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    Virutas F1Mejor llámame Lewis (Capítulo 1)

    Fuera hace calor. El sol no cae a plomo sino que bombardea con sus energéticos rayos dorados. Al fondo se ven comisarios con monos de butanero moviéndose despacio, para no sudar. Los que sí que lo hacen, y a chorros, son los fotógrafos, cargados con lentes del tamaño de un lanzador de misiles RPG como los de los talibanes afganos. La luna delantera del Mercedes es al mismo tiempo un sistema de protección y una pantalla no interactiva para asientos de primera fila en el espectáculo del pitlane.

    Y es que los que tienen entrada gratis para ver la película diaria de cosas que ocurren en la Fórmula 1 parecen vivir en un planeta propio. Nieve, truene, o Don Lorenzo ande en el intento de convertir el circuito en un asador de pollos los tripulantes de los vehículos de servicio de la FIA viven a 22 grados de forma sostenida gracias a V8 permanentemente en marcha por si tienen que salir de fú. Embozados en monos ignífugos, con un casco tipo jet con micrófono y auriculares, los galenos más rápidos del mundo observan en una tablet las constantes vitales de los corredores en pista. Los pilotos no aprecian nada, pero desde el momento en que se ponen los guantes, el sensor del dedo índice, el del dedo anular, y los tres que llevan en el pulgar, comienzan a emitir de forma silenciosa parámetros a través de esa suerte de estetoscopio del Siglo XXI.

    Lo más costoso no fue desarrollar la tecnología sino homologar y adecuarlo todo a los requerimientos técnicos de la F1. Voltaje de funcionamiento, frecuencias de transmisión, protección ante interferencias, protección en caso de incendio, protección del propio piloto ante un fallo eléctrico, adaptación en tamaño y capacidades… la lista es larga y todas ellas necesarias a ojos de los responsables. La información llega a la pantalla sin apenas retardo, y los datos reflejan otros misterios. “Esto no lo puedes contar, es secreto”, dicen con la voz grave del que habla de la salud de la gente, así que lo correcto es que quede dentro de lo privado mientras se pueden ver las abreviaturas de los nombres pegados a cifras, números y curvas.

    Siempre chispea antes de llover, y en los circuitos las tormentas siempre dejan su tarjeta de visita cuando están a punto de diluviar. En las carreras, esa embajada previa a la agitación reside en algo muy pequeño, casi imperceptible, pero que nunca falla: el crepitar de una radio. Ese sonido electrónico aparece de forma invisible y es cuando a todos, aunque no lleven sensores en los guantes, les comienzan a subir las pulsaciones.

    “Vettel se ha salido en la curva tres”, se escuchó por el altavoz de un receptor Riedel. Al tetracampeón le falló el tren trasero de su monoplaza, y el Ferrari fue a hacer amistad con las protecciones. Bandera roja, se detiene toda actividad en pista, y el Mercedes gris con luces guardiacivileras sale disparado hacia la zona de impacto. Instantes más tarde, y a un ritmo algo más tranquilo pero acelerado, despega de la zona de boxes un todoterreno Nissan del Circuit. Su papel no es atender al herido, sino transportar de vuelta al ileso tripulante del coche rojo.

    Vettel está bien, ni siquiera atontado por el impacto, pero tendrá que pasar por el centro médico. Las alarmas de colisión han indicado que el abrazo de su Ferrari con las protecciones ha sido equivalente a que le caigan encima 17 atmósferas y el germano es conminado a pasar por talleres. Allí, un sanitario con licencia nacional de cada país donde ocurra esto ha de realizarle la llamada ‘Visita de Reintegración’. Los que llevan la batuta y marcan las pautas son los médicos oficiales de la FIA pero es uno local el que ha de dar el visto bueno. Homologar a los médicos-carreristas en los 21 países que visita la F1 sería una locura, algo rayano en lo imposible ante la maraña de convalidaciones y regulaciones nacionales, por eso en cada circuito se trabaja mano a mano con galenos aborígenes.

    En la escena del impacto el chofer del Pathfinder blanco —con volante a la derecha— invita al tetracampeón a subirse en su Cabify personalizado, aunque el carrerista pide esperar unos minutos. Sabe que la bandera verde no será agitada hasta que todo esté en orden y se queda a ayudar a los gruístas, asistencias del circuito y los mecánicos de su equipo que ya han llegado. No sólo están para recoger su monoplaza y las piezas que por allí han quedado desparramadas, sino para taparlo y asegurarse de que allí no quede nada que otro competidor pueda usar. “Vettel siempre hace esto, es el único que no quiere volver a boxes hasta que su coche no está subido en la plataforma, y completamente cubierto. Dice que es uno más del equipo y que también le toca hacer eso”, afirma uno de los presentes, acostumbrado a la maniobra. La mayoría suelen quitarse de en medio con celeridad, muchas veces sin sacarse el casco, porque la rabia se los come por dentro, y el Schuberth o Bell de turno construye la tapia que quisieran tener a mano para ocultar su cabreo.

    "Ferrari tiene su propio servicio médico, del que no solo depende la escudería de carreras, sino que atiende a toda la plantilla""

    Horas antes, sobre las nueve menos veinte, y justo esos 15-20 minutos necesarios antes de que los bólidos salten a la pista, un coche del circuito da un paseo al jefe de pista y a dos invitados ilustres. El delegado de seguridad de la FIA y el responsable sanitario del evento si es carrera, o al responsable de la seguridad del ‘cartel de equipos’ y al doctor Riccardo Ceccarelli o alguien de su equipo si son test. En esa vuelta de instalación de la instalación, estos personajes comprueban que todo está en orden. Que las vallas no se han movido desde la inspección del día anterior, que la pista esté limpia, que haya un marshall con un extintor a 30 segundos de cualquier punto del circuito, un coche de bomberos a un minuto, un coche médico a dos, y un coche de extricación a un máximo de cuatro.

    En carrera es la FIA la que pasa la prueba del algodón, pero en test, es el representante del equipo delegado en organizarlos, y ahora mismo es Red Bull. El servicio del doctor Ceccarelli, Formula Medicine, es el elegido por las escuderías como ‘delegado médico’, una especie de dron de la FIA. Contratan sus servicios y emulan las regulaciones habituales marcadas por los federativos aunque cobre de los equipos. Contra todo pronóstico Ceccarelli y su compañía no mantienen apenas relaciones con los italianos más ilustres del paddock, Ferrari. Los de Maranello tienen su propio servicio médico, del que no solo depende la escudería de carreras, sino que atienden a toda la plantilla del cavallino y desplaza a los circuitos una prolongación de un sistema mucho más grande y ambicioso.

    Dentro de su factoría Ferrari posee una clínica para toda su plantilla, una suerte de Seguridad Social Rossa. Tienen desarrollado un programa de prevención de riesgos laborales modélico, con uno de los mejores servicios de toda Italia para la prevención de cáncer de mama para sus empleadas. Desde que promueven el cuidado de sus curritos, el absentismo laboral se ha disparado… pero hacia abajo. El certificado de que funciona lo extiende el histórico laboral de una compañía en la que pocas veces había faltado al trabajo menos gente. A finales de año, una vez que la temporada ha terminado, se reservan tres semanas. En la primera les hacen un chequeo médico exhaustivo a los pilotos y los capos, en la segunda semana a los hijos de los integrantes de la Scuderia, y la tercera es para los que hacen el mundial. Cuando uno de éstos últimos tiene un problema de salud grave y ha de ser hospitalizado en Singapur, México, o Austria, el servicio médico de Ferrari envía a una persona que le acompañe de forma permanente hasta que vuelva a casa, persona que ha de remitir informes médicos diarios. Chapeau, cavallino, sabes cuidar de tu tropa.

    Los técnicos han determinado que a Sebastian Vettel le ha reventado una llanta. Es una falla extraña, estructural, y la consecuencia ha sido estampar su bólido rojo contra las protecciones catalanas. Para el coche hay recambios pero para el piloto no, así que hay que cuidar de sus piezas, y aquí comienza otra historia.