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    No habrá paz para...

    ​El destino es un tremendo confabulador y tiende de forma mecánica y absolutamente previsible a compensar lo que de bueno y malo reparte. A Fernando Alonso parece que su destino le hizo el favor de su vida cuando en 2005 una buena noche le dejó debajo de la almohada el título de Campeón del Mundo más joven de la historia, el primero para un español, el año siguiente fue el bicampeón más precoz y unos cuantos récords más.

    Las hazañas de Fernando reventaban los audímetros, y los españoles nos volvimos locos con un deporte que hasta la fecha salía de refilón en los diarios, con noticias de diez líneas, y la foto nos la teníamos que imaginar. A partir de su llegada los diarios deportivos, nacionales, locales y hasta de barrio abrían sus portadas con aquel tipo melenudo que gritaba toma-toma-toma; nació la Alonsomanía. Todo se resume en una frase de Jesús Fraile, el hombre de TVE en la Fórmula 1, “todo… es… histórico”, porque lo era, nunca antes, y con toda seguridad, tampoco después.

    En uno de aquellos pódiums de aquel 2005, Ron Dennis le susurró al de Oviedo aquella frase “why don´t you join us?”. Alonso le giró su cabeza y le sonrió. Le gustó aquella otra música, y en diciembre anunció que en 2007 correría para McLaren. La temporada siguiente disputó su segundo, y último título, rodeado de una escudería que sabía que iba a salir por la puerta nada más apagarse los motores. Ambas partes cumplieron con elegancia, el segundo entorchado llegó, y la celebración del título duró apenas hora y media en un garito brasileño. ALO ya pensaba en el color cromado de su McLaren, pero no sabía lo que le estaba esperando tras la puerta.

    El bicampeón no se equivocó al decidir, se fue al mejor equipo y con el mejor coche, es lo que hubiera hecho hasta el más zoquete de los pilotos. En 2007 Kimi Raikkonen no ganó el título; se lo llevó. Sin quitar mérito a su concurso, lo hizo porque fue McLaren quien lo perdió en base a una gestión torpe. Mala atmósfera, rumores de sabotaje, errores raros dentro del box… a Alonso le bastaba con que le hubieran ayudado un poco para que el título fuera suyo, pero no cayó esa breva. Desde entonces —quedó a un punto— jamás ha tenido una corona más a mano, y todo ha sido una dura cuesta abajo desde el plano de los resultados.

    Tras el lógico cabreo se marchó del mejor equipo y con el mejor coche a uno que sabía que eran capaces de construir bólidos ganadores. El problema fue que el ciclo triunfal dejó exhausto a un equipo que pertenecía más a la zona media que a la alta y no pudo mantener sus capacidades. Llegó el Singapurgate, la salida de Briatore, y la carrera de ALO quedó muy ensombrecida a pesar de su indudable valía al volante. Fue un viaje baldío, cerrado con una decisión lógica, pero con resultados pobres.

    “Hace un día maravilloso, vienen al menos dos títulos, debería apostar dinero”

    El sueño de cualquier piloto es vestir de rojo alguna vez en la vida. El aura de honor, brillo, pasión e historia que emana desde Maranello no tiene parangón en el resto de escuderías, ninguna brilla tanto. De la unión del considerado el mejor piloto con el mejor equipo tenía que salir algo bueno. Había fuertes rumores, era un secreto a voces, y la llegada previa del Santander a la Scuderia hizo encajar las piezas. Con el dinero del banco se abonó el finiquito de un Kimi que dejaba fríos a los gestores encarnados, y el de Asturias llegó con más ganas que nunca a un equipo que necesitaba un líder así. Aquel año sólo ganó apuestas el que contra todo pronóstico apostase contra el matrimonio… tuvo que hacerse de oro.

    Recuerdo aquel día. Estaba comiendo en un restaurante de playa en Málaga rodeado del equipo del programa de Carlos Herrera. Alguien me mandó un SMS en el que se leía “lo sueltan mañana”. Me quedé callado entre aquel animado grupo. Miré el plato de gambas en el centro de la mesa, miré por la ventana y hacía un sol radiante. Me dije sonriendo: “hace un día maravilloso, vienen al menos dos títulos, debería apostar dinero” (y menos mal que no lo hice).

    Alonso tuvo muchos días maravillosos como aquel, vestido de rojo. El problema es que poco a poco el camino se fue tornando en tortuoso según iba conociendo las interioridades de un equipo desordenado y que funcionaba a golpe de puñetazo en la mesa, y e el que no iban bien demasiadas cosas. Cinco años, 1.826 días más tarde, salió por la puerta lleno de resquemor, sin los al menos dos títulos que mereció embolsillarse, y seguramente muy triste. “Con estos no voy a ganar, y si hay alguna posibilidad es con McLaren”.

    Después de decirse lo peor, y cagarse en sus muertos respectivos de forma discreta, Ron y Fernando decidieron enterrar el botón nuclear que en su momento activaron en un año terrible para ambos. Llegó Honda, los mismos que propulsaron la temporada más demoledora de un equipo en toda su historia con quince victorias de dieciséis salidas en aquel inolvidable 1988, y muchos babearon sólo al imaginar algo parecido. Si alguien lo pudiera conseguir, eran ellos. El trío Honda-McLaren-Alonso podría ser imbatible, pero… Honda tarda demasiado en entender los misterios de unos motores con los que tuvieron problemas todos, y McLaren parece estar en un valle de gestión como el que vivió Fernando a su paso por Ferrari, con cambios de dirección, de propietarios, sin apenas patrocinadores.

    En cuanto a Alonso, afirma estar como nunca, sigue siendo una referencia, pero el tiempo pasa para todos y aunque no baje los brazos es evidente que sabe que este año… tampoco. No existe una vara infalible de medir su estado de forma, y el bicampeón no suele decir cosas que no piensa. La diatriba es que su aportación a la velocidad del monoplaza es escasa, no porque no exista, sino porque apenas puede mejorar un coche que en los tests de pretemporada nunca ha podido estar a menos de dos segundos de los mejores registros. Tan sólo en una ocasión, con neumáticos ultrablandos y sin Mercedes en pista pudieron estar a 1,7 segundos de un Ferrari.

    Si Obama se vendió a sí mismo en las elecciones de hace ocho temporada con el “yes, we can”, en Woking solo pueden decir de forma lastimera y absolutamente dolorosa para todos, “no, nosotros no podemos”. No habrá Alonshow y esto es una desgracia para todos. Para el equipo, para la Fórmula 1, para los aficionados y en especial para el tripulante con más brillo del MCL32.

    Fernando Alonso, el otrora ogro-para-todos, es ahora un inopinado pasajero que impotente ve como a su alrededor hay un puñado de Fórmulas 1 y él va subido en un Fórmula 2. ¿Ha elegido siempre mal? No, seguramente y con los datos que ha barajado y ante las opciones que ha tenido, haya elegido siempre lo mejor. El drama es que sus opciones siempre han funcionado mal. Es como comprarse un Audi “y que te salga malo”. A veces pasa, y el coche de los cuatro aros es el un 99,9% de las ocasiones un coche excelente, magnífico… pero a ALO le han salido malos prácticamente todos.

    En otra vida, Alonso tiene que haber sido un verdadero esgraciao, porque en esta su destino le está pasando todas las facturas posibles. De aquella tuvo que haber generado un petrolero repleto del peor de los karmas que se vuelve ahora contra él, y como diría Carlos Jesús, "esto no lo soporta ningún humano", y Fernando lo es. Nosotros también. Sigh…

    Fotos: McLaren F1

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