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Fórmula 1El síndrome Lotus

La victoria no es sólo cuestión de contar con un monoplaza y un piloto que te permitan optar a ella. Las carreras de coches, por mucho que en ocasiones nos resistamos a admitir, son un deporte de equipo. Y, en lo que a la Fórmula 1 respecta, lo que sucede al otro lado del muro de boxes puede llegar a ser tan importante -al menos- como lo que sucede dentro de la pista.

Con la venta del equipo Renault a Genii Capital en 2010, el posteriormente renombrado equipo Lotus adquirió una línea ascendente que vivió sus mejores años con Kimi Räikkönen, Romain Grosjean, Eric Boullier y James Allison como principales activos del equipo. El equipo de Enstone, que venía de años muy duros en la época del retorno de Fernando Alonso y el posterior ‘Crashgate’ que terminó con Briatore y Symonds fuera de la Fórmula 1, recibió constantes alabanzas por su creciente rendimiento deportivo y empresarial que les convirtió en el equipo de moda.

Pero la realidad de las temporadas 2012 y 2013, en las que Lotus consiguió un total de 24 podios pero sólo dos victorias, es que se perdieron muchas oportunidades por el camino. Tanto el E20 como el E21 fueron coches ganadores, especialmente el primero. No los mejores del año, ni tampoco tan consistentes como para luchar por el título. Pero sí lo suficientemente buenos como para haber conseguido alguna victoria más con la mínima degradación de neumáticos y una nada desdeñable velocidad -especialmente en carreras calurosas- como carta de presentación. Aquella fase fue fantástica para el equipo, pero también es cierto que se cometieron errores de bulto en la gestión de las carreras, la interpretación de lo que los neumáticos podían dar de sí, en las paradas en boxes y, también, entre el volante y el asiento.

Que Lotus no fuera un equipo grande ni se esperara de él que se codeara con Red Bull, Ferrari o McLaren instauró en el ambiente la opinión generalizada de que el rendimiento global del equipo fue de sobresaliente. Desde luego, en lo que a marketing y desarrollo empresarial se refiere, Lotus se convirtió en un referente indiscutible en el paddock. En la pista, no tanto.

Williams recuerda en muchos aspectos a aquel equipo Lotus que, por desgracia, hoy vive una situación muy distinta. No podemos negar ni obviar de dónde viene Williams. Ni más ni menos que de un lugar muy similar al que ahora ocupa McLaren: Un monoplaza lento y que se rompía (aunque en el caso del equipo de Grove eso era más responsabilidad de los pilotos), que contaba con escaso patrocinio y sin sensación de tener una dirección clara a seguir.

Tras la marcha de Toto Wolff, muchos creímos que aquello supondría la estocada definitiva. Pero Claire Williams, hija de Sir Frank, ha demostrado que sabe muy bien lo que hace y, sobre todo, que sabe ejecutar adecuadamente una de las reglas más importantes de la Fórmula 1: “para dirigir un equipo no es necesario saber de carreras, sino rodearse de la gente adecuada”.

Williams es, actualmente, un equipo renovado, con futuro y pionero en muchos aspectos, además de haber sabido diversificar su actividad para encontrar rentabilidad. El problema es que aún no es un equipo ganador. Hace demasiado tiempo que la gloria abandonó a Williams y el miedo a perder de los equipos de media tabla se hace patente cada vez que tienen una oportunidad. Viven obsesionados con aprovechar las oportunidades de sumar puntos sin arriesgarse a un cero de uno de sus coches. Conseguir el objetivo de final de temporada en lugar de buscar la gloria, aunque sólo sea por un día. Y, quizá, ¿no inquietar más de la cuenta a su socio más importante, Mercedes? Quizá.

“No hay un claro piloto número 1 porque ambos son un número 2 de libro”

Williams sabe hacer coches competitivos y los sabe evolucionar a lo largo de la temporada. Llevamos dos años comprobándolo. Pero no sabe ganar y, por desgracia, tampoco cuenta con un piloto ganador. Ni Massa, ni Bottas -que han demostrado ser muy rápidos cuando las circunstancias son las adecuadas- van a poder suplir las carencias estratégicas o la falta de carácter en el muro de su equipo. Ninguno de ellos podrá contrarrestar un mal día en el muro como sí lo han hecho en el pasado Alonso, Hamilton o Vettel. Ninguno de ellos se ha ganado el derecho a que el equipo tenga muy claro qué piloto es la referencia en pista, dando lugar a episodios de indecisión en pista sobre quién debe lanzarse a por la victoria, pese a quien pese. Como diría un sabio del mundo del motor como Carlos Oliden: “no hay un claro piloto número 1 porque ambos son un número 2 de libro”.

Williams ha vuelto de las profundidades del infierno para volver a ser un grande de la Fórmula 1, pero aún debe librarse del ‘Síndrome Lotus’ si quiere volver a ganar. Quizá esa sea la tarea más compleja que tiene entre manos Claire Williams.

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