El error en la rotonda que casi acaba en accidente y que cometen miles de conductores cada día
Sobrevivir a las rotondas se ha convertido en todo un logro a consecuencia de lo rematadamente mal que circulamos por ellas. La normativa no se cumple prácticamente nunca y eso genera una incertidumbre que, cada vez más frecuentemente, acaba en accidente.

Nos pasa a todos, casi todas las semanas. Llegas a esa rotonda que te conoces de memoria camino al trabajo. Una de esas rotondas que no son perfectamente circulares, sino ligeramente elípticas o abombadas, diseñadas para encajar a la fuerza en un cruce complicado. Ves venir un coche, calculas su trayectoria basándote en la lógica y en lo que ves... y, de repente, te toca clavar los frenos. Pitido, susto y puede que incluso parte al seguro.
¿El motivo? Un malentendido de tres segundos provocado por una palanca que parece haberse convertido en el enemigo público número uno del conductor español: el intermitente.
Llevo muchos años analizando el comportamiento del tráfico y, sobre todo, sufriéndolo como conductor. Y he llegado a la conclusión de que en las rotondas nos enfrentamos a dos tipos de conductores igualmente peligrosos: el que sufre del «síndrome del silencio» y el que peca de un exceso de buena fe que acaba siendo contraproducente. Ambos se juntan a diario en una coreografía caótica que roza el desastre.
El peligro de la buena fe: el intermitente izquierdo perpetuo
Empecemos por el que, teóricamente, quiere hacerlo bien. Seguro que lo has visto: un coche entra en la rotonda y mantiene el intermitente izquierdo encendido permanentemente mientras gira y gira. Su intención es buena: quiere avisar a los que están esperando para entrar de que él sigue dentro, de que «no se va a salir todavía». También es una medida de protección contra aquellos conductores de los que hablaremos más adelante. Los ‘cruzarotondas’, podríamos llamarles.
Sin embargo, el código de circulación y la física vial nos dicen todo lo contrario. El intermitente no sirve para indicar que sigues haciendo lo mismo que hace cinco segundos; sirve para advertir de una maniobra, de un cambio. Y, en una rotonda en la que la circulación por defecto es circular, el intermitente solo debe utilizarse para cambiar de carril (si esta tiene varios) o para tomar una salida.
Si circulas por el carril exterior con el intermitente izquierdo puesto, estás mandando una señal contradictoria al coche que va por el carril interior o al que intenta incorporarse. Aunque quieras indicar que seguirás circulando por la rotonda, según la normativa, lo que en realidad estás señalando es: «Me voy a mover hacia el carril izquierdo».

Ese exceso de información genera dudas; las dudas provocan parones innecesarios y los parones, alcances por detrás. La DGT es tajante en esto: dentro de la glorieta, el intermitente izquierdo solo se activa para cambiar de un carril exterior a uno interior, nada más.
Ahora bien, tampoco voy a negar la realidad: la amenaza del conductor que toma las rotondas como si fuera solo por el camino de su pueblo, cruzando carriles y tomando salidas sin señalizar ni mirar… y claro, la única medida de protección es dejar claro que seguirás girando para que el ‘listo’ no te empotre y encima te eche la culpa.
El ‘silencio’ en las rotondas abombadas: una trampa mortal
Es precisamente ese conductor ‘invisible’, aquel que ha decidido que los intermitentes son un extra opcional en su coche, el que genera un escenario que es especialmente peligroso en determinadas rotondas, las que no cumplen los estándares habituales.
En una rotonda perfectamente circular, su falta de civismo es molesta, pero predecible para el conductor que aguarda para incorporarse a la misma: si no señaliza, asumes que sigue girando y, si no lo hace, solo te queda taladrarlo con tu mirada o maldecirlo en la intimidad de tu vehículo.
El verdadero drama llega cuando nos encontramos con las rotondas elípticas o deformadas. En estas glorietas ‘con forma de huevo’, la propia geometría de la calle juega en nuestra contra y el hecho de que el conductor ‘invisible’ se haya convertido en la norma le juega una mala pasada a nuestro cerebro, especialmente si anda algo distraído:
- El engaño visual: Debido a la forma alargada de la rotonda, cuando un coche se aproxima a una salida, su carrocería se encara de forma natural hacia el exterior.
- La falsa alarma: Tú estás en el ‘ceda el paso’, ves que el coche apunta directamente hacia la salida y, como no lleva el intermitente izquierdo puesto, tu cerebro asume que va a ‘seguir recto’, va a abandonar la rotonda.
- El susto: Inicias la marcha para entrar... pero resulta que el conductor no iba a salir; simplemente estaba siguiendo el contorno irregular de la glorieta. Incluso, ¡podría ser uno de esos pocos conductores que utiliza bien el intermitente! Encima, si hay golpe, la culpa es tuya…
La cuestión es que las rotondas se han convertido en un problema para la circulación en España y es principalmente por una razón: seguir la normativa de la DGT a rajatabla (circular siempre por el carril exterior, no indicar que se sigue girando en la rotonda) garantiza que, tarde o temprano, alguien te golpeará.
En cambio, no seguir la normativa convierte la circulación en un compendio de criterios unipersonales que convierten el comportamiento de cada conductor al volante en un acto de aleatoriedad peligroso,. Es decir, en una selva, especialmente en esas rotondas repletas de carriles que, paradójicamente, nacen y mueren en vías de un solo carril por sentido.
«¿Pensará salir desde el carril interior? ¿No pone el intermitente porque no sale o porque nunca lo utiliza?». Buena suerte en las rotondas, todos la necesitamos a diario en cada una de ellas.
