Biografía F1 Michael Schumacher: las dos caras de la ambición

  • El 29 de diciembre de 2013, Michael Schumacher sufrió un accidente de esquí en el que estuvo a punto de perder la vida.
  • Con ocasión de su 48 cumpleaños, analizamos las claves que le llevaron a convertirse en el piloto más exitoso de la historia de la Fórmula 1, pero también uno de los más controvertidos.


"Mi ambición no es pilotar, sino luchar por la victoria. Y el placer de pilotar se nutre de la competitividad". Son las palabras con las que Michael Schumacher anunció su retirada de la competición el 4 de octubre de 2012. Y también las que mejor describen la razón por la que los números alcanzados por el piloto más exitoso de todos los tiempos no podrán, probablemente, ser batidos jamás.

Michael Schumacher no tenía claro qué hacer con su futuro como piloto profesional al más alto nivel. Pero ninguna de esas dudas estaba relacionada con su edad en ese momento -43 años-, su forma física o una pérdida de ambición. Más bien al contrario, pues esta última cualidad le empujó a retirarse definitivamente tras no poder optar a un asiento ganador y, como consecuencia de ello, no estar dispuesto a afrontar el desgaste psicológico y personal que la Fórmula 1 exige.

Indiscutible referente

Nos gustara o no Michael Schumacher, lo que no podemos negar es que su presencia en las parrillas supuso un punto de inflexión a muchos niveles. Ha habido, hay y habrá muchos pilotos que cuentan con atributos similares o superiores a los de Schumacher en determinadas áreas, pero muy pocos a lo largo de la historia han logrado hasta el momento una combinación tan completa y competitiva.

Michael, odiado y amado a partes iguales -y nunca provocando indiferencia-, ha sido desde su debut en 1991 el icono del piloto profesional y perfeccionista. Una especie de Jackie Stewart moderno con la ética del trabajo como principal axioma. Schumacher consiguió hacer frente a pilotos con más velocidad natural como Mika Häkkinen o Kimi Räikkönen. De ese modo llegó a conseguir ser más fuerte, más resolutivo técnicamente y, por tanto, más ganador que casi cualquiera de los que se enfrentaron a él a lo largo de sus 19 temporadas en activo.


Michael Schumacher disputó dos temporadas en el Campeonato del Mundo de Resistencia antes de pasar a la Fórmula 1.

La Fórmula 1 moderna se gestó y cimentó en los años 90 y Michael fue el indiscutible referente sobre el que se asentó la competición, tanto en lo bueno como en lo malo. Llegó en un momento en el que leyendas como Alain Prost, Ayrton Senna, Nigel Mansell o Nelson Piquet buscaban de un modo u otro un heredero que sirviera de nexo entre los viejos y los nuevos tiempos: un piloto que diera un paso más en la profesionalización del deporte del motor. Schumacher supo adoptar ese papel para liderar el cambio con un dominio muy pocas veces visto a lo largo de la historia. Un dominio marcado también por el modo de competir en una nueva era en la que los circuitos y los monoplazas se hicieron más seguros y permitieron, por tanto, duelos más vehementes y enérgicos.

Michael Schumacher dominó la Fórmula 1 de un modo tan intenso que, incluso, ha llegado a dañar su propia leyenda al considerarse que no llegó a tener rivales de envergadura suficiente como para poder valorar sus éxitos hasta el punto de competir con mitos del nivel de Juan Manuel Fangio, Jim Clark, Alain Prost o Ayrton Senna. Superlativo en todos los aspectos, Michael Schumacher, en cualquier caso, es historia viva de la Fórmula 1 por derecho propio.

Oportuno incidente

Diciembre de 1990. Bertrand Gachot, piloto de Coloni durante esa temporada y que para 1991 fichó por el debutante equipo Jordan, tiene un pequeño accidente de tráfico y, posteriormente, una pelea con un taxista en el centro de Londres. Gachot le rocía con un gas paralizante y, ocho meses más tarde, es convocado por el juez y, sorprendentemente, retenido por ser considerado peligroso para la ciudadanía. A la semana siguiente se celebraba el Gran Premio de Bélgica de Fórmula 1 y Willi Weber -manager de un joven llamado Michael Schumacher que corre en el Campeonato del Mundo de Resistencia como piloto oficial de Mercedes- no duda un momento en llamar a Eddie Jordan para que le dé una oportunidad al chico.

Tras mucho insistir y alguna que otra mentirijilla por parte de Weber, Jordan accede a realizarle un test a Schumacher por el módico precio de 80.000 libras, cantidad que pagaría Mercedes-Benz. El 21 de agosto, Schumacher se ganó el puesto tras asombrar en el test de Silverstone y pronto llegaron los primeros patrocinadores con 150.000 libras bajo el brazo para lo que sería su debut en la Fórmula 1 esa misma semana: TicTac y Dekra.


Después de un asombroso desempeño en Spa-Francorchamps -donde se clasificó séptimo en parrilla y abandonó en la primera vuelta por rotura de embrague-, circuito que le era desconocido hasta entonces, empezó a gestarse su fichaje por Benetton, con Jochen Neerpasch -máximo responsable del Mercedes-Benz Junior Team-, Willi Weber y Tom Walkinshaw -Director de Ingeniería de Benetton- como principales actores. El primero realizó, al traducirlo al alemán, una pequeña modificación en el borrador del contrato que Schumacher debía firmar con Jordan por tres años. El segundo se enteró por mediación del tercero de que Jordan perdería el suministro de motores Ford, ya que éstos pasarían a pertenecer en exclusiva a Benetton, con lo que Jordan se convertiría en un equipo sin demasiado potencial. Todo ello posibilitó que Briatore pudiera hacerse con los servicios de Michael Schumacher desde el siguiente Gran Premio, el de Italia celebrado en Monza, donde terminó quinto por delante de su compañero de equipo: Nelson Piquet.

Tras ganar, el desafío

En Benetton, Michael Schumacher se sintió pronto como en casa, apartando bruscamente a un devaluado Nelson Piquet a base de velocidad e implacabilidad sobre la pista. El equipo, repleto de jóvenes talentos del nivel de Ross Brawn, Rory Byrne, Alan Permane, Nikolas Tombazis o Pat Fry, ascendió en la parrilla firmemente apoyado sobre los hombros de Michael, que ganó su primer Gran Premio al año siguiente en el mismo escenario que le vio debutar: Spa-Francorchamps.

Pronto los grandes dominadores de la F1, Alain Prost y Ayrton Senna, vieron en él a su nuevo gran rival, deshaciéndose en elogios hacia su velocidad, pero preocupados por su implacable determinación sobre la pista. Pocos pilotos en el mundo eran capaces de no encogerse ante estos dos mitos del automovilismo y él, lejos de hacerlo, parecía querer intimidarles.

Con la retirada de Alain en 1993 y el triste fallecimiento de Ayrton al año siguiente, Schumacher heredó el trono de la Fórmula 1 antes incluso de proclamarse campeón, algo que finalmente ocurrió en 1994 tras una intensa temporada en lucha directa con Damon Hill. Tras repetir título al año siguiente, Schumacher decidió aceptar el mayor reto de su carrera: devolver a la decadente Ferrari a lo más alto.


Jean Todt, que llevaba tres años reestructurando la Scuderia, convenció a Michael para liderar el proyecto, atrayendo con él a Brawn y Byrne entre otros. La empresa de devolver el título a Maranello llevó cinco temporadas marcadas por la dura batalla que supuso retomar el control de Maranello y el enorme desafío que plantearon Williams-Renault primero y McLaren-Mercedes con Mika Häkkinen a la cabeza, después. Durante aquel periodo el prestigio de Schumacher se elevó como la espuma plantando cara a sus rivales con material inferior.

A medida que Ferrari fue elevando el nivel, las victorias de Schumacher fueron aumentando cada vez más, pasando de conseguirse con grandes dosis de pilotaje y precisión quirúrgica a la hora de ejecutar la estrategia ideada por Brawn, a ser producto de un dominio cada vez más abrumador como consecuencia de un trabajo incansable en conjunto con Bridgestone.

Desde 1996 hasta 2006 -periodo que abarca sus once temporadas con Ferrari- Schumacher consiguió tres, cinco, seis, dos (año en el que sólo disputó diez carreras tras su accidente de Silverstone), nueve, nueve, once, seis, trece, una y siete victorias respectivamente, para un total de 72 con la Scuderia. Con dichas cifras, lideró el periodo de dominio, posiblemente, más aplastante y longevo de la historia de la Fórmula 1.

Su cara oscura

A la hora de analizar a Michael Schumacher, sencillamente no es posible obviar su lado más siniestro. Pero, ¿qué movió al alemán a protagonizar algunos de los episodios más bochornosos de la historia de la Fórmula 1? Tanto su éxito como su fracaso vienen invariablemente marcados por su enfermiza obsesión por ganar. Del mismo modo que dio hasta la última gota de su esfuerzo por mejorar en todos los terrenos, también fue incapaz de aceptar la derrota en múltiples ocasiones. Como si aquel adelantamiento de Jacques Villeneuve en Jerez 1997 o la maniobra de Rubens Barrichello en Hungaroring 2010 llevaran consigo una puñalada en el corazón.


Pocos pilotos tuvieron la capacidad de escribir algunas de las páginas de la historia del automovilismo con tintes oscuros como los de Adelaida 1994, Jerez 1997, Spa 1998, Mónaco 2006 o Hungaroring 2010. Estos sucesos, junto con su estilo -éticamente dudoso- a la hora de defender posición, constituyen la principal causa por la que siempre se le negará de manera indiscutible su reinado en el olimpo del motor. Reinado que, a tenor de las cifras, pocos se atreverían a discutir.

Arriesgarlo todo

Cuando el 23 de diciembre de 2009 se confirmó el fichaje de Michael Schumacher por Mercedes, muchos vieron en su vuelta un riesgo excesivo. Tras pasar tres años apartado de la competición de élite, el alemán debía hacer frente a la nueva Fórmula 1 con casi 41 años y mucho que aprender en poco tiempo.

No sólo eso, pues al piloto más laureado de la historia se le exigiría volver a ganar en una parrilla en la que se encontraban algunos de los pilotos más talentosos de los últimos años en plenitud de facultades. Reglamento nuevo, filosofía de competición nueva, rivales nuevos... Michael debía volver a recuperar el ritmo de competición mientras se le exigían resultados.

El primer año las cosas no fueron bien y Michael acusó en exceso los cambios y un monoplaza poco favorecedor. Excesivamente duro con los neumáticos y poco adaptable a su estilo de pilotaje, el Mercedes encajó mucho mejor con Rosberg y, casi por primera vez en la carrera deportiva de Michael, sacó a la luz carencias en su pilotaje. El piloto total que había hecho de la adaptación a las circunstancias una de sus grandes virtudes parecía haber desaparecido.


El contrato de Michael con Mercedes se acordó con una duración de tres años, los que finalmente marcan su segunda etapa en la F1. A lo largo de esas tres temporadas, Michael evolucionó y mejoró hasta conseguir ensombrecer a Nico Rosberg en determinadas fases de la temporada. Lejos de ser tan rápido como siempre, demostró mantener su condición física al nivel de los mejores e hizo gala de la misma determinación e instinto competitivo de siempre. Mostró su peor cara en momentos como el de Hungría 2010, su ambición en situaciones como la de Mónaco ese mismo año y ser capaz de deslumbrar con su velocidad entre las calles del Principado como pudimos comprobar en la temporada de su adiós definitivo, en 2012.

A Michael no le importó poner en peligro su leyenda y arriesgarse a ser expulsado del olimpo de la Fórmula 1 con una actuación decepcionante. Porque su deseo de volver a sentir el dominio de un monoplaza sobre la pista y la posibilidad de batir a algunos de los mejores pilotos de la década era aún más atrayente. No resultó y ahora pocas listas le colocan como el mejor piloto de todos los tiempos. Pero su contribución al deporte y su amor por la Fórmula 1 es tal que Michael Schumacher es y será siempre patrimonio del automovilismo. Gracias por (casi) todo maestro, #KeepFighting.

Fotos: Scuderia Ferrari | Mercedes AMG

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