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OpiniónFernando, ahora entiendes lo que Indianápolis significa

Tras la participación casi idílica de 2017, Alonso ha pasado por una edición catastrófica en la que ha experimentado la cara más amarga de la mítica prueba.

Después de lo ocurrido este año, una futura victoria en Indianápolis implicará algo más que la consecución de la Triple Corona.

Apenas podía contener la emoción, y no era para menos. Era el 24 de mayo de 1992, y Al Unser Jr. acababa de conseguir su primera victoria en las 500 millas de Indianápolis al imponerse por 43 milésimas a Scott Goodyear, en el que aún es el final más apretado de la historia de la prueba. Con ello, Unser Jr. conseguía al fin quitarse la pesada mochila que le había perseguido desde su debut como profesional 10 años antes en Riverside, pese a ser uno de los pilotos más talentosos de su generación.

Su figura estaba notablemente eclipsada por los antecedentes familiares: su padre Al Unser había ganado la Indy 500 en cuatro ocasiones, y su tío Bobby Unser en otras tres. Su mejor oportunidad acabó en un accidente peleando la victoria con Emerson Fittipaldi en 1989, y en 60 carreras de óvalo en IndyCar apenas había conseguido dos victorias, ambas en un 1990 en el que se proclamó campeón. Por todo ello, cuando el reportero Jack Arute le hizo saber que notaba "lágrimas en su voz", Unser Jr. le respondió: "Es que no sabes lo que Indy significa".

El momento en el que Al Unser Jr. es entrevistado en el Victory Lane de Indianápolis, y su "You just don't know what Indy means".

Aquella frase pasó a ser célebre de inmediato, y la más escueta representación de lo que supone hacerse con el triunfo en Indianápolis. Unser Jr. ganó en su décima participación, pero el récord en este sentido le corresponde a un Sam Hanks que ganó tras 13 intentos en 1957, retirándose nada más beber la leche. En la parrilla actual hay dos pilotos que han esperado incluso más que Unser Jr: Tony Kanaan se impuso en 2013 en su 12ª Indy 500, y el vigente ganador Will Power lo consiguió a la undécima. En ambos casos, las emotivas celebraciones de dos pilotos que ya habían ganado campeonatos, al igual que Unser Jr., pusieron de manifiesto que aquella frase, 27 años después, sigue estando vigente.

Durante su participación en 2017, Fernando Alonso tuvo oportunidad de entender la relevancia de las 500 millas de Indianápolis, y lo que podría significar ganarla. Su participación fue prácticamente rodada, con una adaptación veloz, un coche aún más veloz y una buena carrera en la que llegó a liderar vueltas. Ni siquiera la rotura de motor pudo empañarlo del todo, encuadrada como estuvo dentro del tercer y último acto en la tragicomedia de McLaren con Honda. Alonso se fue, en líneas generales, con un buen sabor de boca, y la promesa de regresar para perseguir la conquista de la Triple Corona.

En esta edición, no obstante, Alonso se ha visto en la otra cara de la moneda, al vivir en primera persona un elemento que no fue siquiera una posibilidad dos años atrás, la pelea por meterse en la parrilla. La participación de altos vuelos de McLaren, con objetivos más elevados pese a la falta de experiencia como equipo independiente en Indianápolis, se tornó en un cúmulo de despropósitos organizativos que rozaron la falta de profesionalidad, y cuando estos permitieron correr a sus coches, ni la fortuna climatológica ni la competitiva acompañaron cuando debían.

Todo lo que podía salir mal, salió mal, lo justo para que, en dos días consecutivos, una distancia de milésimas dejase al equipo fuera de la carrera ante estructuras con una ínfima parte del presupuesto que McLaren dedicó a esta carrera, e incluso con deterrentes similares como destrozar el chasis primario. Alonso tuvo oportunidad de vivir en Indy su primera frustración continuada por los problemas mecánicos, su primer accidente, su primera sucesión de luchas a cara o cruz en el borde del abismo contra el cronómetro y un muro invisible de falta de velocidad, y la sensación de vacío cuando el Brickyard, implacable dama que elige a sus ganadores, le denegó la entrada para el espectáculo del Día de los Caídos.

Aunque los ejemplos mencionados arriba corresponden a pilotos que tardaron mucho en ganar, el caso de Alonso es más comparable con el de varios nombres de gran postín, incluida media docena de campeones del mundo, que han sido víctimas de la dura clasificación para la Indy 500. Pocos han conseguido su primera victoria después de quedarse fuera: le ocurrió en los inicios de su carrera a Buddy Lazier, Tom Sneva, Rick Mears y, de forma más destacada, Graham Hill, el hombre al que Alonso intenta emular, y cuyo primer intento en 1963 resultó todo un fracaso con un coche nada competitivo.

La experiencia de este año quizá sirva para que Alonso, quien ya entendía muy bien la importancia de la Indy 500, haya apreciado también el valor que tiene el simple hecho de clasificarse. Las cuestiones sobre si Alonso volverá, el cuando y el cómo, no tienen respuesta ahora mismo, pero si algún día consigue hacerse con la victoria, esta tendrá mucho más significado para él que si la hubiese conseguido hace dos años, e irá más allá del simbolismo de la Triple Corona. Porque ahora, quizá, Alonso sí entiende lo que Indy significa.

Fotos: IndyCar Media

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