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GP AustriaMemorias de Austria 2002: la victoria más sonrojante

Gran Premio de Austria de F1. Mayo del 2002. Sobre el podio del circuito A1 Ring, tres pilotos, en orden distinto al que habían conseguido, en el orden en el que deberían haber terminado. El ganador, cediendo los honores al segundo, y el segundo, aceptando esos honores con una sonrisa de lamento. Abajo, el equipo de ambos celebra la victoria más sonrojante.

En 2001, Juan Pablo Montoya lideraba el Gran Premio de Austria, pero tenía pegado tras de sí, encabezando un tren de pilotos, a Schumacher, que intentó pasarle y acabó fuera de la pista por la excesiva dureza de Juan Pablo, que defendió su posición rozando la ilegalidad pese a no tener los neumáticos en el mejor estado. Schumacher perdió varias posiciones y tuvo que remontar hasta el tercer puesto. El liderato de carrera lo había recogido David Coulthard, su mayor rivalidad por el campeonato. Segundo era Barrichello, compañero de Schumacher, que en la última vuelta dejó pasar al alemán por orden de su jefe, Jean Todt, para impedir que Coulthard sacara seis puntos a Michael en lugar de cuatro.

Aquel terminó siendo el cuarto título de Schumacher. No tenía tantos problemas en 2002, cuando la distancia con la que llegaba a Austria era de 21 puntos (el ganador recibía 10 y el segundo 6 puntos) con respecto al segundo, Juan Pablo Montoya. Y menos aún tras cruzar la línea de meta en el circuito A1 Ring en primera posición, siendo Montoya tercero. Pero las gradas, lejos de celebrar la victoria de Michael, comenzaron a silbar. Pitidos y gestos con los pulgares hacia abajo, y los narradores televisivos hablando de vergüenza, cargando incluso contra un Schumacher que, lo único que había hecho, había sido mantener el Ferrari dentro de la pista para acabar la carrera.

Schumacher volvió al pit-lane y allí estaba su hermano Ralf, que había felicitado al segundo clasificado, Rubens Barrichello, y que miró a su hermano mayor con cara de circunstancia, sin saber bien qué decir. Lo primero que hizo Michael fue abrazar a su compañero Rubens, dándole algún tipo de explicación mientras los aficionados ponían banda sonora al momento a base de silbidos y abucheos. La conversación finalizó con Barrichello dando un pequeño golpe cariñoso en el casco del ganador de la carrera, con una expresión de “no pasa nada, qué le vamos a hacer”. Y ambos se dirigieron hacia el podio.

Al aparecer en el lugar donde recibirían los premios, Juan Pablo Montoya ocupó el tercer escalón y Barrichello el segundo. Sin embargo, Schumacher subió al segundo y empujó a Rubens al primer cajón, al del vencedor del gran premio. Las gradas, que aún seguían con sonido de viento, cambiaron entonces la melodía y comenzaron a aplaudir. Sonó el himno alemán, aunque quien se encontraba en el puesto de ganador era un brasileño. Schumacher solo accedió a compartir el primer escalón con su compañero mientras se escuchaba el himno italiano en honor a Ferrari. Cuando recibió el trofeo por haberse llevado la carrera, se lo entregó a ‘Rubinho’ y recogió el de segundo clasificado.

Poco después los tres pilotos abandonaron la plataforma de podio, con Barrichello portando la copa más grande de las tres. El brasileño había tenido que renunciar a la que sería la segunda victoria de su carrera, tras la pole que había logrado el sábado y habiendo dominado durante todas las vueltas del domingo. Schumacher agradecía a su compañero los puntos, pero no se declaraba feliz. Tampoco Rubens lo estaba. Lo que había sucedido, ya lo habrán adivinado o recordado, era que Barrichello, a falta de pocos metros para terminar la carrera, se apartó dejando pasar al alemán para que Michael aumentara su ventaja de puntos en el campeonato con respecto a Montoya. Años después, Barrichello declaró que Ferrari le había amenazado durante las últimas ocho vueltas para que se dejara pasar, yendo incluso más allá de su contrato.

“¿Qué por qué no le dejé pasar hasta los últimos metros? Porque entré en la última curva decidido a no dejarle pasar. Pero al final…”.

Las órdenes de equipo eran legales hasta aquel momento, estaban permitidas y, aunque éticamente quizás no era lo más acertado, no se salían del reglamento. Sin embargo, todo el mundo entendió que aquella vez no le hacía falta a Michael, que acabó sacando a Montoya 94 puntos (el ganador recibía 10, por lo tanto la distancia fue de más de nueve carreras). La FIA no pudo hacer más que aplicar una multa de medio millón de dólares (que debía ser pagada a medias entre Ferrari, Schumacher y Barrichello) por el intercambio de posiciones y trofeos en el podio. Y, a partir de ahí, las órdenes de equipo pasaron a ser ilegales.

Barrichello había preguntado a los ingenieros si Schumacher quería realmente pasarle, pero los trabajadores de la Scuderia le habían respondido que el alemán no tenía que decidir sobre eso. Posteriormente, Rubens supo que Michael sí había estado al tanto. Las órdenes de equipo se pueden disimular, pero lo que el mundo vio aquel día de Ferrari, la escudería más laureada y admirada de la historia, fue una victoria sonrojante.

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