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    Virutas F1Julito

    El Jeep Viasa, el modelo utilizado por el ejército español y que tanto preocupó a Julio.

    Un viaje es siempre una aventura, y para viajar, nada como un coche, aunque hay historias que ocurren sin que un coche se mueva… para acabar encañonando con un arma a un tipo que va igualmente armado. Esto es lo que te cuenta Julio García si le preguntas.

    Julio es vigilante de seguridad, ve acercarse su sexta década, y si le miras sin que se de cuenta detectas una sonrisa amable, una mirada limpia, y un gesto casi infantil, por falta de malicia. Es un buen tipo y lo lleva escrito en la cara. Pero ante todo Julio es un enorme contador de historias. Tiene dos que son magníficas y que en primera persona expone con maestría al que le pregunte, y en las dos el eje sobre el que gira todo son dos coches: uno que se fue cuando debería estar parado, y otro que se quedó parado cuando tenía que haber estado en movimiento.

    En los albores de la democracia española, los años 80, una verdadera maldición bíblica asoló los barrios periféricos de las ciudades: la heroína. Fueron años muy duros, y era rara la mañana que no ponías la radio y el boletín informativo local no arrancaba con un «ha aparecido muerto un joven…». A veces más de uno. En cualquier ciudad. Cualquier día. ‘El caballo’ dejó un reguero de desgracias entre miles de familias, cadáveres en la morgue debido a sobredosis, o a las consecuencias de los trapicheos y su violencia aparejada. De forma anexa dejó un extenso catálogo de maleantes que atemorizaron a una sociedad que se acostumbró a atracos, tirones, asaltos y robos de todo tipo. El arma favorita de los yonquis era la escopeta con los cañones recortados. Un arma de este tipo unido a un machete de considerables dimensiones fue lo que usaron dos quinquis para que a finales de 1987 asaltaran la factoría de productos lácteos Colema de Málaga, una empresa emblemática para la capital de la Costa del Sol.

    «Van a pillar un taxi. Tú haz lo que yo te diga, que a estos los pillamos»

    Era día de cobro, y aquellos tiempos no eran como los de hoy. Los ingresos en cuenta o transferencias eran propios de funcionarios y empresas. En muchos casos los empleados recibían un cheque, o a veces ni siquiera eso: la mensualidad era recibida en mano, en billetes de a mil pesetas. Así que los alrededor de ciento veinte trabajadores de la firma se agrupaban alrededor del contable aquel mediodía de primero de mes.

    Justo antes de la hora de comer dos atracadores entraron a las dependencias de la factoría y al grito de ¡¡¡ESTO ES UN ATRACO, DADNOS TODO EL DINERO!!! Con sus gritos acogotaron de manera instantánea a los asustados trabajadores blandiendo aquellas dos amenazadoras armas, una de ellas de fuego. El problema es que por la razón que fuese el tercero en discordia, el piloto del coche con el que se iban a dar a la fuga, se puso nervioso y salió por patas del escenario. Mayúscula tuvo que ser la sorpresa de los dos asaltantes al salir con las sacas del dinero y se toparon con la calle vacía. El más veterano, un tipo de aspecto patibulario y con experiencia ‘en el negocio’, tomó una decisión de urgencias: cruzar a la carrera la Nacional N-340 que pasaba justo por delante, y ocultarse en una plantación de caña de azúcar que había justo enfrente.

    Tras dar aviso a las autoridades el despliegue policial fue de orden mayor, con helicópteros, perros y un fuerte contingente policial que llegaron con los primeros todoterreno que las Fuerzas del Orden dispusieron para su uso… pero nada, no daban con ellos. El quinqui que llevaba la voz cantante decidió esperar a que cayera la noche para acercarse y mezclarse con la gente en un hipermercado cercano, un Pryca (actuales Carrefour). Julio, entonces un recién nombrado agente de seguridad privada, estaba esa tarde de servicio y vio como un tipo con ojos muy abiertos, cara alarmada, y uniforme de Colema se le acercó y le dijo nervioso ¡¡¡son ellos, los atracadores de esta mañana… están ahí, los he reconocido!!!

    La puerta de entrada de la Cooperativa Lechera de Málaga.

    Julio avisó a Pascual, el responsable del equipo. Pascual era más mayor, bragado en mil batallas en puertas de discotecas de barrios chungos, escolta de políticos y furgones blindados. La lúcida respuesta instantánea fue: «Van a pillar un taxi. Tú haz lo que yo te diga, que a estos los pillamos». El más joven asintió con la cabeza y los dos se dirigieron con sigilo hacia la parada en la puerta del establecimiento. ‘El plan’ era que Pascual se haría el encontradizo con el taxi, el conductor frenaría, pillarían desprevenidos a los cacos y de ahí la jugada posterior con placaje y derribo. Y eso hicieron. El chófer casi atropella a un Pascual que indisimuladamente escupió el Winston que fumaba, y en un abrir y cerrar de ojos se plantó en la ventanilla trasera derecha por la que asomó su Colt .38 al grito de ¡NI TE MUEVAS O DISPARO! Por la otra ventanilla apareció un Julito, bueno como él solo y sin experiencia alguna en temas similares, que solo pudo articular un “¡LO MISMO DIGO!” No le salió otra cosa.

    Nunca antes había desenfundado su arma y era la primera ocasión, y desde entonces la última, en que había encañonado a persona alguna. Dos minutos más tarde los quinquis estaban desarmados, engrilletados y con la cara pegada al asfalto mientras el público de aquel hipermercado, en la creencia de que se trataba de un espectáculo organizado por el centro comercial, aplaudieron, desconocedores de la muy espinosa realidad. Los chorizos fueron entregados a las fuerzas del orden y al día siguiente, Pascual y Julito pudieron leer, con una amarga sonrisa, en los titulares de los diarios «La Guardia Civil detiene a los atracadores de la Colema». El que no mostró esa sonrisa fue el conductor del taxi. El hombre lo pasó tan mal en aquella escena propia de la película HEAT que se le aflojó el esfínter y dejó perdido el coche. Tuvo que llevarlo a una limpieza de orden mayor porque la escena acabó oliendo verdaderamente mal; ya sabes porqué.

    Pero Julio… Julio tiene otra aún mejor, y también relacionada con un coche que al contrario que el de los atracadores, se quedó clavado al suelo, y ocurrió unos años antes.

    Hasta la llegada de la democracia en 1978 el servicio militar era obligatorio. Todo hombre mayor de 18 años era llamado a filas y cedía su vida al ejército en un periodo de entre uno y dos años. Te sorteaban y te tocaba ir a la base naval De San Fernando (Cádiz) a Cerro Muriano (Córdoba) o a Valladolid… a saber, había destinos desparramados por todo el país. Tu te pagabas los viajes y el Ministerio de Defensa te daba de comer, un techo y un uniforme. La Constitución del 78 trajo el derecho a la objeción de conciencia; si tenías dudas sobre aquello de empuñar un arma, te dejaban marchar, pero en 1981 esto aún no se aplicaba y había que pringar sí o sí. A nuestro hombre le tocó servir sus dieciocho meses de mili en el Ejército de Tierra con base en Cádiz. Como sabía escribir a máquina —no había aún ordenadores— un capitán le dijo: «García, tú harás de secretario». La respuesta fue: «Joder, ¿y por qué?». La respuesta fue «porque sabes escribir al menos con dos dedos en esa máquina». En el ejército no se hacen preguntas sino que sólo puedes reaccionar ante las órdenes, pero para acatarlas. Fue lo mismo que le pasó cuando descubrieron que Julio tenía carnet de conducir. «Pues harás de chófer», escuchó un día. La respuesta fue «joder, ¿por qué?», con una respuesta equiparable a la primera, pero en vez de recibir una Olivetti a cambio, le dieron las llaves de un destartalado Jeep de color verde. El 4x4 pertenecía al servicio de comunicaciones y le encomendaron la tarea de servir como taxista para mandos, llevar paquetes, órdenes o recoger lo que fuera y donde le dijeran.

    Una mañana la orden fue: «García, vete a la base naval de San Fernando y lleva este sobre al alférez fulano, que está en el Dédalo. Llévaselo ahora mismo, que hay prisa, corre». Y allá que se fue Julio, a buscar al oficial embarcado en el mítico portahelicópteros de la Armada española dado de baja en 1989. Julito pasó el control de seguridad y estacionó el vehículo justo delante de los imponentes 189 metros de acero del navío apodado «El penal flotante». Cuenta su leyenda (que tiene muchas y alguna que habla muy bien de sus tripulantes) que en una ocasión y camino de Canarias tuvieron que detener su marcha dos veces para evacuar el agua que les entraba (¡?). Las bombas de achique no daban abasto y necesitaban la energía del motor principal para acelerar el proceso so pena de males mayores. Huelga decir que en alta mar el ‘males mayores’ es que todo se vaya a pique.

    A las puertas del barco nuestro héroe pidió permiso para subir a bordo, preguntó por el destinatario de su sobre, y el sargento que controlaba los accesos al por entonces buque insignia de la Armada lo remitió al castillo de proa, donde debería estar el destinatario del sobre que llevaba en la mano.

    «El penal flotante». Así es como llamaban al Dédalo.

    Una vez que entras en una nave de semejante fuste es como si vivieras en el interior de una fábrica de color gris. La única luz existente es artificial, todo es estrecho, angosto, repleto de conductos, cañerías y cableado. Al deambular por la panza de esta ballena te vas pegando en la cabeza, los hombros, los codos con portones, manubrios, barandillas… Olvídate de ventanillas, o vistas al mar. Es lo más parecido que hay a una mina. García subió y bajó escalerillas, cruzó escotillas, se cruzó con marineros y cuando llegó al castillo de proa, el “alférez fulano” ya no estaba allí. «Te has cruzado con él», le dijeron, «va camino de la sala de máquinas». El soldado se encaminó hasta allí para descubrir que ya se había marchado con otro destino, jugando a un pillapilla naval que duró casi una hora en las entrañas de aquel monstruo marino.

    Finalmente Julio dio con el recepcionario del sobre. Se cuadró, le entregó lo ordenado, y al despedirse de él le dijo, «adiós, mi alférez, si no desea nada más me voy». El oficial dio las gracias, sonrió y le preguntó jocoso «¿Que te vas? ¿Y a dónde te vas?». La respuesta fue «pues a la base, mi alférez».

    Lo que Julio no sabía es que EL DÉDALO HABÍA ZARPADO

    Los gritos pudieron escucharse casi en la base del Ejército de Tierra de aquel pobre soldado. «NOOOOO, NOOOOOOO… ¡¡¡DEN LA VUELTA¡¡¡ ¡¡¡ALTO, ALTO, ESTO NO PUEDE SER, DEN LA VUELTA!!! ¡¡EL CAPITÁN!! ¡¡TENGO QUE HABLAR CON EL CAPITÁN!! ¡¡ESTE BARCO TIENE QUE VOLVER A PUERTO!!». Julio estaba lívido, desencajado. La sangre debió desaparecerle del cuerpo porque se quedó blanco; el cuerpo le quemaba por dentro. Y es que Julio temía por una cosa…

    El jeep del ejército que tenía asignado.

    «Me dieron hasta ropa limpia, pero claro, yo era ‘el de tierra que se les había colado’ y se descojonaban de mí en mi cara»

    «¡¡ME LO VAN A ROBAR!! ¡¡ME MATAN, DE ESTA ME MATAN, ME VAN A LIAR UN CONSEJO DE GUERRA, TENGO QUE VOLVER!! ¡¡DONDE HAY UNA PUERTA QUE ME TIRO AL AGUA!!». Y casi lo tuvieron que agarrar porque Julio se tiraba… se tiraba del barco. Quería ir nadando hasta el coche. El Dédalo salía a la bahía de Cádiz por un par de días a unas maniobras programadas y nadie iba a hacer volver aquel barco a puerto hasta que acabasen. La maniobra de retorno hubiera sido costosa, descabalgaría un programa y un horario previsto, y esto no se haría de ninguna de las maneras, así que Julio fue polizón durante un par de días.

    «La verdad es que me trataron muy bien. Comía con los marineros, que me apuntaban con la barbilla y se reían. Me dieron hasta ropa limpia, pero claro, yo era ‘el de tierra que se les había colado’ y se descojonaban de mí en mi cara. Se partían de risa los muy cabrones (Sonríe). Fue una pasada porque tenía libertad absoluta para moverme por allí, así que estuve paseándome por el barco durante dos días. Estuve viendo como los Harrier de despegue vertical salían volando, helicópteros, zafarranchos de combate, una experiencia de alucinar, como una película. Fue como vivir en Top Gun. Pero los dos días que pasé preocupado por si me robaran el Jeep para mí se quedan. Los del barco llamaron por radio para que estuvieran pendientes de él, y a volver estaba justo donde lo dejé… en muy mal sitio, por cierto, en mitad de la nada. Cuando volví a la base se partían de risa también. Aquella semana tuve que aguantar más chistes que en todo el resto de mi vida… menuda pandilla de mamones tenía por compañeros, jajajajaja».

    Julio sonríe cuando recuerda aquello. Su mirada de niño delata su bonhomía, porque solo con una enorme carga de buenapersonismo se pueden llevar bien estas cosas. Desde este último incidente, siempre que sube a un barco, autobús, avión o coche ajeno siempre pregunta: «¿Y luego a dónde va esto, a qué hora sale? Es que no me fío».

    Julio, que no se llama Julio, pidió expresamente que se cambiase su nombre. El quinqui del atraco, el joven, sigue por ahí y no desea tener que subirse a un barco como el Dédalo que lo aleje de él, que con la primera experiencia tuvo bastante.