De las islas a las ciudades inteligentes

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Las islas son buenos laboratorios para probar a pequeña escala el impacto de nuevas tecnologías ecológicas que no alteren de forma negativa la forma de vivir de las personas, ni añadan incomodidades. Si las experiencias son satisfactorias, son extrapolables a escenarios más grandes.

Los científicos llevan años avisando del desastre al que nos exponemos si no se atajan radicalmente las emisiones de dióxido de carbono (CO2) del ser humano, ligadas principalmente a la actividad industrial, el transporte, calefacción, generación energética, ganar espacio a los bosques... Este siglo debería ser el escenario de profundos cambios.

Pero ¿cómo reducir tanto las emisiones sin renunciar a las comodidades obtenidas durante el Siglo XX? Es imperativo introducir los conceptos de sostenibilidad, evitar los combustibles fósiles, las 3 R (reducir, reutilizar, reciclar), una mayor concienciación ecológica... y los coches eléctricos en tándem con las energías renovables.

Si el ser humano aprovechase todas las energía renovables del planeta, habría para cubrir miles de veces las necesidades energéticas sin tener que quemar gas, carbón o petróleo. Pero antes de llegar a ese punto ideal, es obvio que también ha de cumplirse otra premisa: la de que tenga un sentido económico.

Ya se han puesto en marcha iniciativas para comprobar a una pequeña escala, en territorios insulares, este planteamiento de nueva economía en la que se aprovechen mejor los recursos naturales y se pueda mantener un estilo de vida propio de la civilización que conocemos.

Por ejemplo, el Grupo Renault está colaborando con administraciones locales y empresas en las islas de Porto Santo (Madeira, Portugal) y Belle-Ile-en-Mer (Francia). Estas iniciativas combinan el uso de energías renovables, coches eléctricos, aprovechamiento de excedentes energéticos o movilidad compartida.

"Las optimizaciones puestas en marcha en Belle-Île-en-Mer se pueden exportar a otras islas, o también a ciudades y barrios." - Gilles Normand, director del Vehículo Eléctrico del Grupo Renault

Los coches eléctricos sirven no solo como medio de transporte, su uso más obvio, también ayudan a rentabilizar las fuentes de producción renovable -como placas solares en edificios públicos- logrando ingresos cuando su producción no se necesita y se pague por su uso externo. Además, las baterías de los coches eléctricos pueden funcionar en sentido inverso y aportar energía a la red.

Bajo este paradigma energético, se maximizan los recursos de producción y se avanza hacia la independencia energética de las islas. Tradicionalmente se recurre a energía térmica o se alimentan con cables submarinos de alta tensión conectados a un lugar de generación próximo.

En una isla se puede obtener energía de varias formas, como por la solar fotovoltaica, eólica, maremotriz y hasta geotérmica. Si además, el relieve lo permite, también se pueden nutrir de presas locales y energía hidroeléctrica. Estas modalidades de generación no producen emisiones de ningún tipo y tienen un impacto medioambiental bajo.

Normalmente en las islas las distancias kilométricas no son grandes, ideales para coches eléctricos

Otra faceta de estos experimentos es el uso de baterías que han pertenecido a coches eléctricos y tienen una segunda vida como acumuladores energéticos. Por ejemplo, las baterías se usan para guardar los excedentes de generación, bien para aprovechar esa energía cuando baja la generación (como la solar de noche), bien para aprovecharla en los vehículos.

¿Pero esto tiene alguna utilidad para las grandes ciudades? Si funciona a baja escala, puede acabar funcionando a escalas superiores. Es cuestión de voluntad política y de inversiones públicas y privadas para el despegue de iniciativas empresariales. Si no se confía en el sector privado, hay que trasladar costes a todos los ciudadanos.

La energía "sobrante" se puede emplear hasta para calefacción, reduciendo las incomodidades de estacionalidad de algunas islas

En el momento en que a alguien le salen los números, todo avanza más rápido. Si, además, los números le salen al ciudadano, hablamos de una simbiosis del ecosistema económico. Solo salen perjudicados los que no se actualicen al nuevo paradigma y persistan en modelos caducos. No tiene por qué ocurrir inmediatamente, puede llevar años.

En el Siglo XX la población occidental se malacostumbró al uso del vehículo privado, las energías fósiles y la obtención de recursos de la naturaleza sin pensar en el futuro. Ahora toca cambiar el chip: no todo el mundo necesita coche en propiedad, la energía en realidad "sobra" (hay que aprovecharla mejor), hay que mejorar los rendimientos y, lo más importante, pensar en el futuro antes que nos choquemos con él de frente.

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