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    ¿Tan malo es ser un 'chico malo' del automovilismo?

    Una palabra fuera de tono, una defensa expeditiva o un contacto polémico suele ser suficiente para pedir la cabeza de un piloto, sobre todo cuando este arrastra un historial.

    En esta pieza, reflexionamos sobre como se percibe de forma un tanto injusta al piloto que se sale de la norma, y su idoneidad en el mundo de las carreras.

    Allá por 2011, la compañía telefónica Vodafone, por aquel entonces patrocinadora principal de McLaren, inició una estrategia publicitaria, que se prolongó al año siguiente, en el que capitalizaron el rol que el equipo en general, y Lewis Hamilton en particular, tenía para una importante parte de la afición española a la Fórmula 1 tras los sucesos de 2007 con Fernando Alonso. El anuncio, de ejecución bastante simple, pero efectivo en su mensaje, cita a numerosos antagonistas de obras clásicas de ficción mientras Hamilton mira a la cámara con cara de pocos amigos, antes de "asustar" al espectador.

    "Cuanto mejor es el malo, mejor es la película", sentencia la voz en off. Y no le faltaba razón. Hay muchos aspectos intrínsecos al mundo del automovilismo que atraen a quienes, en diferente grado, lo siguen, algunos de ellos intangibles y otros más evidentes, y eso se extiende a la percepción que el aficionado medio puede tener de un piloto de carreras. Antaño concebidos como pioneros al borde de la muerte, y convertidos a posteriori en ricos 'playboy' que desafiaban a la parca por el ansia de velocidad (siempre generalizando, claro), la mayor exposición mediática de la Fórmula 1 desde los años 70 plantó en la mesa, como toda buena película, a los tipos buenos y a quienes se ponían en su camino, los cuales no siempre han gozado del mismo seguimiento.

    En otras circunstancias, incluso en las grandes rivalidades de la historia de la Fórmula 1, los protagonistas han saltado de un lado a otro de una fina línea narrativa cuyos límites están muy poco definidos. Como si de lucha libre se tratase, pasando de 'heel' a 'face', y viceversa (aunque sin guión en estos casos... mayormente), algo a lo que los grandes pilotos de las últimas cuatro décadas siempre se han visto expuestos en mayor o medida. Nada raro tratándose de un deporte que lleva las emociones y la adrenalina, en ocasiones, a puntos incomprensibles para quienes no se han sometido a tal montaña rusa, y en el que la cada vez mayor seguridad les permite tomar riesgos antes impensables.

    Como en la práctica totalidad de los aspectos de una sociedad que aún lidia con los cambios que esto genera, las redes sociales han proporcionado un altavoz con el que la afición se pronuncia, llegando a veces a influir el destino del deporte a medio plazo, y esto también se aplica al siempre complicado mundo fan, una guerra de trincheras y emociones exaltadas en la que la inmediatez permite disparar con bala sin que nunca falte munición. Todo se escudriña, todo se analiza, todo se comenta y todo está sujeto a la crítica, por lo que encontrar una opinión de consenso es prácticamente una improbabilidad estadística si se excluyen situaciones demasiado obvias.

    El último Gran Premio de Gran Bretaña fue un buen espejo de todo esto, desde antes de que hubiese un piloto en pista: Max Verstappen ha estado sujeto a duras críticas por sus palabras respecto a participar en otras disciplinas, en las que muchos han visto una crítica velada a Alonso al afirmar que se lo plantería cuando fuese "viejo y lento": durante la carrera del domingo, volaron numerosas especulaciones acerca de una estrategia coordinada de Ferrari, después de que uno de sus coches golpeara a un Mercedes en la salida por segunda vez en tres carreras: y, como viene siendo habitual, el equipo Haas recibió un espectacular número de críticas por la actividad en pista de Romain Grosjean y Kevin Magnussen, algo heredado de actuaciones anteriores en las que se dejaron un buen número de puntos por riesgos o errores innecesarios.

    Basta darse un garbeo allá por donde se puedan encontrar aficionados a las carreras en su red social de preferencia para ver toda clase de comentarios. Muchos en el calor del momento, y otros más en frío, que en ocasiones hacen pensar a uno que el significado de la palabra "hipérbole" se queda a veces frío. Y no es algo de lo que uno pueda renegar como si se tratase de algo ajeno; todo el que sigue algo por pasión puede verse sujeto a una opinión poco o nada acertada, incluyendo quien escribe estas lineas. El problema llega con la percepción general de que muchas de estas opiniones sentencian que estos pilotos criticados no merecen estar en la Fórmula 1 por sus acciones o palabras, o cuestionando la calidad de los mismos por esos hechos.

    Y aquí es cuando yo me planteo esta pregunta: ¿de verdad es tan malo que haya 'malos' en las carreras? ¿Merece la pena indignarse tanto con algo que, al fin y al cabo, no hace más que aportar al conjunto de la historia con un contrapunto más que necesario? Sin ir más lejos, muchos de estos casos escenifican actitudes que una parte de la afición echa en falta respecto a 'los viejos tiempos' (clásico adagio nostálgico), pero que luego se critican sin piedad por no ser apropiados, correctos o, simplemente, por ir en contra de a quien uno anima.

    Siempre se ha criticado que todos los pilotos sean lo que en el mundo anglosajón se conoce como 'PR machines' (máquinas de Relaciones Públicas), gente que selecciona cuidadosamente cada palabra que dice, siempre alineados con la visión del equipo, sin ofrecer nada interesante o que denote algo de personalidad. Líneas y líneas de comunicados y con las mismas declaraciones cada fin de semana, los mismos 'looking forward', el mismo quedabienismo. ¿No es refrescante tener a alguien que, por una vez, no considera Le Mans u otras grandes competiciones algo a desear en el punto actual de su carrera, con la clase de declaraciones que contravendrían hasta al 'community manager' más atrevido?

    Que no se me malinterprete: considero que la Fórmula 1 tiene, desde el inicio de la era Bernie Ecclestone, un elitismo y desprecio espectacular como órgano colectivo hacia todo lo que está fuera de su paddock, cultivado a lo largo de varias décadas, y que costará erradicar, y Verstappen es un exponente más de ello con unas palabras mal elegidas y peor formuladas, más aún cuando, al escucharlas, uno detecta el mismo tono semi-bromista que el holandés suele emplear, como en aquel caso del "cabezazo". Sí, ha de trabajar en ello porque no se le entienden las bromas, y escritas quedan aún peor. Pero no por ello no tiene derecho a tener esa opinión. Es más, me gusta que haya alguien que piense diferente y tenga la suficiente confianza para decirlo públicamente, incluso cuando lo que dice no sea de mi agrado.

    La cosa no termina ahí. ¿acaso no es "muy sencillo" adelantar en determinados circuitos desde que se introdujo el DRS? Perenne crítica cada vez que un piloto adelanta cual obús a otro (en especial cuando es un coche de los tres equipos grandes recuperando posiciones). ¿Por qué nos extraña, entonces, que pilotos como Magnussen recurran a defensas muy duras para conservar su posición? ¿Pretendemos que se resigne y ceda el lugar solo porque el de atrás se ha acercado lo suficiente antes de apretar el botón? Siempre y cuando se mantenga dentro del reglamento, incluso al borde, toda defensa expeditiva debería ser bien recibida. Y eso incluye a su compañero Grosjean, el cual estaba en su derecho de mantenerse por el interior de Sainz en Copse antes de perder el tren trasero. Se accidentaron, si. Fue culpa de Grosjean, si. Pero lo hizo con el afán de conservar posición y plantar batalla, y eso siempre contará con mi aprobación.

    De todos modos, soy de la opinión pública no tiene verdadera constancia de lo que hoy día puede suponer un auténtico "chico malo", un piloto ganador, pero con una actitud digna del mismísimo James Dean en "Rebelde sin causa". Por ello me habría encantado ver en la Fórmula 1 a Paul Tracy, un tipo que, a su máximo nivel, fue capaz de ganar a algunos de los mejores pilotos del mundo en la IndyCar con maniobras espectaculares, pero que fue despedido en dos ocasiones por accidentarse demasiado, que incurrió en algunas confrontaciones físicas con otros pilotos e incluso su propio jefe de equipo y que, en general, vivía su vida en el mismo tren punk de frenesí: dinero, Harley-Davidsons, coches de lujo, Las Vegas... Demasiado para la F1, quizá, donde un "Suck my balls, honey" ofende como si de una rodilla al descubierto en 1926 se tratase.

    Por supuesto que a todos nos gustan los pilotos divertidos, carismáticos y que despliegan un gran talento dentro y fuera de la pista. ¿Quien no disfruta con un Ricciardo, un Leclerc, un Ocon? Pero ellos deben coexistir con los que tienen otras formas de ver las carreras, de nuevo, tanto dentro como fuera. De igual forma que pilotos menos espectaculares, pero igualmente efectivos (Bottas, Pérez), han de tener su hueco por mucho que se opine que no merecen sus asientos por "no ser pilotos de raza", también lo tienen los que optan por aceptar que en la guerra, aunque sea deportiva, hay que usar todos los recursos disponibles, Incluso aunque puedan resultar antipáticos, creídos, chulos, prepotentes y endiosados. Todos ellos, atributos otorgados a los Hamilton, Vettel, Alonso...

    Por supuesto, hay límites, claros y concisos, que ningún piloto debería traspasar, y esto se vio también durante este fin de semana en Fórmula 2 con el caso de Santino Ferrucci, un hijo de millonario que se ha labrado una fama pésima con los años por su actitud dentro de los equipos, cuyos resultados nunca han apoyado tales formas (un detalle importante si decides ser un capullo, con perdón de la palabra), y cuya verdadera piel ha quedado expuesta al gran público con una actitud chulesca, abusiva, peligrosa y condescendiente hacia su compañero, su equipo y los estamentos reguladores del deporte, algo que nunca, jamás, debería ser permitido. Con fortuna, si lo que Trident ha publicado se cumple, no se permitirá.

    Esta es la clase de persona que debería estar fuera de un paddock. No los Grosjean, no los Magnussen, no los Ericsson, no los Vettel, no los Verstappen, no los Hamilton. Es la clase de persona que deberían hacer apreciar a la gente que, aunque un piloto no sea de su agrado por una cosa o la otra, es un "mal necesario", un malo al que mola odiar. Un malo que ha de existir para dar sentido a las victorias de los buenos, para que los buenos también sepan lo que es perder y, por qué no decirlo, para que su trabajo, tan duro como el de cualquier otro, se vea recompensado. Unos malos que no merecen ser tratados como Ferrucci trataba a su compañero, o peor.

    En la película 'Rush', Niki Lauda, fantásticamente intepretado por Daniel Brühl, comentaba en referencia a James Hunt que necesitaba a alguien así para que le "tocaran las pelotas". Al fin y al cabo, por algo el cine de las dos últimas décadas ha popularizado tanto el concepto del anti-héroe, con tantas o más sombras que luces. Y si existe un consenso más o menos amplio en que combinar el factor deportivo de la Fórmula 1 con el factor espectáculo de Hollywood, bandas sonoras incluídas, es lo correcto, quizá sea bueno abrazar esa tendencia. Benditos malvados.

    Fotos: Red Bull Content Pool / Haas F1 Team

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