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    Virutas F1De arañas, serpientes y ruidos

    El Renault R25 es más pequeño y lento, pero suena mucho más temible.

    Cuentan los que lo vieron que tras unos test de MotoGP en Malasia los de las motos arrearon hacia Jerez a seguir con sus entrenos y probaturas. Un desafortunado mecánico abrió una de las cajas procedentes de Sepang y se encontró una desagradable sorpresa.

    Hubo dos versiones: los que salieron disparados hacia la izquierda, y los que salieron disparados hacia la derecha. Y es que aquella serpiente polizona, de la que se hizo cargo el zoo de la ciudad, pesaba del orden de quince kilos.

    De todas las especies animales que pueblan el planeta Tierra el animal más espabilado de todos parece ser la especie humana, pero biológicamente no dejamos de ser unos bichos más. Y como bichos, respondemos a estímulos ancestrales muy marcados en nuestro ADN tras milenios de depuración y pruebas fallidas. En el pódium de estos estímulos se encuentran las arañas, las serpientes y los ruidos. Algunos ruidos.

    Ha sido un ruido el que nos ha sacado a todos de un ensimismamiento

    Como si de un depredador se tratase, ha sido un ruido el que nos ha sacado a todos de un ensimismamiento, y ha ejercido de llamada de atención a varias alturas. Entrevistas interrumpidas, pilotos iPhone en mano a retratar el momento, calandraca mediática, digital, tuitera e incluso televisiva ante un descubrimiento para muchos: los Fórmula 1 meten ruido. Bueno… la frase más precisa podría ser, «los Fórmula 1 de antes meten el ruido que no meten los de hoy».

    El equipo Renault quiere a toda costa recaudar resultados en su transmutación a Alpine F1 y está poniendo mucha carne en el asador. Para ello se ha hecho con los servicios del jubilado de la F1 más ilustre de los últimos años, Fernando Alonso, al que sea como sea, bajo cualquier circunstancia y escenario, suben a un F1, viejo, moderno, pretérito, simulado o genuino, para que ruede todo lo posible. El bicampeón necesita recuperar sensaciones, ritmo, velocidad latente, restolar en sus bolsillos en la búsqueda de la magia que puede recabar los resultados que se le negaron en su último ciclo a bordo de un McLaren. Alonso lo hizo bien; el dúo McLaren-Honda lo hizo mal, y junto a McLaren-Renault la color mejoró pero los resultados tampoco fueron la repera. Lapidaria fue la primera frase que soltó por la radio el ovetense tras su primer giro a Montmeló propulsado por un motor francés, algo que aún resuena en los oídos de los que lo escucharon.

    Que Alonso tenga hambre es una señal magnífica, pero en realidad que Alonso llevase el Renault R25 en tres pases, de viernes, sábado y domingo, es anecdótico. Si lo hubiera pilotado Pierre Gasly, Franck Montagny o Marc Gené el ruido, lo que hizo girar las cabezas de todos, lo hubiera metido de la misma manera cualquiera de ellos. El V10 de tres litros construido en Viry-Chatillon carecía del turboalimentador propio de los motores actuales que devora los decibelios, y era capaz de rondar las 20.000 RPM, para transformar el bramido en una suerte de aullido propio del depredador más rabioso. No ha pisado la faz de la tierra el animal al que le arranques ese motor y no eche a correr… sus latidos solo pueden significar una cosa: peligro.

    Pero es un peligro que a los aficionados nos encanta porque significa que es el peligro sobre el que cabalga el tripulante de un monoplaza. Si no hace ruido, no deja de existir ese peligro, pero esa sensación es percibida de manera más pobre. El capitán Ahab dominó a la ballena, Hellen Ripley al alien, Sherlock Holmes a Moriarty, el avatar azul aquel que parecía un pitufo muy alto dominó al pajarraco de colores, o la protagonista de Gambito de Dama a sus contrincantes ajedrecísticos… pero si el malo no tiene pinta de malo, es menos malo.

    La Fórmula 1 es, entre muchas cosas, un vertedero de pasiones y si los pilotos no dominan al monstruo son menos héroes. El dragón ha de echar fuego por sus fauces, morder con fuerza, y con su batir de alas y pestilente halitosis ha de meter miedo. Pero los actuales monoplazas, infinitamente mejores que los de hace quince años, más rápidos, más avanzados, y hasta ecológicos, no se menean en los baches, no se agitan, vibran menos, y hay muchos coches de calle que hasta podrían sonar más. Esto conduce a que se rebaja el valor, en el imaginario popular, de la capacidad de dominar al bicho por parte de nuestros héroes. No es que los de hoy no lo hagan, es que parece que dominar a su primer enemigo en la batalla de cada domingo, les resulta fácil.

    La fuerte componente política de la FIA impulsó la corriente ecofriendly del deporte. Es cierto, el mundo camina hacia delante, lo ecológico no es que venda más sino que dentro de unos años todo lo que no lleve la etiqueta de sostenible ni se venderá, pero ese viaje hacia lo light conlleva a que ocurra lo que ocurre con algunos yogures repletos de vitaminas, proteínas y bífidus: que te sepan a escayola.

    Ha sido un ruido, algo que no se puede ni tocar, algo etéreo, incoloro e insaboro lo que nos manda un mensaje claro: esto puede ser mejor. La Fórmula 1 nunca es mala; siempre es buena a los ojos del que busca donde entretenerse y hay miles de rincones dentro de toda ella en los que disfrutar. Pero hay algo… algo que… er… El filósofo Homer Simpson lo dijo en uno de los capítulos de la teleserie que protagoniza: «Hay algo que nunca podrás comprar: un dinosaurio». Pues el dinosaurio que la Fórmula 1 no puede comprar es la pasión de los aficionados y una de las puertas principales de sus corazones es el ruido. El sonido es nuestro primer sentido, y el último. Es el que usamos para resucitar cada mañana al oír el despertador, lo último que se nos apaga cuando nos desconectamos al meternos la noche antes en la cama y el primer sensor que se activa cuando todo nuestro ser está en ese estado catatónico en el que entramos para reiniciarnos cada amanecer; el resto de los sentidos es secundario.

    El estado catatónico del visitante de las carreras es la estadía en casa y el viaje previo, pero el primer sentido que se activa, se activaba cuando los F1 sonaban de verdad era justo ese: el alarido. Era llegar a una pista y sin verlos, casi se podía adivinar de qué coche se trataba casi a kilómetros de distancia. La F1 es ruido y el ruido ha de vivir en la F1. Maurizio Arribavene decía que un Fórmula 1 tenía que sonar como una banda de Heavy Metal, y la verdad es que muy pocas bandas de Heavy Metal sonaban como un V10. Si un F1 no hace temblar el suelo, es menos F1; es por algo que los leones, los reyes de la selva, no maúllan.

    Cualquier tiempo pasado no fue mejor, sino diferente, y lo que vivimos hoy tiene sus riquezas. Desde luego en esta asignatura lo que tiene la F1 no es pobreza, pero le pasa como a esos restaurantes biológicos de diversa índole: todo es ecológicamente perfecto, cumple la más estricta reglamentación crudiveganaovolacteofree, de sostenibilidad, respetuosa con animales, vegetales, y medio ambiente, pero lo que te metes en el cuerpo, seamos honestos, no sabe igual. Lo siento, pero es que no sabe igual.

    Desde que apenas éramos monos las arañas y las serpientes eran nuestros enemigos más sigilosos y letales, y es por ello que toda individualidad de la raza humana ante el peligro pega un respingo (prepara su musculatura para salir huyendo) eleva las pulsaciones (bombea sangre a sus extremidades) y se le eriza el vello (cuando teníamos plumas las estirábamos para parecer más grandes y meter miedo). En el paddock de la Fórmula 1, de manera figurada e incluso real, hay muchos de estos chungos animales y se tiende a alejarse de ellos a ritmo de pole. Lo que ya no hay es ruido, el ruido que conocimos y que hizo a la F1 temible y al mismo tiempo admirable.

    A esta hora en el zoo de la gaditana ciudad del vino se acaba de despertar una serpiente malaya, que entre bostezos pregunta a los humanos que hay al otro lado del cristal que la aprisiona: ¿se sabe si este invierno vendrán los Fórmula 1 a rodar a Jerez? Es para una cosa.

    Fotos: Renault F1 Team