Irán 2026: la nueva crisis del petróleo es sinónimo de nuevas oportunidades

El recalentamiento de las relaciones entre Estados Unidos -y aliados- y la teocracia iraní pone a medio mundo al borde de una crisis muy grave de suministro de energía que impactará en la economía global. Tal vez sea el momento de recordar lecciones pasadas y ya sabidas.

Irán 2026: la nueva crisis del petróleo es sinónimo de nuevas oportunidades
Al presidente Donald Trump no le salen los planes como pensaba... - Generada por IA

Publicado: 29/03/2026 10:00

13 min. lectura

Los dirigentes de Estados Unidos e Irán se tenían muchas ganas desde 1979, cuando los radicales islamistas echaron al sha, Reza Pahlevi, un cómodo aliado de EEUU, e instauraron una teocracia que cambió la nación persa por completo. Y dada la tensa relación de Donald Trump con los ayatolás, que viene de años atrás, el resultado estaba casi cantado.

Una vez más, la inestabilidad en Oriente Medio pone en jaque la seguridad energética de aquellas naciones que no disponen de recursos propios. Pasó en 1973, 1979, 1990... Cuando se cierra el grifo del petróleo a lo bestia, las naciones industrializadas se ponen a régimen, y los que no pueden pagar los apreciados barriles sufren mayores trastornos que surtidores al alza que los bolsillos medios pueden asumir.

El Estrecho de Ormuz se ha convertido en un cuello de botella de algo más que barcos petroleros

En el sudeste asiático podemos citar a Bangladesh, Camboya, Filipinas, Indonesia, Sri Lanka, Tailandia y Vietnam como las más afectadas. Los medios de comunicación reportan problemas de suministro que obligan al racionamiento tanto para particulares como para empresas, con colas históricas para conseguir combustible. O naciones africanas que directamente se han quedado sin prácticamente nada y no se pueden permitir importar a precios elevados por falta de divisas.

Irán es uno de los principales enemigos naturales de Estados Unidos desde la caída del Sha de Persia en 1979, ya que este era aliado de la potencia americana

No solo eso, Corea del Sur, Hong Kong, Japón o Singapur, extremadamente dependientes del petróleo que venía por el Estrecho de Ormuz, tiene sus reservas tiritando ante la dificultad de conseguir otros suministradores incluso pagando el barril al precio que haga falta. ¿Y Rusia? Ucrania lleva meses reventando refinerías con misiles y drones, y ya ha neutralizado el 40% de su capacidad exportadora. Algunos países europeos también están imponiendo restricciones, siendo Eslovenia el primero en imponer un racionamiento.

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Irán se está defendiendo con ataques a Israel, las bases de EEUU y las petromonarquías del Golfo Pérsico con una lluvia de misiles y drones

Las lecciones de 1973 están ahí para el que quiera recordarlas. Las naciones deben mirar por su independencia energética, a ser posible con recursos propios, y por tanto reducir su dependencia de terceros países. Por aquel entonces había unas brechas tecnológicas muy difíciles de salvar a corto y medio plazo, lo que provocó cambios económicos estructurales, pero esta vez las cosas son diferentes aunque el daño económico será persistente.

Uno de los principales motores de la ruptura con el petróleo es la energía renovable, la cual puede obtenerse con fotovoltaica y termosolar, eólica, hidroeléctrica, geotérmica (si bien es más complicada de implantar) y maremotriz. La intermitencia asociada a esas tecnologías puede resolverse con almacenamiento en forma de baterías de escala de megavatios, bombeo a presas e incluso en forma de calor con ciertas sales. ¿Y la nuclear? Una opción para el que ya tenga reactores, pues no se montan de un día para otro, precisamente, y los «portátiles» tienen un suministro limitado.

La ecología y la economía convergen en un interés común

A un tal James Carville se le atribuye la famosa cita de «¡Es la economía, estúpido!», que data de 1992, cuando Bill Clinton estaba en campaña para ser el próximo POTUS, y significa que la economía está por encima de otras consideraciones. Dicho de otra manera, el que no quiera acelerar su transición a las energías limpias puede tener un motivo mucho más poderoso que el evidente, la ecología. Sólo hay que hacer números adecuadamente.

Un aliado natural de la energía renovable es el vehículo eléctrico, ya que permite la máxima conversión de energía en movimiento útil por sus reducidas pérdidas «del pozo a la rueda» y, obviamente, «del tanque a la rueda». Dicha tecnología estaba en 1993 en pañales, pero hoy día está mucho más preparada para una mayor escala. El argumento puede convencer tanto a países ricos, como Noruega, como naciones tan humildes como... ¡Etiopía!

Pensando a muy largo plazo, la electricidad también puede acabarse convirtiendo en combustibles sintéticos para vehículos de combustión interna y aquellos sectores que, por su naturaleza técnica, son muy difíciles o imposibles de electrificar con la tecnología que conocemos hoy. Pero para plantearnos dicho escenario, la energía renovable disponible debe ser muy abundante y, sobre todo, barata. De otra forma, mejor no entrar en dicho jardín.

Antes del doloroso despertar de 1973, la industria de Detroit no estaba muy preocupada en popularizar la eficiencia, más bien todo lo contrario, hasta las altas prestaciones se acercaron al consumidor medio

A muy corto plazo, es más probable que veamos cambios de uso del parque móvil. Ya sea por imposiciones de los gobiernos o por la vía voluntaria, en un contexto de energía más cara se tiende a ahorrar, reduciendo las frecuencias de uso o tratando de ajustar consumo en general. Eso tiene límites. En la década de 1970 se vieron restricciones de conducción algunos días de la semana y límites de velocidad en naciones como Holanda, Austria, etc.

No podemos esperar que este cisco se solucione pronto, incluso si mañana mismo EEUU e Irán se funden en un fraternal abrazo. El caos logístico se tarda en solucionar, y eso partiendo del supuesto de que no han quedado dañadas infraestructuras por meses... o años. Y me temo que hay mucho que reparar en las naciones del Golfo Pérsico, en Rusia, e incluso en Venezuela, tras años de malas decisiones y corrupción sistémica.

Considerando tal horizonte, puede que veamos de nuevo, como en 2022, destrucción permanente de demanda de energía fósil, con repuntes en ventas de vehículos electrificados y todo lo que eso implica en otros sectores como el de los cargadores, baterías estacionarias, instaladores de sistemas de autoconsumo, y un largo etcétera. El dinero es, por naturaleza, un gigantesco cobarde que se dirige siempre hacia la seguridad.

Los fabricantes europeos, al igual que los japoneses, diseñaron coches muy eficientes antes de que el petróleo dejase de ser «infinito y barato»

En las décadas de 1970 y 1980, los fabricantes japoneses se beneficiaron bastante del shock que supusieron las crisis del petróleo de 1973 y 1979. Por razones de política medioambiental y fiscal doméstica, se habían acostumbrado a hacer coches eficientes y austeros. Esta vez, es China quien se puede frotar las manos con una industria sobredimensionada de vehículos eléctricos para su mercado interno, y que está como loca por exportar. Los japoneses esta vez no están tan preparados.

En la estrategia china, el vehículo eléctrico es fundamental, por eso se han asegurado durante años las materias primas necesarias y su procesamiento

Se da la paradoja de que el principal contaminador del mundo es uno de los principales impulsores de la electromovilidad y las energías verdes. Esto se entiende mejor cuando se ven sus datos de producción de vehículos enchufables (lo que llaman NEV), el ritmo al que están desplegando eólica y fotovoltaica, y cómo han pasado de tener ciudades irrespirables a paraísos urbanos de cielos azules. Llevan años planificándolo.

Son malas noticias para aquellos fabricantes que habían visto un filón en la relajación de normativas medioambientales a ambos lados del Atlántico, eufóricos de poder seguir apostando por el negocio tradicional de los motores de combustión interna -incluyendo híbridos-, y con poco o ningún margen de reacción ante otro cambio estructural que no han visto venir. «¡Es la economía, estúpido!»

La política de la Unión Europea a favor del vehículo eléctrico -al carecer de emisiones de carbono directas- puede convertirse en una fortaleza, y no en una debilidad

Si nos centramos en la Vieja Europa, en poco tiempo puede cambiar la percepción negativa de la política comunitaria que apostaba por la descarbonización -es decir, menos energías fósiles- desde una perspectiva más ecologista -cumplir con los Acuerdos de París de 2015- que economista. Lo que algunos consideran «ideología», no está lejos de convertirse en una solución realista para el medio y largo plazo.

Se pueden repetir las medidas aplicadas en los años 70, poner el transporte público gratis, afeitar los impuestos hasta que las cuchillas hagan sangre en las finanzas, reducir jornadas (o apostar por el teletrabajo), imponer límites de 90 o 100 km/h... Todo eso son parches para evitar un desastre inmediato, simples paliativos. Lo que realmente protegerá a los europeos de la próxima catástrofe energética es... lo mismo que se dijo en los 70: independencia energética, diversificación y descarbonización.

A buen seguro, los analistas estarán pendientes de cambios en la mentalidad de los consumidores. Esto no significa que de la noche a la mañana se disparen las ventas de eléctricos, nuevos y usados, y mucho menos que empiecen a construirse centrales nucleares nuevas. No obstante, el que sepa ver con tiempo esas tendencias y pueda hacer algo al respecto, estará en una situación mucho más ventajosa en los años venideros respecto a quien se ha pillado los dedos con el capó.

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