pruebas. Saludan al tío de seguridad, y les permite acercarse al asfalto. Para muchos será la ocasión que más cerca estén de un Fórmula 1 rodando. Es posible que a tu lado se ponga Maurizio Arribavene, te sonría, y te guiñe un ojo como Vettel.

Fotos: Scuderia Ferrari

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