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    Capítulo 6The italian job: Maranello, the experience

    La visita a la cuna de todos los Ferrari que ruedan por el mundo es una experiencia en si misma. Maranello es una ciudad-parque temático donde el rojo te envuelve, el ruido de los ocho cilindros te arrulla, y el alma de Enzo te acompaña.

    Los ejes sobre los que bascula la visita pastoral a la capital del planeta Ferrari son varios. La vieja puerta de acceso a la factoría es una de ellas aunque tenga unas cuantas, e incluso más grandes. La Ferrari Store y el restaurante Cavallino son de parada obligatoria, y no pasar por el Museo debería estar directamente penado. Todos ellos son puntos de encuentro de los miles de aficionados a la marca roja o a la Fórmula 1.

    En la Zona Cero roja coinciden los tres primeros espacios en menos de veinte metros a la redonda, todos alrededor del número 4 de la vía Abetone Inferior. La barrera de entrada a las entrañas de la cripta encarnada impide el paso a vehículos no autorizados, y a su izquierda los tornos hacen lo propio con las personas que acceden a pie.

    Así son las mesas en el Maranello Café.

    Justo enfrente, el Ristorante Cavallino, donde Enzo tuvo una sala permanentemente reservada acoge a precios comedidos y excelente cocina al visitante hambriento. En su decoración hay motores, cascos usados por diversos pilotos, fotografías y recuerdos repletos de historia. Cuando muchos de los comensales llegan piden “lo que comía Il Commendatore”, y los encargados sonríen, nada sorprendidos. Justo enfrente y en los bajos del Hotel Planet, reside el Corte Inglés rojo.

    Tiene dos entradas flanqueadas cada una por un vehículo emblemático; a un lado F1 de 2002 aún con las pegatinas de Kimi y al otro un Dino del 68. Los dos brillan, relucen como si estuvieran iluminados por dentro. Cuatro chicas que no llegan a la treintena van vestidas como el personal de la escudería, de rojo de arriba a abajo, y atienden amables nada más poner el pie en el establecimiento. No se pueden hacer fotos, igual que en las boutiques de firmas de moda.

    Este Ferrari F2002 da la bienvenida a los visitantes en la tienda de Ferrari.

    No es por el contenido sino por el continente. Las estanterías, diseño y estilismo está registrado y si lo quieres copiar tendrás que hacerlo de manera muy disimulada o te llamarán la atención. El catálogo es increíble. Perfumes, gorras, ropa de calle, de estilo deportivo, réplica de las de carreras o de lujo, zapatos de la marca personalizados para Ferrari, juegos de maletas, portafolios de ejecutivo, relojes caros y baratos, memorabilia e incluso una sección de juguetería y ropa infantil. El producto más barato es un bolígrafo que cuesta catorce euros, y el más caro un peluco Hublot serie limitada por el que piden veintinueve mil del ala, los mismo que cuesta un Giulia de 200 caballos.

    Neumáticos usados, alguna fotografía, pantallas con vídeos de carreras, y una pequeña colección de piezas que una vez viajaron en algún monoplaza completan en escenario. Todo lo que se ve menos las estanterías (y las chicas) está a la venta. Unos piñones de la caja de cambios a ochocientos leuracos, un tubo de escape por cinco mil; las gorras desde treinta y cinco. Pocos libros. Si vas a pisar el establecimiento, llévate una tarjeta de esas que no tienen límite. O mejor dos, por si logras alcanzarlo con la primera.

    Un Ferrari enjaulado frente al Museo.

    Te cruzas con un grupo de japoneses, impecables. Se dan un aire al chino aquel que cantaba lo del Gangnan Style y sospechas que con lo que cuesta lo que llevan puesto los ocho podrías pillarte un Ferrari bajo de la gama. Ropa exclusiva, zapatos de piel de serpiente, y pelucos Richard Mille en la muñeca. Una de ellas, una verdadera modelo con piel de porcelana, va encaramada sobre unos interminables tacones y cuando sale a la calle en dirección hacia el restaurante Cavallino mira aterrada al suelo. Bajo el edificio hay un parking y a alguien se le ocurrió poner ahí una rejilla de salida de gases.

    El problema no es que se acabe viendo como Marilyn Monroe en La tentación vive arriba, sino que se quede ensartada por los pies en tan endiablada trampa arquitectónica. Para evitarlo el pibonazo de ojos rasgados prefiere vadearla tirando por el césped del ajardinado que rodea la tienda. Sus amigos se ríen y la tía güena consigue no quedar atrapada en la maléfica hierba andando de puntillas. Uno de ellos se planta delante de la tienda para hacerse un selfie que le hacen casi todos los demás con sus teléfonos. Se conoce que debe ser en realidad el chino del Gangnan Style. O es muy popular o es el que paga la factura de la excursión italiana.

    En Maranello se pueden hacer cosas como tomar un café junto a uno de los V10 rossos.

    Te encaminas hacia el museo de Enzo y casi acompañas en el trayecto a otro grupo de turistas, hay muchos. Saltan en lo que duran dos vueltas a Monza de la Ferrari Store al museo rojo, situado a unos trescientos metros. Un 458 que pasa acelera hasta las 6.000 vueltas, los pájaros del parque cercano ni se inmutan, acostumbrados, y los guiris con bolsitas rojas en mano, jalean al propietario del pie responsable del trueno gasolinófago. Si en Londres un exceso con el acelerador es óbice de que un madero te extienda una costosa receta por valor de un puñado de libras esterlinas, en Maranello se celebra como un gol de la Liga de las Estrellas. Como consecuencia, la pasión te envuelve y te unes al coro. Donde fueres, haz lo que vieres para no desentonar.

    “¡Paco, Paco! ¡no te me muevas que te voy a hacer una foto!”, se escucha desde el parking frente al museo Ferrari. Una imsersionaria le chilla a su consorte so pena de perderse la oportunidad de inmortalizarle frente al monoplaza enjaulado que da la bienvenida al visitante. Paco obedece y el tiempo se congela en el frío corazón de un teléfono hecho en Corea del Sur. Vienen desde Barcelona en dos minibuses. Todos acarrean la consabida bolsita roja. No falla, los españoles vamos dando la nota allá donde lleguemos. Por un momento tu imaginación se dispara y piensas en cómo sería la llegada de Colón a América en tiempos de las redes sociales.

    ¿Museo? Antes de entrar puedes sentarte en su cafetería, donde tienes la oportunidad de tomarte un algo al lado de un V10 auténtico. Te acabas la consumición, pagas y tiras para dentro tras abonar los quince leuros de la entrada. Tu espíritu gamberro se la juega a la chica de la puerta. Cuando dispara su pistola láser contra el código de barras de tu entrada pegas un salto, exhalas un pequeño chillido de dolor ficticio y te encoges. La chica se asusta. Te ríes. Ella también pero sabes que por dentro se está cagando en tus muertos más frescos. Disimula bien, es amabilísima y va vestida de rojo, tal y como lo haría un mecánico de la escudería en el Gran Premio de Mónaco.

    Dentro reside una porción de paraíso para ferraristas, Fórmulaunistas, gasolinómanos y frikis varios con un nexo común: la velocidad. Monoplazas de diversas eras, GTs rojos, modelos de calle, surtidores de gasolina, y coches campeones conviven en varias estancias. En una pared hay varios volantes que puedes agarrar y girar con la misma fuerza que necesita Sebas Vettel para hacer girar su bólido. Vibra y se agita, y cuando lo sueltas te hormiguean las manos. JBL, el fabricante de altavoces, tiene conectados unos a una pantalla capaces de emular los sonidos de los F1 de varias generaciones. Tocas los botones y eliges el tipo de motor, y el momento de cuando se tomó el sonido como el encendido, salida de carrera, cambio de marchas, reducciones.

    El V10 resulta sonoramente hipnótico. Frente a él los coches campeones del mundo a un lado, y a otro las fotos y cascos de los pilotos rojos que salieron coronados al final de un calendario. Justo encima de ellos reposan los 109 trofeos recabados (hasta la fecha de la visita). Se ven algunos logos del Santander, los rojos chinos, un par de murciélagos valencianos, uno de plástico reciclado en Brasil, una torre de Telefonica logrado en Montmeló, algunos de cristal, de porcelana impresionante colección.

    Antes de la salida más coches de calle, algunos simuladores y unos plafones que cubren las obras de ampliación que se inauguraron un par de semanas después. Pegada a la puerta, la inevitable tienda, donde las dependientes resoplan al ver como por fin se marcha el colegio que les han descolorado todos los estantes. El museo recibió en 2016 a 344.000 visitantes, veinte veces la población de la ciudad. Abre 363 días al año, y cierra el día de Navidad y el 1 de enero, que la torta del festejante champán hay que asimilarla dignamente.

    Sales a la calle y resuena el eco de un acelerón. Es un irreverente Lotus de color amarillo. Los operarios que pintan la fachada miran de reojo, y con medio cigarro en la boca sueltan un “porca miseria” maldiciendo al conductor del atrevido deportivo británico. Hace unos años Audi montó un anuncio muy divertido con un R8 encarnado paseándose por las mismas calles. Las reacciones fueron gemelas a las de la ficción alemana: no sois bienvenidos aquí e id a tocarle lo que cuelga a otros. Justo frente al recinto y en una escondida esquina tras un parking aparece una tienda donde venden productos textiles y merchandising de Lamborghini. Chirría, desentona. El dependiente suspira solitario en su interior.

    A espaldas del museo, y entre el campo de fútbol y el instituto Enzo Ferrari transcurre “el camino de la historia”. Se trata de un paseo ajardinado que muestra deportivos Ferrari a modo de estatuas ecuestres. ¿De qué color es el suelo por el que a pie o en bicicleta puedes verlos todos? Vaya pregunta: es rojo, en una suerte de alfombra permanente de esa tonalidad. Incrustados en el cemento encarnado que pisas al caminar se encuentran placas metálicas con el nombre de los modelos escritos con la tipografía de la marca.

    De la que abandonas la ciudad, ya cayendo la noche, rodeas la imponente factoría de Ferrari para echar un último vistazo y desembocas en una calleja al norte del complejo con un nombre que te golpea las meninges: vía Nuvolari. De repente, tu ego más gamberro te invade y sientes una pulsión que te inspira llevarte un souvenir pagado con dinero público. La jugada es completamente indebida e ilegal pero comienzas a maquinar cómo demonios derribar el poste que sujeta ese letrero. El coche de alquiler tiene un seguro a todo riesgo y planificas la velocidad que necesitas para tumbar esa insigne porción de mobiliario urbano con el que llevarle un recuerdo a tu amigo Josemi, que lo agradecerá.

    Dos metros y medio de altura, el amparo de la oscuridad, y un impacto directo dirigido a la base del poste. ¿Saltará el airbag? ¿Aparecerán los carabinieri? ¿Me detendrán y dormiré en el cuartelillo? De ser así ¿me devolverán el dinero del hotel? De repente aparece como un brillante ectoplasma de película el espíritu de Enzo en blanco y negro que con cara de pocos amigos y sin mediar palabra, me dice que no moviendo la cabeza y su índice de lado a lado.

    Te lo piensas mejor, el sentido común se impone, la educación y el respeto debido te domina, y te marchas sin la placa. Mejor. La cama del hotel Globo es mejor que la de la fría celda de los municipales. Además, su atractiva conserje habla español y apenas tiene trabajo. Ahora si que ahora si que puedes decir que es tu día, chaval.

    Próximo episodio: Si Maranello es El Vaticano rojo, el Montana es La Capilla Sixtina. En él, Rosella y Maurizio echan de comer al caballo.

    Fotos: José Manuel Zapico

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