Virutas F1 Ángel de la guarda

Con los brazos en jarras, sonriendo y meneando su característica y leonina melena de lado a lado. “Pero hombre, ¿cómo quieres que me suba ahí? No puede ser, jajajaja”. Ángel Nieto, se negaba a encaramarse en aquello para el que esto escribe le hiciera unas fotos. “Esto no, hombre, es que la gente se va a reír mucho y no puede ser”.

Lo dijo con calma, casi disculpándose, con media sonrisa dibujada en la cara en lugar de abroncarte ante tamaña humillación. A pesar de la gamberra propuesta te trataba casi como un padre aunque tu roce con él fuese puntual, le costaba decir que no. Así era Ángel, el padre de una familia muy grande.

El doce más una veces campeón de motociclismo quería ser piloto de Fórmula 1, “es que hay más dinero en los coches”, decía al que le preguntaba, y no ocultaba sus intenciones. Al que se apuesta el bigote en las curvas hay que recompensarlo de una manera tangible y el negocio que inventó Bernie siempre ha dado abrazos más amplios.

Ángel Nieto en Assen en 1972. Fotografía de Hans Peters.

Nieto soñó con ser Mike Hailwood o John Surtees, campeones en las dos disciplinas reinas de la velocidad y para eso hay que valer, ser un tipo muy especial. El de Zamora casaba con los requisitos, aunque llegó tarde a la segunda cita. Con toda seguridad allí hubiera sido justo lo que fue: un personaje de otro tiempo, un Quijote, un Beethoven, un Steve Jobs. Ha habido muchos después, algunos mejores y otros peores, pero ninguno como él.

Hoy día no está muy claro si un héroe nace o se hace, lo que si es cierto, es que los de su generación, los Seve Ballesteros, Manolo Santana, o los Ángel Nieto talaron los árboles de un camino sinuoso y duro para todos los que llegaron después. Cuando ellos brotaron por generación espontánea no había managers, ni preparadores físicos. Las agencias de viajes eran rudimentarias, las compañías aéreas podían reconocerse porque había una por cada país, y los contratos ocupaban una página escrita a doble espacio con poco más de media docena de condiciones de apenas un par de líneas.

Antes de estos, los deportes de masas tenían más de gladiador romano o conductor de cuadrigas que de estrellas del deporte. Empezaron de la nada. Por pasión pura. Santana fue recogepelotas en un club de tenis y Seve, hijo de un jardinero, acarreaba bolsas de palos de jugadores adinerados. A principios de los 60. Nieto barría los talleres de la marca Bultaco como un mero aprendiz, para estar más cerca de las motos. Arrancaron y subieron a lo más alto sin ayudas, por sí mismos, sencillamente porque la industrialización del deporte estaba aún por inventarse.

Nieto no tenía carnet de conducir coches porque no tenía ni edad y ya sabía que vida quería vivir… la de ser el más rápido de todos. Por eso se plantaba en tren o en lo que hiciera falta donde poder participar como aquella vez en Jerez. La ciudad del vino, los caballos y las motos organizaba por sus calles carreras veinticinco años antes de tener su circuito cuando asomó por allí aquel melenudo con pantalones de campana y una moto desguazada en su equipaje. 

A los agentes de la benemérita encargados de la seguridad de la estación les llamó la atención lo abultado del macuto de aquel jovenzuelo que viajaba solo. La Derbi que le había preparado el más tarde periodista Tomás Díaz Valdés era apenas un ciclomotor, un mecano armado con piezas de diversas motos, y sin documentación alguna. Los guardias civiles sospecharon del mozalbete y le interrogaron sobre el origen de aquel amasijo de hierros sin forma definida. Sus explicaciones no debieron convencerles y se lo llevaron a comisaría.

Esto llegó a oídos de Paco Pacheco, el responsable de la prueba, que corrió a sacarlo de las dependencias. “Tranquilos, corre este fin de semana, yo me hago responsable de él”, dijo con autoridad el jerezano enseñando la lista de inscritos ante lo que los agentes del orden lo liberaron. Era esa época en que la palabra de un hombre valía sin más. Las reglas de la sociedad, de las carreras y del deporte se estaban escribiendo ahí en base a esos principios y la crearon personas así.

Aquellos rigurosos monos negros sin apenas publicidad, los cascos como los de los carteros, gafas de aviador… Los pilotos eran mecánicos, estrategas, preparadores físicos, agentes de viajes, representantes y psicólogos de si mismos. Eran todo. El tiempo ha pasado, el deporte ha evolucionado y ahora para cada una de estas tareas hay un encargado ajeno al epicentro de una actividad única que consiste en engañar al cronómetro. Es más avanzado, más depurado, más completo, pero ni mejor ni peor, sino distinto. La energía necesaria para hacer todo esto por sí mismos era diferente, giraba de dentro hacia afuera de forma centrífuga, eran el origen de todo.

Hoy día todos estos adimentos que rodean a un piloto giran en la misma dirección aunque en sentido inverso, de fuera hacia dentro, de manera centrípeta. Lo de hoy es técnicamente más avanzado, lo de antes era más humano. Esa misma humanidad hace que las personalidades sean arrolladoras. Cuenta Jaime Alguersuari que en el 72 Nieto tuvo un accidente en Alemania y lo mandaron al hospital, tenía la nariz rota.

Lo entablillaron y se escapó para volver a la pista. Para poder llegar al circuito contó con la ayuda de un motorista que pasaba por allí al que convenció —sabe Dios en qué idioma— para que le llevase. Los galenos llamaron a la pista para impedir que compitiese y el director de carrera lo sacó por los hombros de prácticamente la parrilla.

Nieto, junto a Busquets, Tomba, Roca y Huberts en el Gran Premio de España de 1963. Fotografía: Montesita.

En una ocasión se plantó en un restaurante cercano a la pista de Brno. Llegaba junto con el exiguo equipo que le acompañaba y tras un viaje interminable de varios días de trayecto en camión por carreteras de una sola vía pidieron lo más caro que se toparon en la carta, había hambre, mucha. Cuando el hostelero les trajo la cuenta al finalizar el opíparo banquete le confesaron que estaban tiesos, que no había dinero para pagar aquello; el hecho se quedó estupefacto.

Aquel tipo, en buena lógica, los quería matar. “No se preocupe usted, buen hombre”, le dijo como pudo Nieto. “Yo mañana corro una carrera, y la voy a ganar. Cuando me baje del pódium vengo aquí y le pago todo esto, sin problema”. El tío de restaurante aceptó a regañadientes ante la ausencia física de dinero alguno. El domingo Ángel ganó y lo primero que hizo fue ir a pagar el alpiste al ojiplático restaurador al que se le pasó el mosqueo de forma inmediata. Desde entonces, amigos para siempre.

La humanidad que produce el esfuerzo, la pasión y la energía necesaria para lograr todo esto ofrece una mezcla de padre-hermano-amigo.

El reflejo de la diferencia entre el espíritu de los de antes y los de ahora se resume en una vivencia ocurrida en exactamente el mismo hotel a dos estrellas del deporte. Nieto invitó a un montón de amigos a una pequeña fiesta en su bungalow del hotel Montecastillo, el anexo al Circuito de Jerez. Mecánicos, patrocinadores, algunos familiares y amigos departían en la terraza de su estancia de forma relajada.

Presentación del equipo Derbi de 1969. Fotografía: Montesita.

Copas en mano y con cierto jaleo, de repente el teléfono del organizador sonó. Eran sus hijos, que estaban de camino. Con aquel alboroto apenas se podía escuchar lo que decían unos y otros, así que Ángel se subió en una mesa y se dirigió a la concurrencia. “Hostias, que bien se ve desde aquí arriba”, fue lo primero que soltó, y lo segundo fue un "portaos bien, no hagáis burradas que vienen mis críos". Allí no pasaba nada anormal dentro de una fiesta entre amigos, pero Nieto pensaba en su familia, les protegía incluso aunque no estuvieran allí.

En 2008, justo en Montecastillo, y tras la azufreante temporada 2007 en el seno de McLaren, los integrantes del equipo de Woking se hospedaron en el mismo lugar. Su estancia coincidió con el equipo de fútbol Bayern de Munich, que pasaba durante la pretemporada de F1 por un stage invernal en Jerez. Unos cuantos periodistas, españoles para no variar, cubrieron de muebles, maceteros, perchas y enseres propios de los pasillos hoteleros la puerta de Lewis Hamilton, que no podía salir de su cuarto y tuvo que llamar a recepción para que le ayudasen. El hotel decidió cambiar de habitación al piloto para evitar escenas similares.

La diferencia del espíritu deportivo no hace malo a ninguno de los dos, pero los de antes, los antiguos, no dejan espacio a la duda, la animadversión o el menosprecio. Son, al igual que los propios de los héroes mitológicos, recipientes de los valores de toda la comunidad, que son eternos. Los de los héroes deportivos de ahora son menos personales, más construidos, no hay barreras insalvables que ellos en solitario saltan. Por tanto son efímeros, temporales, olvidables… Ni mejor ni peor, sino producto de otro tiempo, otros juicios, y otros valores. El héroe solitario feneció en pos de algo mejor, pero no tan rico en matices humanos.

Monumento a Ángel Nieto en el circuito del Jarama. Autor: Carlos Delgado.

La idea se le ocurrió a Eduardo de Aysa, comentarista de TVE y por entonces director de la extinta publicación Fortuna Sports. La marca de tabaco ponía toda la publicidad, incluido el nombre de la cabecera, y en su interior, una docena de reportajes muy gráficos, con fotos a doble página, ilustraban historias de deportistas de élite. Trabajar en Fortuna Sports era un privilegio. Nunca te negaban un pase, te abrían las puertas e incluso, como fotógrafo, te reservaban los mejores sitios para que plasmases aún mejor los escenarios a los que te invitaban.

Aysa, presente en Jerez, dio la orden y el soldado la cumplió al dedillo. “Está en la puerta del restaurante La Cueva, entre la entrada y los baños, así que te lo llevas allí, lo subes y le haces la foto”. En los 90 el restaurante La Cueva, lugar de parada habitual de Williams, Michelin, Pirelli o la familia Massa, no tenía aún un hotel adherido, pero si tenía una de esas máquinas recreativas para niños a las que le metes una moneda y un imberbe puede pasear con fondo musical en un avión, un elefantito, o un Ferrari.

La Cueva tenía una moto, y en ella se leía en el depósito escrito con letras negras “Ángel Nieto”, y claro, tras la propuesta el piloto le dijo a este escribano sonriendo “hombreeeee, no querrás que me suba ahí ¿no?”. La cámara no hizo una foto, pero captó el alma del que se dolía por decir que no. A un familiar no se le puede negar algo con facilidad, porque todos éramos un poco de su familia. Hasta pronto, Ángel, ya buscaremos otra máquina de esas.

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