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    Terra, eléctricos y herramientas: reflexiones de 2.300 kilómetros en un BMW diésel

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    2.300 kilómetros de viaje dan para muchas reflexiones. En esta atípica prueba expongo mis pensamientos sobre la situación actual del mundo del motor. Los coches eléctricos, la dependencia de la energía y el triste adiós a unos motores a los que debemos mucho.

    A lo largo de la historia de la humanidad, el ser humano ha ido introduciendo en su entorno herramientas que mejoraban su calidad de vida y hacían posible un mejor aprovechamiento de los recursos. El motor diésel es, por mucho que les cueste a algunos, uno de los grandes inventos de la historia del mundo. Hoy vivimos una era contraria a los intereses del invento de Rudolf Diesel. A pesar de ello, muchos piensan, pensamos, que es un error su desaparición, menos si cabe cuando han logrado alcanzar el cenit de su desarrollo.

    Los motores diésel son ahora mejores que nunca. 127 años de evolución a sus espaldas

    Cuando uno se convierte en periodista de motor tiene el gran privilegio de entrar en contacto directo con responsables e ingenieros de las marcas. Aunque los directivos son los que planifican la estrategia, son los ingenieros y desarrolladores los que las ejecutan. Hablando con ellos en muchos eventos he podido entender que los motores de combustión interna no han dicho su última palabra. Hay margen de mejora en diferentes campos como la potencia, los consumos y las emisiones. Sin embargo, la política amenaza claramente su supervivencia.

    Como ya he dicho,a lo largo de la historia de la humanidad cada nueva tecnología mejoraba a la anterior. El MP3, es mejor que las cintas de música, las televisiones planas son mejores que las de tubo catódico, el teléfono móvil ofrece considerables mejoras frente al teléfono fijo, y las herramientas de metal son mejores que las de madera. Así ha sido a lo largo de milenios, aunque ahora parece que los motores de combustión se enfrentan ante una tecnología que, al menos por el momento, no es mejor. Me refiero obviamente a los coches eléctricos.

    La electrificación del parque es el próximo gran paso en la evolución del mundo del motor. Del vapor pasamos a la gasolina y al diésel, y de ahí vamos a acabar en los eléctricos. Si bien debo reconocer que los eléctricos tienen innumerables ventajas, la principal de ellas es la "supuesta" sostenibilidad que proclaman, no cumple con la premisa que siempre ha acompañado a cada nueva tecnología, es decir: no mejora la vida de TODO el mundo.

    El automóvil reveló al caballo porque presentaba innumerables ventajas frente a estos

    Le pese a quien le pese los coches eléctricos, mejor dicho; el mundo eléctrico, está lejos de igualar las ventajas y las comodidades que ofrece un vehículo con motor de combustión interna. En el último siglo el ser humano ha crecido en torno al coche. Hemos programado nuestras ciudades, nuestro mundo y nuestra vida en torno a la posibilidad de viajar largas distancias sin problemas. El coche sustituyó al caballo porque cumplía con la regla de mejorar las condiciones de uso de aquellos que lo utilizaban.

    La aparición del coche eléctrico ha sido toda una revolución. Una explosión comercial nunca vista desde el surgir del mundo de Internet. Para aquellos que como yo recuerden esa época, estaba caracterizada por constantes noticias de creación de nuevas empresas, nuevas plataformas y nuevos servicios en torno a la red. Nunca se me olvidará el día en el que Terra llegó a bolsa. Copó el protagonismo de muchos periódicos nacionales y grandes titulares auguraban un futuro prometedor a la compañía. En menos de un mes en el parqué del Ibex35, Terra llegó a revalorizarse un 360%. ¿Alguien se acuerda hoy de Terra? Terra cerró definitivamente en el año 2017.

    Todo esto viene a colación que es mucha la histeria generada con respecto al coche eléctrico. Cada día salen nuevas noticias de tecnologías que prometen, siempre en condicional, hacer nuestra vida mejor. Cada día surgen empresas nuevas, fabricantes nuevos y modelos nuevos. Vivimos un boom eléctrico sin pararnos a pensar lo que dejamos atrás y lo que nos queda por andar. Una temeridad alimentada por unos políticos que no reducen la presión contra los coches tradicionales. Son malos afirman, y como todo lo malo hay: que eliminarlos.

    Carrocería clásica para un mundo que ha cambiado mucho en los últimos años

    Obviamente nadie puede estar en contra de lo evidente, el coche eléctrico debería ser mejor para la humanidad y para el medio ambiente. Seguro que lo será, aunque a mí me surgen muchas dudas sobre ciertos aspectos. En un mundo donde la dependencia de la electricidad es mayor que nunca, la creación de energía es un problema que no muchos gurús del panorama actual tratan o aciertan a entender. El problema no solo reside en la viabilidad del proyecto eléctrico, si no en la creación de la energía suficiente para alimentar esa flota.

    Obviamente este tema da para horas, días de charla, discusiones y conversaciones. Pero me quiero centrar más en la usabilidad actual de vehículo eléctrico. La idea es que el coche a pilas acabe superando las capacidades de los vehículos térmicos. Con respecto a esa premisa no tengo duda alguna: lo harán, y de hecho ya casi lo hacen. Pero como herramienta de trabajo en el día a día todavía están lejos, muy lejos, de igualar las capacidades de un coche diésel o de gasolina.

    La dependencia de un elemento poco presente es tal que no resulta efectivo o posible para todo el mundo. Para que el parque de vehículos se vuelva eléctrico deben cambiar muchas cosas, porque si bien los vehículos son una auténtica maravilla, todo lo que rodea al coche deja bastante que desear. Por supuesto ya sabrás por dónde van los tiros, mi queja es hacia a la red de recarga y a la inversión necesaria para igualar las capacidades de un coche de combustión.

    Los primeros coches eléctricos se pasaron de modernos. La mejor herramienta lleva años existiendo

    Si echas un vistazo a la portada de Motor.es o a la de cualquier medio especializado en motor verás cientos de noticias sobre nuevas baterías, nuevos coches con mayor autonomía, milagros de grafeno o aventuras de titanio. El uso de los condicionales es muy habitual; podría, quizá, sería... La mayoría de las noticias transmiten ánimos y esperanzas, principalmente para la captación de inversores, pero también para el público en general. Sin embargo, de poco sirven esas noticias, promesas y esperanzas si en el mundo real no hay donde enchufar el ecológico coche eléctrico.

    Todo esto viene a colación del reciente viaje que he hecho por carretera durante mis vacaciones de verano. Un viaje de 2.300 kilómetros que me hubiera sido casi imposible completar en las mismas condiciones si hubiera dispuesto de un coche eléctrico. Durante esos kilómetros he tenido tiempo para reflexionar sobre esta estrategia comercial emprendida por las brillantes mentes de los políticos de la Unión Europea, los cualespretenden plantar cara al calentamiento GLOBAL, con medidas LOCALES. Al parecer son firmes defensores de la teoría de que cada grano, cuenta.

    El motor diésel fue inventado en 1894. Hablamos de una tecnología con 127 años de historia y de constante evolución. Los bloques de gasoil actuales poco o nada tienen que ver con los motores de hace 20 años o incluso cinco años. Los ingenieros siempre han reconocido que todavía hay formas posibles de crear motores más ahorradores, menos contaminantes y más potentes. Entonces, ¿por qué se los está dejando morir? Por política.

    El confort representa una ventaja de los coches eléctricos, aunque no todos son iguales

    Los políticos de alto rango, los que toman decisiones que afectan a la vida de todos, suelen actuar por interés en breves periodos de tiempo. El cortoplacismo es habitual entre políticos. Toman decisiones durante cuatro años, principalmente pensadas para tratar de ganar las siguientes votaciones, y si hay algún problema que se lo coma el que viene. Así estamos como estamos, y si no fíjate en la política nacional energética desde los años 80. La situación actual es resultado de esas políticas o no-políticas desde hace treinta años.

    Somos una nación muy dependiente de la energía y los recursos materiales que producen otros. Eso nos deja en una posición muy desfavorable a la hora de tomar ciertas medidas o decisiones. No hay más que ver los precios actuales del mercado mayorista de la energía. Nuestros queridos políticos, tanto los de un lado como los de otro, han obviado durante décadas los problemas que nos han llevado al punto actual. La Unión Europea tampoco es que esté favoreciendo nuestros intereses, pero es lo que implica no tener una posición dominante en el mercado energético; lo poco que puedas opinar es ignorado con gracia torera.

    Se ha dejado en manos de empresas privadas la construcción de la red de recarga del coche eléctrico. Si bien es muy eficiente desde un punto de vista económico nacional, es un auténtico peligro para los usuarios. Somos uno de los países de la Unión Europea donde hay menos puntos de carga para vehículos eléctricos, apenas 1,1 por cada 100 kilómetros de carreteras. Por supuesto, la mayor parte de esos puntos se instalan en entornos urbanos, haciendo casi imposible el poder viajar tranquilamente con un coche eléctrico.

    Las mejoras en la tecnología han convertido los coches actuales en ordenadores con ruedas

    Ante este panorama es completamente lógico que seamos uno de los países de la zona UE donde menos coches eléctricos se venden, apenas supera el 2% del parque es eléctrico. Y mejor no entrar en detalle sobre el mix particulares-flotas porque sería mejor coger un saco de pañuelos. El coche eléctrico no cuaja entre los particulares porque no es una herramienta que mejore a la actual. Diversas encuestas develan que un alto porcentaje de conductores quieren dar el salto al coche eléctrico, pero a día de hoy es inviable tomar tan drástica decisión. Y eso es algo que va a prolongarse durante varios años.

    Durante mis 2.300 kilómetros no he tenido en ningún momento la sensación de quedarme tirado. En el mapa del navegador han figurado recurrentes puntos donde encontrar mi zumito de dinosaurio, como algunos electrofanáticos tildan al diésel y a la gasolina. Y lo siento mucho, pero para mí eso es calidad de vida. Para mí es sinónimo de que una tecnología es funcional y viable, y que realmente sirve para el propósito que se le presupone. Así de simple y así de sencillo.

    Muchos interpretarán estas palabras como apología del coche de combustión y una firme oposición al coche eléctrico, pero nada más lejos de la realidad. Por mi trabajo, tengo la suerte de poder probar cientos de coches al año, y cada vez me gustan más los coches eléctricos. Soy uno de esos conductores que quieren dar el paso, pero no soy nada partidario de arrojarme al vacío, porque la red de seguridad todavía tiene agujeros muy grandes por los que colarme.

    Cada vez quedan menos berlinas como el 320d Touring. Las echaremos de menos

    Soy una persona que vive en un piso de Madrid y que no tiene plaza de garaje propia. Como yo hay varios millones de españoles que no tienen la capacidad ni la suerte de poder instalar un punto de carga doméstico. Y seamos sinceros, de poder instalar ese punto me serviría para mis recorridos diarios y algún que otro escarceo de media distancia. Superados los 300 kilómetros empiezan los problemas, y da verdadero pánico comprobar cómo empiezan a dispersarse los puntos del navegador que indican la presencia de puntos de carga.

    A día de hoy tener un eléctrico es jugársela, y sinceramente paso de jugármela. Igual me podría arriesgar si tuviera algún aliciente más, como por ejemplo un coche más barato. Pero ese es otro problema, que por muy verde que pintan al coche eléctrico, el único verde que realmente importa es el verde de los billetes. El precio medio de un coche nuevo comprado en España no llega a los 18.000 euros (dato oficial del Ministerio del Interior). El precio medio de un coche eléctrico en España es casi el doble. Así que estás pagando el doble de dinero, que posiblemente no tengas, por un producto que no te va a servir el 100% de las veces.

    Un coche es, por norma general, la segunda compra más cara que realizamos en nuestra vida, justo por detrás del techo bajo el que dormimos. Cuando se compra un coche se suele hacer con un alto factor emocional, pero también con una importante consideración práctica. Generalmente se busca algo polivalente que sea capaz de adaptarse a nuestra rutina, a nuestros objetivos y a nuestro presupuesto. En el mercado existen infinidad de coches diésel o de gasolina que cumplen con todos estos requisitos, pero no se puede decir lo mismo del coche eléctrico, no al menos de momento.

    El peso de la carga afecta a los eléctricos. Quitando kilómetros a una autonomía de por sí escasa

    En todas mis experiencias con los coches a pilas el momento de la recarga ha sido siempre el punto culminante para rechazar el salto a la electricidad. La diversidad de puntos, sistemas, plataformas, empresas y cables es todo menos cómodo, práctico o eficiente. La recarga y su infraestructura es ilógica y estúpidamente compleja. Y eso me lo parece a mí, que tengo en el móvil instaladas varias aplicaciones para poder recargar y sé manejarlas. Imagínate una persona de mediana edad que su máxima complejidad es la de conectar una manguera a la boca de combustible de su viejo coche de combustión.

    Nos quedan muchos años para que el coche eléctrico sea una alternativa real para todos los conductores. O al menos deberían quedarnos algunos años más, pero no. La Unión Europea ha puesto fecha de caducidad al mundo tal y como lo conocemos: el 2035. En poco más de 13 años tenemos que cambiar nuestra forma de concebir la movilidad. Aseguran hacerlo por nuestro bien, y confían en que los fabricantes den respuesta a una situación que ellos mismos han provocado.

    Para fomentar esa transición ecológica los Gobiernos nacionales están lanzando programas de ayuda a la compra de vehículos electrificados bajo una premisa; cuanto más electrificado más ayuda. Una mala gestión de esas inversiones está provocando un desequilibrio en la igualdad. Los costes y penalizaciones de quien se compra un coche de combustión de 18.000 euros se destinan a sufragar las compras de quien se puede permitir comprar un coche eléctrico de 40.000 euros. Tan sencillo y tan simple como eso.

    Con más de 1.000 kilómetros de autonomía, un diésel actual supera con creces a un eléctrico

    Estoy a favor de dar ayudas para la compra de coches eficientes, pero me parece demasiado radical el plan que tienen en mente nuestros políticos. Se conseguiría mucho más si se ayudara a la gente a cambiar su viejo diésel por uno más moderno con unas emisiones considerablemente inferiores, en lugar de obligarle a pasarse a una tecnología que ahora no le resuelve la vida. Las emisiones se reducirían mucho más ya que habría mucha más gente dispuesta a dar el cambio a la espera de una movilidad eléctrica realmente funcional. 2.300 kilómetros dan para muchas reflexiones como podrás estar viendo.

    Pero parafraseando al gran Francisco Umbral: Me van a disculpar que yo he venido aquí a hablar de mi prueba. Todo esto ha surgido a colación del BMW 320d Touring que he tenido durante mis vacaciones y que me ha hecho pensar en la pérdida irreparable que el mundo está sufriendo con la desaparición de la última generación de motores de combustión. En su momento ya había tenido ocasión de probar el BMW 320d Touring y, ahora al igual que entonces, he quedado tremendamente satisfecho con la experiencia.

    Tiene todo lo que se le puede pedir a una berlina alemana de carácter premium y motor diésel de media potencia: Calidad, confort, equipamiento y bajos consumos. En todo ello resulta excelente. Basta decir que durante todo el trayecto el consumo medio final marcado por el ordenador de a bordo ha sido de 5,2 litros por cada 100 kilómetros recorridos. Si las matemáticas no fallan he consumido 119,6 litros de diésel, unos 180 euros en total. ¿Mucho? Si lo comparas con una tarifa eléctrica sí, pero si analizas el factor tranquilidad, es ínfimo.

    El 320d Touring me ha dado la libertad de poder ir donde quiera sin importar las distancias. Me ha dado la libertad de coger la ruta que me ha dado la gana sin importar la cantidad de enchufes disponibles en ella. Y sobre todo me ha dado la libertad y la tranquilidad de saber que con un depósito de combustible puedo hacer más de 1.000 kilómetros sin parar a rellenar mi zumito de dinosaurio. Calidad de vida.

    La aceleración de un coche eléctrico es mayor, pero el hombre no vive solo de acelerón en acelerón

    Algunos dirán que voy en contra del mercado o en contra del medio ambiente, pero nada más lejos de la realidad. Voy en contra de las proclamas sin sentido, de las políticas sin fondo y de las desigualdades que se están creando. El simple hecho de tener un coche viejo o un coche de combustión te tilda de criminal, y eso no me gusta. No me gusta que me obliguen a adquirir una herramienta que no me vale, y no me gusta que me mi vida se tenga que ver comprometida por esa herramienta.

    Al igual que estamos lejos de la conducción autónoma, estamos lejos de ver una realidad eléctrica 100% fiable y funcional para todos. En los poco más de 13 años que restan para el 2035 muchas cosas tienen que cambiar. Algunos afirman que hay tiempo más que suficiente, pero un servidor lo duda mucho en un país con uno de los parques automovilísticos más ancianos de la Unión Europea. Solo el tiempo dictará sentencia, pero o los políticos empiezan a hacer políticas sensatas, a tomar medidas lógicas para combatir el calentamiento GLOBAL o nos espera un mal futuro.

    Decir adiós a coches diésel como el magnífico BMW 320d Touring es un desastre ecológico increíble, no ahora, pero sí en unos años cuando la demanda de energía eléctrica obligue a quemar combustibles fósiles a un ritmo muy superior al actual porque de lo contrario no habrá suficiente electricidad para abastecer a la red. A favor del coche eléctrico estoy, pero no de su obligatoriedad. Concibo un mundo multiplataforma, donde cada conductor pueda disponer de la herramienta que mejor se adapte a él. Un mundo donde los eléctricos estén presentes, al igual que otras tecnologías como el hidrógeno o los biocarburantes. Mucho nos ha costado llegar hasta aquí y no es justo cargárnoslo en el último momento.

    Terra, eléctricos y herramientas: reflexiones de 2.300 kilómetros en un BMW diésel