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    Virutas F1Sigue al conejo blanco

    Sir Frank Williams, junto a Bernie Ecclestone.Williams Racing

    En la calle Circus de Oxford existe un extraño garito llamado “El sombrerero loco”. Camareros disfrazados como personajes de ‘Alicia en el país de las maravillas’ te sirven cocktails en macetas, tazas de té gigantes y parafernalia propia del libro de un Lewis que no corría en la Fórmula 1, Lewis Carroll.

    El sitio es tan especial que en la puerta has de acertar una adivinanza, si no, no entras. Es como en la Fórmula 1, ocurre que la respuesta te la dan ellos, y tú eres el que has de plantear la pregunta. «Queremos que nuestro coche corra más, ¿en qué puedes ayudarnos?». Esta es la afirmación disfrazada de pregunta que hacen a los candidatos en el 90% de las ocasiones. Si quieres entrar en el país mágico de la F1 no te queda otra que cuestionarte qué podrías aportar y que no tengan ya. Esto fue lo que le pasó a Lesta —nombre figurado— el día en que le escrutaron tres responsables del equipo Williams para ver si le ponían un papel delante para firmar.

    Procedente de otra escudería en franca decadencia, un ex jefe suyo en ella aterrizó en Grove y sirvió de gancho. El día que firmó su contrato se emocionó. Estaba cumpliendo un sueño, un sueño que comenzó un día que el padre de un amigo le llevó a una pista de Kart. Con apenas 11 años, un domingo cualquiera, entró por la puerta de su primera pista de carreras, una minipista, y jamás quiso volver a salir. «Quiero quedarme a vivir en esto», se dijo el ojiplático imberbe que vivió allí mismo un momento histórico en el devenir de este deporte. Si no hubiera sido poco el ruido, los karts, la velocidad, los motores arrancando, los niños-piloto, la salida, los colores… aquel día no se le olvidará a ni un solo aficionado que lo viviera: fue el 26 de octubre de 1997. «Desde entonces, desde mi primer día, me hice de Williams. Ahora soy de Williams, pero bajo contrato».

    «Vio una figura borrosa tras la siguiente puerta de cristal esmerilado, una silueta que le resultaba familiar»

    Y es que aquel fue el día en que el Williams de Jacques Villeneuve ganó su título tras el incidente en Dry Sack con Michael Schumacher. En el sencillo mundo binario de un onceañero la elección fue sencilla: Williams eran los buenos, y Ferrari los malos de una película que estrenó ese mismo día y de la que aún no ha visto el The End. «No sé cuál fue la noche más agitada de mi vida, si esa o cuando firmé el contrato», afirma sonriendo ante su taza de té. Existe un hilo invisible que une esos dos puntos, con estudios básicos de por medio, instituto, siete años de universidad, tres más de curro en una empresa de ingeniería y un par de temporadas más en otra formación.

    Su grado de pasión por la categoría te la explicas cuando le escuchas decir «cuando me fui a Inglaterra tuve dos opciones: currar para una marca de coches con nivel de ingeniero senior y un sueldo muy bueno, o irme a la F1 ganando casi la mitad y poco menos que de becario. Obviamente elegí lo segundo». Lesta tenía tres sueños de niño (revisa los tuyos): Uno era pilotar aviones, otro era ser ingeniero de vuelos de pruebas, y este es un curro que tiene miga. A estos tíos les dan un mono naranja, un casco y un paracaídas, y les suben a aviones que más o menos les garantizan que van a echar a volar, pero no que vayan a poder aterrizar(¡?). El tercer sueño era trabajar en la Fórmula 1, y fue el sueño que se le cumplió antes de los 30.

    En casa no eran aficionados a las carreras y él obligaba a su familia a verlas durante las comidas del domingo. Toda su gente charlaba y devoraba aquellas paellas, cocidos y pollos asados que a él se le quedaban fríos mientras no quitaba el ojo de la tele. «Hijo, ¿de quiénes somos?», le preguntaba su madre. «De Montoya, mamá», y la madre ‘se hacía de Montoya’ aunque en realidad estaba más en lo del postre.

    El Frank Williams de los inicios, lleno de vitalidad y talento para la gestión.

    Si encontró la complicidad familiar para aderezar su pasión, su aterrizaje en Williams quedó marcado por una corriente similar. El día de su cualifáin llegó con un Megane a las instalaciones, explicó al de seguridad de la puerta a qué venía y el tipo, sin conocerle, le sonrió y le deseó suerte. Aparcó el desvencijado Renault gris y atravesó las acristaladas puertas automáticas de la factoría. La recepcionista le invitó a sentarse y esperar a que bajase el jefe del departamento para el que se postulaba.

    En la espera, intentando dejar la mente en blanco para no inyectar en su cabeza más estrés, vio una figura borrosa tras la siguiente puerta de cristal esmerilado, una silueta que le resultaba familiar. Nunca le había visto en primera persona, en vivo, pero aquellas formas delataban la presencia de alguien que se movía en silla de ruedas. «Es el único e inimitable Sir Francis Owen Garbett Williams», se dijo en voz baja. Pues acto seguido Sir Francis Owen Garbett Williams emergió como el Jonás que salió por la boca de la ballena… que le saludó desde lejos. Explosión cerebral y ojos abiertos como platos, pero que no se notase mucho. Sir Frank que se acerca a la telefonista y le pregunta algo en voz baja. Como tras haber pulsado un resorte, la empleada marca unos números en su teclado y habla con alguien por sus microcascos.

    Nada más colgar la frase que escuchó nuestro hombre fue: «Ya bajan, es que tienen jaleo». Sir Frank se marcha. Lesta se impacienta pero sigue a la espera, no queda otra, que para eso hemos venido allí. A los 15 minutos vuelve a aparecer el que da nombre al equipo, se repite la operación, y la telefonista vuelve a marcar una extensión. Cuelga. Dice algo en voz queda a su jefe, Williams hace un gesto con la boca y se di-ri-ge-ha-cia-nu-es-tro-hé-ro-e al que le empiezan a temblar las piernas de la emoción. Sir Frank empuja su silla de ruedas con las manos, va sin su asistente, solo. Se acerca a Lesta y con la voz rota y susurrante que le caracteriza le dice: «Hola, siento mucho que tengas que esperar. Los del departamento están acabando algo y ya te atienden». El preingeniero de Williams alucina a color, porque casi 20 años antes decidió llevar el apellido de aquel tipo empotrado en su silla de ruedas por bandera; no se lo podía creer.

    La chola sigue. «¿Y desde dónde dices que vienes? ¿De verdad? Pues solo por eso te contrataría, pero no depende de mí. Que tengas mucha suerte y ojalá este sea el sitio donde quieras estar. Gracias por venir. Es un placer». La charla de 10 minutos estuvo trufada de guiños a su archienemigo Ron Dennis, a que ahora prima mucho la aerodinámica, a los pocos que eran en la formación hacía años… Su huella es irónica, divertida, mordaz, repleta de significados dobles y mucho sentido del humor. Frank Williams se deshizo ante un perfecto desconocido con la finalidad única de hacerle más fácil su espera ante el reto de ‘unas oposiciones’ a ingeniero en su escudería. Al lado de esto el examen posterior de varias horas, con cálculos a mano sobre folios DIN A3, con desarrollos de vórtices, fuerzas, presiones y derivas, fue un paseo por la playa en día sin oleaje. La verdadera emoción ocurrió justo en la entrada del edificio y ante la última persona que esperaba ver aquel día.

    Desde que estampó su nombre sobre aquel papel los ritmos vitales del nuevo empleado los rige Williams. El horario es de 9 a 18, pero al tiempo que firman su contrato todos los trabajadores del equipo —algo que es moneda común en todas las formaciones— firman otro papelito donde dice que no reclamarán si echan más horas de la cuenta, si curran los fines de semana, o si los horarios son interminables. Todos dejan su rúbrica sin rechistar, aunque sepan a ciencia cierta a qué hora entran, pero no a que hora saldrán cada jornada. Ser esclavo mola cuando lo eres en la Fórmula 1.

    La vida en Williams no es formalmente muy distinta del resto de equipos, pero hay sensibles diferencias. Todos usan una tarjeta magnética para ir accediendo a las dependencias de su incumbencia, con lugares sensibles como el simulador o el túnel de viento, donde sólo entran los encargados y de forma puntual el resto, pero tras solicitar un permiso. Aunque seas el último de la fila siempre hay secretos que guardar. En la puerta principal siempre hay un Fórmula 1 que se cambia una vez al mes. A veces es uno de los primeros que construyeron, o uno de Mansell, o el de hace dos años… Todos se podrían arrancar allí mismo y hacerlos rodar en unos pocos minutos, están mantenidos como si tuvieran que clasificarse hoy mismo. Se nota que el edificio es añejo, que no viejuno. Elementos ornamentales como el ladrillo rojo delatan su edad, no así la ultramoderna construcción del que alberga el WAE (Williams Advanced Engineering) y que es el que visitan unos clientes a los que sí hay que impresionar.

    Poco a poco, Williams vuelve a salir del agujero.

    El WAE vino de la mano de Claire Williams y el equipo vendió gran parte de las acciones hace poco, algo que alivió sus arcas. Allí hay un nivel de secretísimo superior al de la vecina estructura de la Fórmula 1 si cabe porque se cuecen inventos relacionados con la industria militar, el supercapacho ese para bebés que hacen de fibra de carbono, bicicletas futuristas, palos de golf, baterías para los Fórmula E, y una pila de proyectos de alta tecnología de los que muy seguramente no sabremos de muchos en unos cuantos años.

    Sir Frank es un obseso del césped recién cortado, de hecho es ante el anfiteatro para eventos y conferencias donde está ese seto cortado con la figura de un pit stop. Por eso se sabe que sonríe con cierta indulgencia, pero preocupación, cuando cada martes y jueves los empleados del equipo se echan una pachanga futbolera delante del edificio. Sir Frank grita en silencio «¡mi césped, mi césped!».

    Cada jornada, a cosa de las doce o doce y media tienen una hora para comer, pero muchos se hacen el truco del almendruco: no comen exactamente. En el gimnasio del edificio los curritos tienen barra libre todo el día y en esos sesenta minutos muchos se hacen una clase de yoga, boxeo, spinning, o pilates. Otros hacen pesas o corren en cintas; la mayoría se pega una ducha rápida al acabar antes de volver al tajo. Muchos echan 45 minutos en las actividades extralaborales y luego se bajan a la cantina, decorada en tonos grises y azules claros, y se pillan un ‘sanduis’ que se llevan a su puesto de trabajo. Que haya atascos en el gimnasio delata algo fácil de entender y pauta recurrente en todas las escuderías: existe un altísimo índice de trabajadores de todos los niveles que hacen deporte. La competitividad se lleva dentro y se expulsa de alguna manera. Si te fijas, apenas hay gordos en la F1.

    «La Fórmula 1 sufre porque son un icono, una referencia, el orden de lo que se vive hoy»

    Hoy día la antítesis deportiva de Williams es Mercedes. A pesar de que portan los mismos motores los resultados son antagónicos. Los de Brackley nadan en la abundancia, cuentan con los dedos de la mano las carreras que no ganan y su sala de trofeos se les empieza a quedar pequeña. En Grove llevan años padeciendo por casi todo. En pista, en las cuentas, pierden patrocinadores, y hasta suben a pilotos-de-pago para que aporten pastuqui a cambio de paseos, algo impensable a finales de los 90. Sufren, y si ellos sufren, la Fórmula 1 sufre porque son un icono, una referencia, el orden de lo que se vive hoy. En Inglaterra sienten un tremendo respeto por su pasado y de ahí que en los medios de la pérfida Albión no se refleje ni un atisbo de crítica hacia ellos, no porque no lo merezcan, sino porque no les ayuda. Sí que ayuda que los trabajadores de la formación se esfuercen un poco más, de ahí que muchos de ellos se queden desarrollando una pieza, un mecanismo, una deriva o alguna idea de marketing que ayude el conjunto mucho más allá de la hora en que cae el sol.

    Ahí es cuando ocurre lo que no ocurre en casi ningún otro equipo. Las caras de cansancio se reflejan en rostros silenciosos, hambrientos, sudorosos tras la larga jornada laboral y a un empleado cualquiera en este país de las maravillas le puede ocurrir lo inesperado. Las puertas mecánicas se abren y en la penumbra aparece la figura de Sir Frank, que empuja su silla de ruedas. Se acerca a las mesas donde trabajan sus infatigables obreros, les hace un par de preguntas sobre lo que hacen, que si les queda mucho, que si les esperan en casa y les dice «venga, intenta acabar eso rápido y vete ya, que es hora». A todos les da las gracias. Uno a uno. Cuando entiendes esto, el valor, el significado, la humanidad que transpira Grove, es cuando te tienes ‘que hacer de Williams’.

    Como en el libro de Lewis Carroll, todos siguen al conejo blanco por propia elección. Cada noche, como el padre que acude a arropar al hijo que pasa frío, el conejo blanco les sonríe y los despide hasta la mañana siguiente… pero con la esperanza de que no le destrocen el césped, que será jueves.

    Fotos: Williams Racing

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