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    Virutas F1Riccardo Ceccarelli, el detector de campeones

    Te lo cuenta el escritor Luis Sepúlveda si le invitas a un café. Chileno de nacimiento y vecino de Gijón durante un viaje a la Patagonia, uno de los lugares más solitarios del planeta, se tropezó con un tipo que ejecutaba una extraña ceremonia. Pegaba su oreja a los árboles, les arreaba con un palo, negaba con la cabeza y se iba hacia otro a repetir la operación. Al preguntarle qué puñetas estaba haciendo, respondía: “Investigo si dentro de este árbol vive un violín”. Aquel tipo era luthier.

    El doctor Riccardo Ceccarelli no aporrea con una estaca a su distinguida clientela para saber si un campeón del mundo está dentro de okupa, pero cuando acaba con sus pruebas sabe si el visitante tiene madera para serlo o le costará dios, ayuda y mucho dinero el llegar a la cúspide de la cadena trófica de la velocidad. El galeno transalpino tiene un sistema para analizar los factores psicobiológicos que el paciente alberga, y sabe cuáles son lo que un campeón necesita.

    Situada a diez minutos en coche de la torre inclinada de Pisa, su clínica en Viareggio no parece un sanatorio sino más bien las oficinas de una fábrica de cañerías, una aseguradora o una comercializadora de menaje para hoteles. En las dos plantas de hormigón en un polígono industrial los marcos de sus ventanas son rojos, y la única pista que hace suponer a qué se dedican es el piano rojiblanco que limita una esquina del jardín en su entrada, igual a los de Monza, pero más pequeño. Una vez dentro te saludan los cascos de unos cuantos pacientes ilustres que pasaron por allí. Si llegas por la mañana el buenosdías te lo dan Zonta, Gené, Kubica, Larini, Frentzen, Badoer, Ericsson... Hubo otros que pasaron por allí y casco no dejaron, pero Ceccarelli sí dejó algo dentro de ellos (aunque prefieren quedar en el anonimato).

    De los alrededor de 1500 metros cuadrados de las instalaciones apenas un 20% lo ocupa un completo gimnasio donde a veces los deportistas se ejercitan, pero no como cuando van al McFit de su barrio. Allí no van solo a sudar, sino a generar su estado habitual cuando están metidos en faena. En ese momento llegan a escena sistemas de medida, de control de rendimiento, análisis de reacción, electrocardiogramas, procedimientos para controlar los niveles de glucosa en el organismo, cantidad de adrenalina generada, actividad cerebral, dilatación de las pupilas, índices de sudoración, ritmo de la respiración y una catarata de datos que arroja un cuerpo cualquiera como si fuera el mismísimo transbordador espacial Endevour y es que las cosas han cambiado mucho desde Hipócrates.

    Todo esto de meterles cables a los pilotos empezó a finales de los 80. El menudo Ceccarelli apareció en el box de Leyton House y quiso ponerle un pulsómetro a Ivan Capelli. El cockpit de su monoplaza era tan estrecho que tuvo que enganchárselo a las correas del arnés para espanto de los mecánicos. La idea no fue bien recibida por los directores de equipos. “¿Qué puñetas está haciendo ese tío con mi piloto antes de empezar la carrera? A ver si ese cacharro mete un chispazo y se jode todo”, se escuchó a gruñidos por boxes. Sus siguientes conejillos de indias fueron Mauricio Gugelmin y JJ Lehto, que sintieron curiosidad por aquel invento. Poco a poco a esos datos se sumaron análisis de sangre, revisión hormonal, presiones, tensión y otros parámetros.

    Ceccarelli con quien fue su primer "conejillo de indias", Iván Capelli durante su etapa en Leyton House.

    Tras su análisis, los carreristas comenzaron a cambiar dietas, ciclos de descanso, cambios en la hidratación, o adición de ciertos minerales antes de las pruebas. En los aeropuertos alucinaban cuando los de la seguridad le veían tirando de una neverita con muestras de sangre en lugar de un trolley, y en los circuitos tenía poco menos que esconderse porque no todos entendían aquello. En el 92 dio el siguiente salto cualitativo y comenzó a recibir los latidos del corazón a través de la telemetría del coche, e incluso en alguna ocasión se ofrecieron como infografía por televisión durante las carreras. Lo mejor de recibir los datos en vivo no era tanto el avance tecnológico, sino que podía sincronizar las variaciones del pulso cardíaco con lo que hacía el coche en pista, que a su vez reflejaba los acontecimientos en carrera.

    Esto arrojaba una huella psicofisiológica paralela a frenadas, aceleraciones, adelantamientos y accidentes. El primer equipo que comprendió el valor de todo esto fue Minardi. En el Gran Premio de Japón de 1994, Michele Alboreto llevó el primer electrocardiógrafo adaptado a su coche y que estuvo tomando datos durante la prueba. La sorpresa fue morrocotuda, porque se toparon con variaciones en los latidos del corazón del italiano porque se ponía a 160 pulsaciones, luego volvía a 60 y más tarde subía de vueltas como un cohete, dentro de una misma vuelta. Esto pasaba de forma regular en cada giro y en la misma zona del circuito, y esto desencadenó estudios, análisis, teorías, y mucho, mucho estudio para encontrar respuestas.

    Esto pasaba de forma regular en cada giro y en la misma zona del circuito

    Desde entonces este remedo de científico loco de la tecnobiología aplicada a las carreras ha desarrollado un procedimiento único que analiza, trata y mejora las prestaciones vitales de un piloto en carrera. Para ello analiza los parámetros en estado de reposo, los hace correr, saltar, ejercitarse y los tortura sometiéndolos a un estrés equiparable al del pilotaje. Para ello los mete en cuartos oscuros, los hace sudar como pollos en su gimnasio, les atiza sesiones de Batak, les pone a pilotar en simuladores, o les sienta en playseats para que se ejerciten con programas de análisis de atención similares a los que usan las fuerzas aéreas o las agencias espaciales en su entrenamiento para astronautas.

    A partir de ahí y de observar sus reacciones, una decena de asistentes sacan conclusiones en varias asignaturas: nutricionistas, fisios, entrenadores físicos, médicos, psicólogos, someten a una autopsia los resultados del antes, el durante y el después. Luego toca cambiar ciclos de sueño, respiración, entrenos físicos, alimentación con más proteínas o hidratos antes de dormir o subirse al coche y un puñado de modificaciones en sus rutinas con idea de modificar sus prestaciones biofísicas. A cada piloto se le hace un traje a medida y en base a modificar su comportamiento se le van arreglando las mangas, la pechera o los bolsillos.

    Ceccarelli junto a Jarno Trulli durante la etapa de ambos en Toyota.

    Comenzó a trabajar con Charles Leclerc cuando tenía trece años, aunque por cuestiones contractuales, salió de su regazo al fichar por la Ferrari Academy. “Sabía que dentro de Charles había un futuro campeón. Lo supe casi desde el primer día”, afirma el tecnogaleno. “Sus parámetros estaban por encima de la media, pero lo mejor no fue eso, sino que vi detalles propios de corredores mucho más formados, y me sorprendió cómo reaccionaba, como evolucionaba cuando comenzamos a entrenar. Ahí es donde se aprecia esto: en la forma de adaptarse, y a los resultados obtenidos con los cambios”.

    En realidad apenas el 20% de la superficie de la Clínica de este Profesor Bacterio de la velocidad se canaliza hacia lo físico, mientras que el 80 restante se encamina hacia el entrenamiento mental, de ahí el nombre que puso a todo su proceso: Mental Economy Training, que por cierto, está registrado. De la complejidad técnica de su proceso habla el que los playseats donde los participantes hacen sus pruebas cuelguen sensores y electrodos, decenas de cables, o que un tercio de sus empleados sean informáticos o técnicos en sistemas electrónicos. Es como si conectase a los pilotos a una centralita de un F1 para extraer de ellos tantos datos como los de un monoplaza durante una vuelta en Monza.

    Otra curiosidad: en las paredes las fotos firmadas de sus pupilos han ido dando paso a sus electrocardiogramas, que anónimos, muestran cambios, curvas y rectas, aceleraciones y frenadas. Cada piloto es capaz de arrojar una telemetría que pocos saben leer, y casi nadie como Ceccarelli sabe tunear. Si Newey es El ingeniero de los coches, Riccardo es EL de pilotos. Cierto corredor, muy conocido pero que a petición del galeno quedará en el misterio, se presentó en sus instalaciones con un problema.

    “Sí, recuerdo, X era un toro. Físicamente impresionante. Fortísimo en todos los aspectos. Su índice de masa corporal era el idóneo, tenía un cuello espectacular; no había mucho que hacer en el aspecto físico. Me llegan pocos así. El problema era que sus niveles de adrenalina se disparaban como un misil durante las primeras vueltas de carrera, y a partir de la vuelta cinco decaía todo mucho. Agotaba su adrenalina al inicio, su cerebro gestionaba mal esto y la adrenalina es muy necesaria; tanto como que le tiene que durar toda la carrera. Las primeras vueltas son terribles para un piloto, pero si su sistema hormonal no es capaz de mantener ciertos niveles durante toda la prueba se agota antes de que la acabe, pierde atención, y hasta puede sufrir calambres o desmayos. Lo ideal es que haya mucha al principio, pero no mucha mucha, y que después se mantenga de forma estable hasta que caiga la bandera. El piloto tiene que mantener tensión durante dos horas, pulsar 35 botones, correr a 300 por hora, hablar con sus ingenieros, administrar la carrera Éste en concreto ponía su corazón de promedio a unas 198 pulsaciones en salida. Conseguimos que las bajase a unas 178, y eso es un montón (lo idóneo es entre 176 y 179), porque el esfuerzo es mucho menor aunque parezca poco. Es un nivel más económico para su organismo, las últimas vueltas no son un martirio, y no pierde sus niveles de atención”.

    Una de las estancias del centro especializado creado por Riccardo Ceccarelli.

    La NASA médica de Ceccarelli alberga aparatos de electro ondas cerebrales, y hasta ha llegado a hacer resonancias magnéticas a corredores para crear un mapa de actividad. Coge a un piloto y en dos o tres días ya sabe si puede ser campeón o no. “Bueno, yo no sé si lo va a ser, esto depende de muchos factores, pero sí se si tiene lo necesario”. ¿Charles Leclerc puede serlo? “Sí, puede, porque tiene cosas que no he visto en otros. He trabajado con otros que han sido campeones y vi los mismos parámetros, datos, comportamiento biológico, niveles, etc. Por aquí han pasado otros muchos que se esfuerzan, trabajan bien, pero no tienen eso. Si acaban siendo campeones, que podrían serlo, lo serán por otros motivos”.

    El cerebro es como un músculo, y uno de los mejores entrenadores en este sentido es Ceccarelli. La voluntad y las ganas no compensan lo que una cabeza es capaz de generar. El secreto, la llave de los campeones, la clave encriptada no reside en sus manos, sino en su cabeza. Por eso Ceccarelli se concentra en esa zona, para hurgar en ella y saber de primera mano si hay madera de campeón en el visitante. Como en una broma del destino el domicilio de Formula Medicine está en la Vía dei Carpentieri de Viareggio. Allí Ceccarelli tiene un palo con el que atiza a sus chicos y les pega la oreja en la frente para saber si dentro hay un Stradivarius del pilotaje. A veces los encuentra, pero no se lo dice a todos.

    Fotos: formulamedicine.com

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