Virutas F1 Mascletá F1

Hey, Chase, la Fórmula 1 necesita su propia Superbowl. Tu que andas buscando soluciones, ideas potentes, y la manera de que los que pagan sus entradas se lleven una experiencia mejor a su casa después de haberse dejado una media de 300 machacantes por la entrada, has encontrado la solución, la tienes delante de tu cara.

El ejemplo a seguir lo tienes en esa ciudad con nombre de dos palabras y en la que los coetáneos de Asterix el galo se dieron mamporros contra los romanos cuando las carreras eran de cuadrigas: Le Mans.

La Fórmula 1 anda en proceso de transformación, el público pide una vuelta de tuerca y estamos en un momento crítico ante la explosión de las opciones de ocio. Al paso al que se pierde audiencia en televisión, la asistencia a los circuitos padece una flojera palpable ante lo costoso de las entradas, y un espectáculo que no es peor que el de hace años, pero el personal quiere más y resulta necesario dárselo.

Uno de los problemas es que alma de las carreras puede cambiar poco. El principio de todo consiste en mecanismos complejos de cuatro ruedas que arrean a todo meter, que representan la cúspide de las prestaciones y que se conducen al límite con idea de llegar antes que los demás sin que el resto haga el porras. Este eje cartesiano permite pocos cambios, y cualquier variación al alma de la competición tiende a la astracanada; hay muchos ejemplos de experimentos que han acabado en charlotada.

Si lo de dentro no se puede cambiar, sí que se puede cambiar lo de fuera. Existe una pauta común en fútbol, baloncesto, fútbol americano, el baloncesto de la NBA, o hasta el golf con eventos magnos como la Ryder Cup o algún torneo de esos en los que reparten chaquetas de colores y millones a mazo a los ganadores: todos tienen ‘una gran final’. Esa suerte de mascletá que remata una serie de acontecimientos previos es típico, no sólo del deporte sino de otros lenguajes de la vida y el espectáculo. Las diversas Operaciones Triunfo tienen su gala final, el cine tiene sus Oscars, o hasta en los colegios, institutos y hasta parvularios tienen la verbena de fin de curso, que ahora se llama pomposamente “graduación”. Incluso cada temporada tenemos un cumpleaños, y hay hasta quien lo celebra.

Muchos deportes cuentan con un evento final que proporciona mayor interés al campeonato.

Que sí, que sí, que todo esto está muy bien, es fácil de disfrutar, cada vez va a más pero, ¿por qué la F1 tiene… nada? La carrera de Abu Dhabi es un remate excelente para la totalidad del calendario, pero con su increíble entorno, su hotel de precios disparatados y sus fuegos artificiales no pasa de ser una carrera más. Para más inri no siempre ofrece carreras especialmente divertidas, y a veces se llega a ella con el título ya en manos del afortunado que toque y si te la pierdes tampoco es un drama. Esto, tal y como la fisonomía de este deporte dictamina, es muy difícil de cambiar, así que si la F1 quiere tener sus Sanfermines, aunque haya corridas de toros cada fin de semana, si quiere su traca dabuten, tendrá que crearla desde cero y el ejemplo a seguir es Le Mans.

El WEC tiene un Campeonato del Mundo que está muy bien. Tienen varias categorías, es competido, hay marcas involucradas, deja espacio a los revolucionarios con inventos raros y esto llama la atención de público y marcas. De forma paralela a su programa anual, conjunta y valoraticia, añade la guinda al pastel: las 24 Horas. Es un evento especial, gigántico, excesivo se mire por donde se mire, pero los aficionados lo están esperando todo el año.

Le Mans es un evento especial, gigántico, excesivo se mire por donde se mire, pero los aficionados lo están esperando todo el año

Esto es algo que no ocurre en la Fórmula 1, con un calendario que se está estirando como el muñeco ese que le tiras de los brazos y se alargan hasta un metro sin romperse. Los de Liberty dicen que quieren más carreras, y tié pinta de que el almanaque va a engordar. Si todo fluye como es debido, nos vamos a plantar en las dos docenas largas de fines de semana de aquí a poco. Cuantas más carreras, menos valor mediático tendrá cada una de ellas, que se irán diluyendo en el imaginario público por su exceso (aunque vengan de perilla para facturar). La conclusión es sencilla: o haces algo realmente especial, algo extraordinario, algo extra, o poco a poco te irás deslizando y por diversas razones en la irrelevancia.

Le Mans tiene varias lecciones para la Fórmula 1. Los gabachos son unos tíos caracterizados por tener pocos prejuicios. Los inventores del 2CV, de la Torre Eiffel, de los pintores impresionistas, los que trajeron el Mirage y el Concorde crearon su propia revolución francesa automovilística con sus 24 Horas sin ejemplos en los que fijarse. Avanzaron y ahora pueden dar clase a otros. Una semana de festejos al modo de las Fallas valencianas o la Feria de Sevilla, crean una suerte de peregrinación a la aldea de El Rocío de la velocidad donde todos quieren ir, y no solo eso: todos quieren volver, porque no van a una carrera sino que asisten a una experiencia.

Lección 1: Accesibilidad

Una de las cosas que más sorprenden del circuito de La Sarthe es que, agárrate, una hora antes de la carrera la parrilla de salida está montada y el público entra en ella… alucina. Sí, entra en ella, en la parrilla de salida, la gente, los que pagan su entrada. Es el culmen de una capacidad infinita de poder ver y hasta tocar lo que en la F1 sólo se quinca por la tele pero no ya sólo en la cabalgata previa por las calles de la ciudad, o en las verificaciones al principio de la semana, sino en la propia pista.

El paddock está dividido en dos áreas: en la que las escuderías conviven, y en la que los equipos trabajan. Aunque todos los equipos de las diversas categorías estén juntos, hay dos partes diferenciadas: la de estar y la de currar. Los visitantes pueden entrar de forma bastante abierta a la segunda en muchos momentos de la cita. Ven a los pilotos, cosa rara de cojones hasta para acreditados en la F1, y hasta los tocan…

Lección 2: Retroactividad

Aunque algunos aún no se hayan dado cuenta, estamos en el Siglo XXI y el mundo se ha vuelto interactivo. La gente ya no quiere vivir su vida sentada como en el teatro; quiere hacer cosas, quieren ser protagonistas. Antes un medio de comunicación era la tele. Te sentabas y te echaban contenidos sin más posibilidad que cambiar de canal. Ahora un medio de comunicación es Facebook, por ejemplo, y a través de él hablas con el presidente de tu gobierno, con Lewis Hamilton o hasta puedes poner un fotomontaje al lado de una supermodelo para reírte con tus amigos. El mundo se ha vuelto mucho más participativo. Selfies, retweet, interactividad, blog, youtuber, y porqué no, egotrip, son términos inexistentes hace unos años y que ahora invaden nuestras vidas, nos rodean, no podemos escapar.

El WEC tiene Le Mans y la IndyCar las 500 Millas de Indianápolis. ¿La F1? más de una veintena de carreras de similar importancia que se diluyen entre sí.

En la Fórmula 1 te sientas en una grada, miras y poco más. En el mejor de los casos miras y te comes una salchicha. Y si además te sobran 400 leuros miras, te comes una salchicha y puedes salir disfrazado de Fernando Alonso. Liberty hace esfuerzos, pone unas bailarinas, unos simuladores, y en la Fan Zone llevan en algunas carreras a los pilotos que hablan, responden a preguntas de los presentes y tiran alguna gorra. Si la F1 quiere entrar en el futuro ha de apostar por esto, pero no diez euros, sino diez millones.

Los pilotos tienen mil cosas que hacer. Reuniones con ingenieros, con patrocinadores, hacerse fotos con los de la pasta… tienen hasta que correr. No puedes estar tirándoles de una correa como cuando llevas al perro a donde no quiere ir cada fin de semana, pero sí puedes hacerlo un fin de semana al año en el que se rindan ante esto. Alonso es alérgico a la gente, al barullo, a las comparecencias públicas, pero en Le Mans parecía estar encantado. En Indy 500 también, aunque son performances únicas y de manera anual. Circo sí, pero una vez, y nadie se negará. Ese día, esa semana, la F1 será Trendin Tropic -o como se diga- a nivel planetario, en todas partes, y hasta en Andorra. Será la gente la que se encargue de promocionarla a cambio de un selfie.

Lección 3: (como diría Máximo Décimo Meridio en “Gladiator”), “Gánate a la gente”

La clave, la verdadera clave de Le Mans, no son los coches, eso es su motor. El alma de Le Mans lo aporta la gente. Sin gente no hay Le Mans, ni marcas, ni coches, ni salchichas, ni tele, ni nada. Por eso en lugar de ponerles una valla, hay que darles una catapulta. Se gana mucho más con entradas a ochenta euros y llenar aquello, que elitizar el conjunto “a lo Bernie” con poca gente, pero poniendo la taquilla como si fuera Fort Knox. La receta ecclestoniana funcionó, gracias, pero se puede dar elitismo sin quitar espacio a la plebe en un movimiento más de estos tiempos. Antes volaba en avión la jet set y hoy vuela cualquiera, los BMW eran propios de guiris millonarios y hoy te los venden a 170 euros al mes, los cruceros por el Caribe se pueden financiar a razón de cien mensuales. 


Le Mans crea un evento integral en el que la ciudad, los aficionados, los equipos y pilotos forman parte del espectáculo.

El mundo es otro, más accesible, y la Fórmula 1 no puede vivir en su cáscara para ricos. En Roma consiguieron conjugarlo bien cuando Ben Hur era el Schumacher de la época. Los cálculos más pesimistas dicen que en el Circo Máximo entraba un cuarto de millón de pares de chancletas, y sin embargo los emperadores tenían su grada VIP sin problema alguno. Tu mete gente, los patrocinadores se pondrán más contentos, cobra barato, y ya le quitarás el dinero en las copas, el merchandising o los negocios paralelos. Hablando de negocios paralelos: Le Mans está infestado de ellos y no sólo funcionan, sino que realizan una tarea promocional de alucinar. Los daneses tienen su camping, los ingleses hasta hacen un boquete en el suelo y montan una piscina en cuyo baño cobran entrada, o lo de montar barbacoas mueve otro tipo de negocios. A base de abrir la mano se crea un ‘tejido industrial’ alrededor del evento que vuelve a dar un empujón hacia arriba al conjunto. En lugar de limitar, licenciar, y no querer ganarse hasta la última chapa, se crece.

El mundo es otro, más accesible, y la Fórmula 1 no puede vivir en su cáscara para ricos

çAnte todo esto, el Grupo de Trabajo de Virutas de Goma le propone a la Fórmula 1 que se vayan buscando una pista centroeuropea, con historia ya labrada, bien comunicada, amplia, con instalaciones hosteleras asequibles y sobre todo mucho espacio a su alrededor para montar el magno evento unitario del que carece. Necesita añadir algo así, que no hará peor al resto y que le empuje desde el punto de vista mediático y espiritual hacia arriba. Luego, si quiere hacerlo puntuable o no, dar doble de puntos al que gane, que los pilotos corran por un millón de euros, si quiere poner la parrilla invertida, si quiere hacerles correr a todos de forma unitaria con coches de Fórmula 2, si alguna marca les quiere poner a correr con coches de calle y un aficionado de cada país subido al lado para luego subastar esos coches con fines benéficos, poner coches eléctricos, si quiere hacer experimentos raros como carreras de uno contra uno, eliminatorias, o lo que se les ponga en la imaginación… que lo hagan. Nadie va a perder con esto y ellos van a ganar.

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